Poesía a contrapunto. Por Sergio Schvarz


Este volumen poético, ciertamente original, “Lennon & McCartney”, podría, a primera vista, confundir a alguno. No se trata, es obvio, de algo relacionado con el dúo creador de The Beatles, sino de un método creativo, de su esencia creadora. Si para que existiera una obra, en este caso musical, fue necesaria la compenetración de John Lennon y Paul McCartney (además de sus otros dos músicos, que también hicieron sus aportes, muy valiosos, por cierto), Mercedes Estramil y Alvaro Ojeda exploran el mundo desde una veta creadora compartida, como una complementación, a veces como un contrapunto, o bien como otra mirada, distinta, sobre un mismo tema. Cada uno con su tono particular, con su ritmo propio, con su lenguaje individual.

Víctor Cunha, quien prologa este volumen, dice que “en este caso la reunión es desgarrada, desgarradora, desgarrante. Los ojos del poeta miran, a cuatro ojos miran, dos poetas, y no dejan nada afuera de su mirada. No pueden evitarlo, aunque quisieran no pueden. Y el mundo dice presente a través de sus ojos”.

En el Postfacio, donde se ensaya una explicación de lo que hemos leído, se nos dará cuenta de la amalgama de un oficio, como el de poeta, “como fenómeno individual, solitario, egoísta” tratado aquí como contrapunto, el ser uno en dos, pero también —agrego yo— de dos en uno.

La versatilidad, la libertad formal y conceptual del verso libre en que están escritas estas poesías, da la posibilidad de ampliar el registro temático y discursivo. La poesía se siente o no, no es necesario explicarla, y en este sentido más que importar de quién es cada poema (cosa que no sabemos a ciencia cierta aunque podamos intuirlo), importa lo que dice, lo que se siente y lo que hace sentir. En algunos poemas el sentido se (me) escapa, es oscuro; el motivo que lo generó parece perdido en la bruma de ciertas palabras, y hay cierto “intelectualismo” que no la hace fácilmente digerible (pero la poesía no es una cosa simple). Con todo queda un registro de una época, a la que ambos pertenecen y son afectos, y una geografía del recuerdo.

La geografía del dúo poético pasa por Montevideo pero también, como evocación, pasa por Africa, de donde quizá vengamos todos, como origen de la humanidad, o Italia, como algunos puntos de apoyo sobre los que afirmarse en el mundo: “el lodo/ de Chernobyl,/ las fragatas de Fukuyima,/ los galeotes encadenados”; pero también la evocación va con nombres y apellidos, desde Heinrich Himmler, Elizabeth Costello, Conrad, Melville o Kipling, e incluso Sherazade (la invicta). Y también, se menciona a Larkin, Houllbecq, Ted Hughes, Joss Stone, Oscar Wilde o Narciso, con nombres que, de alguna forma, son referencias a las que remite el poema.

En el poema XXVIII de Alvaro Ojeda (este sí con su firma), rompe con el verso libre y rima como un soneto, al igual que el poema XXIX, de Mercedes Estramil, que tiene una rima asonante, como para mostrarnos su factura delicada en lo formal. También habrá lugar para poema en prosa, quizá como una manera de decirnos que la poesía está (o puede estar) en todas las cosas y en todas las formas.

Mercedes Estramil (1965) es poeta y narradora, con varias publicaciones. Ha ganado algunos premios y ha obtenido menciones por alguna de sus obras y además es colaboradora del suplemento Cultural de El País desde 1993. Alvaro Ojeda (1958), por su parte, quien colabora en el mismo suplemento Cultural de El País, así como en El Observador y Brecha, también es poeta y narrador, obtuvo premios y menciones tanto de poesía como de novela, y ha publicado varios volúmenes.

 

La lenta percusión del sinsentido

Los poemas de este libro, son poemas de la cotidianeidad, donde no hay razón en sí para ser, para existir. Y el amor, el verdadero, que se impone a todas las contingencias, las previsibles y las imprevisibles, es lo único que puede perdurar y dar sentido a la vida. Y, sobre todo, el deseo visto como euforia que estalla, y que “espera acecha y brilla como un gato en la noche”. Hay, también, un tratamiento sobre la luz y el brillo luminoso, como “bocado de arena” o como holograma, puesto que éste tiene un haz de luz.

El poema V, por ejemplo, habla de un tiempo pasado, hermoso pero fugaz, y que, en el confundido tiempo (las cosas suceden después pero ya entonces estaban comenzando a suceder, cambio cuantitativo que se transforma en cualitativo) la confección de las túnicas, que se usarán después, en marzo, y más que nada la sombra del terror en “la línea que dispara los perros/ del Averno”, esos perros atados que parecen cuidar la noche “con sus muros de ropa colgada/ y olvidada en la lluvia”. Aquí el personaje central del poema, al que no se nombra pero se lo intuye, es la madre, con “su delgada mano”. La vida y la muerte están entrelazadas, y nada puede dividirlas: unidad de los contrarios.

Lo confesional —de modo religioso, dogmático, acrítrico— no debe hacerse, como tampoco atesorar riquezas (y menos aún dilapidarlas), olvidarse de todo, porque todo es descartable menos el recuerdo o algunas palabras dichas (hijos ajenos, lobos, vagos de mierda). ¿Por qué? Porque “ningún alivio se compara al fin/ de la melancolía y la esperanza”. La espera ha terminado, y con ello la duda cesa.

La sordidez y el instante

De un hecho singular, el ahogo de un bañista, nos da su impresión, su mirada que únicamente “mira” (sin comprometerse), y lo que  ve se traduce en un paisaje conocido, al que se vuelve una y otra vez, como una contemplación geórgica pero de “playas, heladeros, futbolistas aficionados”, un paisaje heraclitano, o cartaginés, la vuelta al probable suicida y a su mirar para adentro (y nos resuena, inevitable, el eco musical de Darnauchans: “No maldigas del alma que se ausenta, dejando la memoria del suicida. ¿Quién sabe qué oleajes, qué tormentas, lo alejaron de las playas de la vida?”).

Hay un andar catapléxico (de músculos flojos, errático, a punto de caerse), dando “barquinazos de hule”  (y como esta metáfora, rebuscada, estas otras: despropósitos hertzianos en las caderas, pinacoteca del deseo, deípara marcial —virgen de la guerra o por la guerra, madre de Dios o de Marte—, Itaca matrimonial y fría, etc.). Pero también existe la posibilidad de la utilización de la catacresis o abusión (es una figura retórica que consiste en utilizar metafóricamente una palabra para designar una realidad que carece de un término específico). Hay, también, un erotismo casi pornográfico, donde nombra poses y miembros u orificios del placer, que es siempre un placer narcisista y hasta con secuencia cinematográfica.

No puede faltar la música, por supuesto, la propia, poética, pero también la de Charlo sentado al piano, o la fina ironía de un encuentro entre Lennon y Palito Ortega ante la mirada “¿tímida, vacilante, suspicaz?” de Graciela Borges (“la ronca, pituca, evanescente”), donde, si ese encuentro hubiera sido así, la historia “sería irremediable”.

Motivos (de Proteo)

Si en Rodó, aquél se encuentra consigo mismo, aquí —como ya había adelantado al principio— siento que falta el motivo, puesto que entonces no sabemos exactamente de qué estamos poetizando, como en el poema XIV, que comienza hablando del misterio y envuelve el discurso (poético) en la extrañeza, en un exilio interior —si eso es posible, irnos de nosotros mismos, lo contrario que sostiene José Enrique Rodó en dicha obra—. Hay ritmo, por supuesto, hay cadencia rítmica, y “todo se mueve afuera/ para que nada cambie”, porque lo que cambia está dentro de uno, “que me pregunta a mí/ y a vos, por las legiones/ de ingratos que perdemos”.

No faltará la explicación, profética (periprofética, periférica, perifraseica), de ciertos agujeros (negros): “ceñidos por un hilo invisible”, y la deconstrucción de un mundo que, de tan distinto e inabarcable por entero, ya no se sabe cómo es. Por ello, siempre quedará el último recurso de apretar “entre molar y molar, una pastilla segura”. Porque para todo lo demás, es claro, habrá alguna de esas tarjetas de crédito que posterga el óbolo diario del capital.

La poesía se hará prosa, y contará desde otro punto de vista, del victimario convertido —ahora— en víctima, y puede ser  un gato que se revolea y termina estrellándose contra una pared, o un Himmler que “se niega a ser testigo del triunfo de la raza”, la ecuanimidad de una derrota que no se quiere asumir y a la que se busca evadir entre cianuros.

“La poesía está en todas partes”

Ya lo sé, y también lo saben los poetas: la poesía está en todas partes, hasta en la crítica (mordaz y/o ¿constructiva?) del nuevo hallazgo científico, matemático, como ciertos elementos químicos de reciente aparición (incluso de hallazgo lingüístico), como un charruamio a toda prueba, el ceibalo que puede (y debe) estremecer hasta las raíces de los árboles, o el progresio necesario de todos los días, entre café y medias lunas.

Y en ese viaje que es la vida, un viaje a menudo con la “pesadumbre de no tener adónde ir”, un auto Ford, imagen de la modernidad del mundo, y de cierto estatus, podrá llevar en su seno, sin embargo: “los matrimonios rotos/ los suicidas cobardes,/ los feligreses corajudos que confunden a Dios/ con un vendedor de casas con una salvación/ rebosante de humedades,/ pintura con plomo,/ tuberías de amianto”.

Hay, además, una búsqueda constante, que se expresa en todas las cosas: “se busca dentro de lo que se busca con limitada sorpresa y se encuentra lo que se puede encontrar, siempre que el destino no se cruce…”, incluso hasta en las pequeñas cosas o en los pequeños hechos derivados de la naturaleza (humana o vegetal, en este caso), como la hoja seca del plátano (¿qué mano la habrá puesto dentro del libro?, accidente temporal, romántico e incurable). Y esa hoja, como vestigio de algo que estuvo vivo (y quiso y amó, a su manera) es recuerdo firme para que no se olviden las cosas importantes, el amor de su madre, o “la pertenencia casi genética al dolor”, y la soledad ante la ausencia, el vacío.

El origen de todo, y cada cosa en su lugar, es inasible, incierto, y sin embargo está presente en su propia historia personal. ¿Cuál el comienzo? Aprender a andar en bicicleta, un credo riguroso, “el Bauzá de las medias hasta arriba”, “un endecasílabo compañero, una libertad no inglesa/ un enojado go home y una felicidad plañidera”. Es la historia personal, vivencial, sobre el carril de la Historia de su tiempo.

Y además quedarán ciertos restos, escombros, lo que una vez fue, la palabra olvidada, el sueño interrumpido, porque “en el escombro habita el mar,/ arena amalgamada en otras ruinas”.

(Lennon & McCartney, de Mercedes Estramil y Alvaro Ojeda, Civiles Iletrados, 2018, Montevideo, 84 páginas)


 

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