Qué cuentan los escritores uruguayos de ahora. Por Luis A. Fleitas Coya

Tierra firme[1] de Hugo Fontana: Lavanda, Santa María, el comisario  y otras onettieces


Por Luis A. Fleitas Coya (*)

Triple disculpa. Que me perdonen el autor y los lectores, por tres razones. En primer lugar por abordar la obra de Hugo Fontana comentando solo este libro, siguiendo la epistemología  instalada en  ámbitos ultra populares en boga, el  futbolero “partido a partido”, o el de los más actuales, candentes e inefables programas televisivos de concursos de cocina, el “plato a plato”. En segundo lugar, por realizar el comentario del libro  aún bajo los influjos de su lectura, sin guardar la debida distancia  que debe tomar todo crítico que se precie de tal.  Pero como no soy ni tengo pretensiones de serlo, bien valgan mis errores y mis pasiones.  Por último, por el respeto -por más que el respeto no pueda constituirse en inhibición para opinar- que merece toda creación literaria y especialmente una novela,  por el trabajo y el esfuerzo empleado, y por haber depositado allí el autor no solo sus sueños y su imaginación, sino seguramente parte de su vida, pues contrariamente a lo que sostiene en el principio de la novela  el  infatuado personaje del editor (“El arte está hecho de nada, la literatura empieza con nada”,  Tierra Firme, pág. 24), la literatura no nace de la nada, sino de lo que el escritor es. Cosa que el editor, pese a su oficio y a que sostiene que su vida es la literatura y que sueña con retirarse y pasar el resto de su vida leyendo, parece ignorar.   Cuando un escritor escribe lo hace desde  sus entrañas, desde sus deseos y  sus rencores, desde lo que vivió y  lo que no, desde lo que sabe, desde todo lo que ha sufrido y le ha dolido, desde su infancia y de lo que le pasa hoy,  desde lo que han tamizado sus sentidos, y desde lo que ha aprendido y elucubrado; desde su existencia misma. La obra literaria es ni más ni menos que el propio autor como lo expresaba con lucidez Flaubert en 1868 en  carta a Taine: “Mis personajes imaginarios me afectan, me persiguen, o más bien, soy yo quien está en ellos” (La pasión del arte, Gustave Flaubert,  selección de la Correspondence, Ed. Leviatán, Buenos Aires, pág. 118).

Técnica del puzzle y juegos literarios. Hugo Fontana, escritor y periodista (Canelones, 1955), es una figura consagrada en nuestras letras desde la obtención por dos veces del primer premio del Concurso de Narradores de Banda Oriental en 2001 y 2003,  con muchos libros publicados, entre ellos, varias novelas, así que no necesita presentación ni defensores. Confieso por mi parte estar en deuda con su obra, pues solo he leído La piel del otro. La novela de Héctor Amodio Pérez[2], y esta que voy a comentar, y es dable admitir que mi análisis sea solo una visión parcial.

Ya la primera, la novela sobre Amodio Pérez,  construida sobre testimonios de anónimos testigos intercalados con datos sacados de varias fuentes, principalmente del libro Las fuerzas armadas al pueblo oriental, Tomo I. La sedición, parecía estar más próxima a una investigación periodística que a una trama novelesca, y hacía que el lector estuviera todo el tiempo preguntándose en relación a los diversos pasajes quién era el personaje histórico o real que estaba brindando su versión de los hechos, cuál ex guerrillero compañero de andanzas de Héctor Amodio Pérez, cuál protagonista de la época.  Había, es cierto, segmentos de interés, debido  más que nada a la curiosidad por el revisionismo y el repaso de hechos y de la trama oculta del posible destino de una figura entonces tan misteriosa y ambigua como la de Amodio Pérez.  Pero como ficción, reitero, un fiasco.  Algo de los defectos de esa novela se reitera en Tierra firme, ésta sí, una novela de ficción, aunque no tanto como veremos.

La técnica del puzzle  no es una novedad, pero sí es una técnica narrativa riesgosa que exige que las diferentes partes que componen el todo tengan una concatenación o una combinación o quizás un vínculo más o menos inteligible o más o menos justificado por la intención del autor. Su suerte depende de la calidad y de la habilidad de la escritura, pues como siempre, todo está en manos del escritor y como lectores debemos atenernos estrictamente a lo que éste nos ha propuesto.  Y bien, de la argamasa utilizada en este caso, resulta un conjunto de fragmentos, denso, anegado de excesos, y de escasa autenticidad, en el que se nota lo demasiado forzado de la trama para culminar la inicial indagatoria sobre la obra de un escritor fallecido en el anonimato y casi inédito, en una suerte de culminación de novela policial de infeliz resolución.

La novela comienza con la aparición de una mujer vestida de rojo que se le presenta al protagonista, un editor maduro, en una especie de imitación de comienzo de novela policial con detective sustituido en el caso por el editor y con aparición de femme fatale, para colmo de consabido vestido rojo,  sugerencia de una voluptuosidad que luego no logra sostenerse en lo más mínimo a lo largo de la novela,  en un que inicio termina pareciéndose más a la búsqueda efectista de  capítulo inaugural con gancho para atrapar lectores.  Esa mujer resulta ser la nieta de un escritor que solo publicó un libro de cuentos en vida, y que dejó el manuscrito de una novela en una caja fuerte; la mujer le lleva el manuscrito al editor, que éste valora como un hallazgo genial, que publica y que se convierte en un éxito nacional e internacional.  Nunca sabremos durante la lectura, pues la novela no logra darnos pistas firmes ni convencernos, cuál es la fuente de esa genialidad ni cuáles son los tan grandes atributos narrativos o literarios de Edmundo Laguarda, el abuelo de la mujer de rojo.  Más aún, los fragmentos de la novela inédita que se nos revelan, como la del personaje que se despierta con una pierna de mujer desnuda a su lado,  y la de una muy leve trama policial con asesinato por celos, son de tan escaso interés y originalidad que todo empieza a resultarnos pueril. ¿Tan grandes atributos, y tanta genialidad, a propósito de escenas, personajes y tramas irrelevantes y sin vuelo?  Es cierto que el autor intenta formular una suerte de juego de literatura dentro de la literatura, pero sin un sentido sustancial que la apuntale  no puede uno dejar de recordar la extraordinariamente sugerente Los papeles de Aspern de Henry James,  búsqueda sin éxito de textos y cartas de un escritor fallecido,  como modelo de alusiones que logran su efecto directo sobre el lector y el desarrollo de la trama,   para caer en la cuenta de cuán lejos está Tierra firme de  tales aciertos narrativos. Los juegos literarios y la literatura dentro de la literatura no terminan allí,  sino que comienzan a sucederse sin tregua y sin mayor justificación. Así por ejemplo, la novela del abuelo fallecido que se hace famosa, lleva por título Un mundo sin paraíso, casi igual al de una novela del propio autor, Hugo Fontana, Un mundo sin cielo, lo que lleva a plantearnos si la novela nos está proponiendo que  Edmundo Laguarda, el escritor casi inédito,  deba ser tomado como un alter ego del autor.  En otros pasajes, es el propio Edmundo Laguarda en primera persona quien pontifica sobre el arte de escribir y de la novela, en admoniciones para el olvido como: “No siento la menor responsabilidad frente al acto de escribir. No tengo un referente humano sobre el que dar noticias ni al que seguir como una sombra, no tengo un lector que me reclame y que me advierta. No tengo a nadie que me haga comparecer frente a nadie. Y no es este el dogma de un depresivo, sino una declaración de principios que acaso debería comprender el resto de los escritores. Escribo para mí, soy el tirano, el dictador de mi ejercicio” (Tierra firme, pág.97).

Onetti  en escena. Con la técnica de la novela epistolar propia del romanticismo y del siglo XIX, una parte de la novela comienza a desarrollarse en Lavanda, con referencias a Santa María, ambas ciudades ficticias creadas por Onetti, y además aparecen personajes de típica factura onettiana, como el comisario Mas Canosa, claro deudor del comisario Medina de Dejemos hablar al viento, y el periodista Carlos Lamas del diario El Radical de Lavanda que recuerda a El Liberal de Santa María en  Jacob y el otro.  Y más aún, el estilo cansino, existencial y descreído de Onetti, que además insufla la psicología de muchos sus personajes como el famoso doctor Díaz Grey, aparece en Tierra firme con fulgor en los tramos que giran en torno al personaje del editor y los vaivenes de su traslado a Nueva Rovira al lugar donde vivió y murió Edmundo Laguarda, el abuelo escritor fallecido, para hurgar en los papeles que éste dejó y que permanecen inéditos además de la novela póstuma. Pero el estilo de Onetti, tan lleno de pesimismo y de amargura, y también de riqueza conceptual y sensorial  y de una peculiar poética,  es algo único e inconfundible, que brilla y singulariza sus obras de tal manera que cuando alguien lo imita o se inspira demasiado en él, el parecido resulta excesivo; eso y las ya referidas referencias explícitas a lugares y personajes de  Onetti,  terminan abrumando y rechinando al lector.

Policial, guerrilla, maquinación política. Ya avanzada la novela, aparece el tema del robo de cofres fort del banco de una ciudad llamada Lugano, versión novelada del hecho cierto del robo de cofres fort del Banco República de Pando.  La realidad aparece apenas maquillada, y a eso se agrega, también en la última parte, la revelación de que los autores del robo fueron antiguos miembros de la guerrilla urbana que guardan complicidad, lealtad y camaradería desde esas épocas.  Se narra de manera alternada a su vez el secuestro por los entonces guerrilleros, en los años 60 o 70, del hijo de un industrial para obligarlo a conceder beneficios a sus empleados.  El autor aprovecha para introducir otra  vertiente, esta vez política, al contar que en el secuestro del hijo del industrial  participó un guerrillero que es hermano del presidente de la época en que ocurre el hurto de los cofres fort,  y que por su posición institucional integrando el gobierno de su hermano, habría sido quién favoreció o hizo posible la fuga de uno de los ex guerrilleros autores del robo.  El nombre del ladrón que se fuga es también burdamente igual al del legendario número nueve de Nacional, Atilio García, y la mención al  ex guerrillero hermano del presidente, alude casi sin cosméticos a Jorge Vázquez,  hermano del Presidente Tabaré Vázquez,  en un desborde de trama de conspiración política-gubernativa que termina por restarle la autenticidad narrativa que podía tener la novela.  Todo ese puzzle es el que termina con un entrecruzamiento en las últimas páginas que suena extremadamente forzado para darle un remate policíaco a todo el combo, incluida la explicación de la muerte del abuelo escritor en un accidente de tránsito que no resulta tal. Y es así como la mezcla de narración onettiana,  policial, política, termina, como un barco a la deriva y por su peso específico, hundiéndose sin remedio.

Crueldad. En las primeras páginas de la novela el  editor hace gala del cinismo y la crueldad con que ejerce su profesión, y le dice a la mujer de rojo que lo visita, en relación a la montaña de papeles que tiene sobre su escritorio: “Si vuelve mañana, no va a ver nada de esto, de estos papeles que contienen personajes débiles, aventuras superficiales, anécdotas frustradas y redactadas con dificultad. Cuando tire todo esto a la papelera y la empleada lo meta en una bolsa y luego lo eche a la basura, el autor lo sabrá sin enterarse” (Tierra firme, pág. 23).

¿Emplearía el editor esa crueldad  con esta novela?


(*) Escritor, abogado, escribano y Defensor Público del Trabajo. Sus cuentos y relatos  han recibido distintos premios, así como su libro  “La caza de la mulita y otros relatos”, 2016. Publica crónicas y artículos  en Semanario Arequita  y en el portal cultural Granizo.uy)

[1] Tierra firme, de Hugo Fontana, Ed. Mondadori, 2011, 279 págs.

[2]∗ La piel del otro. La novela de Héctor Amodio Pérez, Ed. Cal y canto, 2001.

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