Nueva poesía latinoamericana: “Trabajos de luz sobre el agua”, de Ernesto González Barnert

Por Romina Serrano


Ernesto González Barnert (Temuco, 1978) nos presenta su último trabajo poético publicado por HD ediciones, Buenos Aires,  Trabajos de luz sobre el agua, cuyo título no oculta el ejercicio de construir el texto poético como obrero de palabras mediante la inclusión del término “trabajos” en el mismo. Así, desde el título, el nuevo libro del autor ha despertado mi interés y por eso quisiera dedicarle unas palabras.

El poemario comienza con una piedra en la boca retomada desde la infancia, un ejercicio de perfeccionamiento, de pulido del decir. Esta piedra va tallándose hasta encontrarnos con un hombre que modula perfectamente sus miserias y sus deseos aún debajo del agua; el poeta como un ahogado eterno que ve la luz sobre el agua, la salvación, pero que se compromete con su estado de dependencia a los segundos que le quedan de suerte antes de ahogarse.

Si bien durante el tránsito nos encontramos en el pavimento de la ciudad rodeados de las piedras que amurallan al individuo diciéndole: aquí estás, es un hecho irrevocable, aquí has nacido y estas son las paredes que te civilizan, el poeta utiliza esas paredes, comercios, casas, territorios del otro, hermano y enemigo, como los límites de una piscina que los moja a todo y por tanto, los hace más pesados, los incomoda, pero los refresca con un estado inobjetable del que se puede aprovechar en lucidez.

A VECES ALGO/ como una cabeza de fósforo húmeda/ que en tus dedos/ raspas inútilmente. / Yo.

El comienzo es un coloso, digamos, la instancia que compromete al poeta a dar un sentido, pero hacia al final la verdad develada como un monstruo simplificado aleja la magnificencia de las mayúsculas, rendidas ante la grandeza de la honestidad fútil que es la única forma de vida del poeta.

Ahora, hombre de palabra, dialoga solo como un loco con otros poetas, con otros hombres que no son partícipes del imaginario que los crea en situaciones que habitan en el universo fantástico y truculento donde nos zambulle el poeta.

En primera instancia, González Barnert invoca a Rimbaud, de poeta a poeta devela el secreto “Y si nos arrancan esta cola a piedras/ damos otra.” La piedra que modela la modulación, la piedra donde se talla la palabra como un hombre de la prehistoria registrando agüeros que dan cuesta de un destino ingrato, una muerte vieja que se repite entre todos aquello que toman la pluma para consumar la línea de una flor mustia, la flor enferma baudeleriana con la que no sabe bien si acercar su nariz a ella y contagiarse u ofrecérsela a todo, como nos declara el poeta.

Hacia el final, la piedra pulida, la piedra del pecado que calienta la mano del pecador, su mismísimo artesano que talla mal a su Cristo y pierda la oportunidad de la gracia. Ante la luz entonces, la miseria del hombre que no se manifiesta como blasfemia sino como condición inherente a los odios del ser humano, a su violencia, a su auto-flagelo hasta la decadencia que el poeta se ha alumbrado para ser dueño de sí mismo y a la vez dejarnos ahogados ante su iluminada sentencia.


 

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