Pop/pular: “La novia de Sandro”, de Camila Sosa Villada


Por José Arenas

Las historias de amor van buscando su forma. La creación de un discurso, en realidad, de una forma escrita ya sea ficción o no, va discurriendo de un modo u otro y encuentran el camino por el cual se van a ir desarrollando. A veces uno lamenta que una historia que pudiera encontrar su llama más importante en otro formato esté escrita, por ejemplo, bajo el mote del cuento, de la novela, de lo que sea. Es tarea del escritor moldear su apalabrado pero dejar que la fiera encuentre, también, su punto de poder. Así, entonces, van surgiendo los textos.

Pero las historias de amor son, por momentos, algunas de las tigras más bravas para la palabra. En tanta historia de contar qué le pasa al humano y su maraña de pasiones, es complejo saber qué modo es el acertado para narrar de una manera “ideal” la explosión feliz o, generalmente, triste del ser en busca de sus laberintos amorosos. Allí cada uno irá encontrando y encontrándose en el sendero minado de las tramas que el amor va creando. El amor con otro, con otros, con uno mismo. Y algo así, algo de toda esta red de probabilidades que da la literatura pasional, toma Camila Sosa Villada para formar “La novia de Sandro”, su último libro recientemente reeditado por el sello Tusquets de Planeta.

Después de que la escritora argentina descollara con “Las malas”, aparecida el año pasado, se reedita “La novia de Sandro”, un libro llevado al papel originalmente en 2015 por la editorial cordobesa Caballo Negro. Luego del volcán irrebatible de sombras, amores y fuerza que proponen las travestis que pueblan “Las malas” en sus rondas bravas de tristeza leonesca, vuelve una historia íntima de amor que aletea entre la pequeñez de una casa humilde, con o sin la presencia del sujeto/objeto amado, y la gigantesca tarea de amarse, asumirse, mirarse y reconocerse en los gestos más diminutos u obscenos, incluso en las imágenes tiernamente dolorosas que van de la flor luminosa a la marchita en un segundo, tanto así como perder un amor, tanto así como ver caer a una madre anciana.

“La novia de Sandro” se inscribe en una tradición de libros “des/generados” en el que la prosa se va mezclando con las construcciones en verso y bien podría decirse que hay allí alguna forma del microrrelato, o de la novela de poeta. O simplemente que se trata de un libro de poemas. Pero en realidad, encontrar la forma de entrar a la historia o a las historias a través de la condición “tans” de la obra genera una riqueza que está en sintonía con las problemáticas que cada una de sus páginas ofrece. De todos modos, que cada quién elija leer este libro como quiera, lo importante es que detrás de toda estructura, lo que existe aquí es una cuidada y potente literatura, una manera que mezcla el desprejuicio de no importar la corporalidad del texto, con la técnica de saber muy bien a dónde quiere ir y bajo qué etiqueta quiere estar cada fragmento. No para vivir a la sombra de “lo nombrado”, sino para que eso exista de una vez. Y aquí lo que existe es bello.

Desde un inicio queda marcada la ética marginal del “yo” que irá poblando el texto, y a partir de allí habrá de construirse un mundo Otro, un universo donde los sueños se alcanzan y los que no, no son imposibles. Desde esta moral marginada que se acepta y se forma, cada día lejos de la autopercepción o de la mirada opresiva sobre la “monstruosidad” de lo disidente, será una batalla ganada. Así cosas como “soy una negra de mierda, una ordinaria, una orillera, una cuchillera, el mundo me queda grande” irá hasta el “relumbro, con un fulgor inusitado” y esa moral “del mal” será la clave para convertir las cosas en elementos especiales dentro de las tramas amorosas. El “conozco a los hombres. Yo misma solía ser uno”, atraviesa El Dorado del cotidiano pleno para que llegue la felicidad de, por ejemplo, escribir en la cama, no ser prostituta, ver a una madre en una marcha del orgullo gay y así, de alguna manera, parirla. Lo casero es lo universal. El hogar formado para una o para varios tiene la alquimia que hace a la felicidad: “Toda mi casa huele al perfume exquisito y humilde/ que pudiste comprar/ con tu sueldo de profesor en un país como este”.

Como la felicidad se da a través de lo cotidiano y de los vínculos amistosos, afectivos y con el vínculo que el “yo” tiene consigo, también aparece a través de la figura masculina que oficia como sujeto y objeto de deseo. Así está planteado el desarrollo del erotismo y del afecto en el plano sentimental, diversas escenas tienen como núcleo del deseo concreto a un “tú” masculino que, por momentos aparece bajo el nombre de Sandro, haciendo imposible no vincularlo con el popular cantante romántico. Si bien en realidad el link no puede hacerse certero y el varón sexual y amoroso no tiene relación directa con la figura del mítico baladista, lo cierto es que en ese bautismo reside una parte de la estética pop/popular que proponen los versos y los cuadros del libro. No solamente se es la novia de un Sandro, sino que se es la novia de Sandro en tanto que hay una sublimación amorosa a través de la feminidad popular que “El Gitano” encarna con su mística seductora. Ese fantasma de Sandro es el hombre en tanto romance y en tanto libido. Es lo amoroso y lo sexual.

Allí están retratadas diversas formas del amor; el consolidado, el que enciende el deseo, el que se destruye ante el reconocimiento del vínculo con una chica trans, el que atraviesa el cuerpo o el sentimiento, el que desaparece, el que es preferible perder: “Ya me resigné a que los hombres nunca vean el carbón agonizante que me arde en la cueva del corazón”.

“La novia de Sandro” es una criatura que se ama a sí misma y que se encuentra en sus soledades para aprovechar los momentos de fisura y poder recordar en qué otros lados está el amor más allá de la cama, la espalda del amado, los besos tiernos y la mesa compartida. Se trata de una reflexión de novela radial que utiliza formas orgullosamente cursis para armar un discurso que se planta, se canta, choca contra todo y luego, una vez que todo ha caído por la fuerza de su palabra, da una caricia.

Sin dudas Camila Sosa Villada es una más de la camada sorprendente de escritoras latinoamericanas a las que la crítica y el mercado está dando su merecido espacio. Aquí hay una chica trans que tiene algo para contarnos desde su “ser siendo” y que sabe cómo seducirnos, sabe muy bien qué notas tocar para que su escritura sea una gran bomba sorpresiva o un bolero deliciosamente cantado. Luego del arañazo felino de “Las malas”, viene el sorpresivo beso cálido de “La novia de Sandro” para dejarnos a la espera del nuevo roce, de su próximo canto llamador de orgullosa y celebrada sirena trans. Camila Sosa Villada sabe muy bien cómo cantar.

“La novia de Sandro”. Camila Sosa Villada. Tusquets. 2020. 79 págs.


 

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