“Que nunca falte el bello estilo, la elocuencia, la eufonía”. Fotorreportaje al escritor Fabián Muniz

Entrevista de José Arenas / Fotografías de Paola Scagliotti


Lectores de sus reseñas en algunos portales y, principalmente, en el semanario Brecha, nos encontramos un día con el premio Gutenberg del 2017 otorgado a Fabián Muniz a raíz de una novela; “La epopeya de las pequeñas muertes”. La novela fue tan sorpresiva como festejada y así entonces, la ópera prima del joven escritor uruguayo salió a la calle a través de la editorial Fin de Siglo.

Con una estructura de voces que se superponen, que vienen del pasado, que se instalan en el presente para contar una o muchas historias, Muniz crea un universo entramado de miserias jugosas y seductoras. Situaciones que van desde el humor crudo a la tragedia de un espíritu neblinoso aparecen en “La epopeya…”, novela con la que el autor hace un debut más que promisorio. Entre el “arte poética” y los melodramas de entre casa, entre las consideraciones del papel de la literatura hoy, aquí, en este mundo, y el diálogo de las subjetividades de los personajes y los eternos dramas del ser, entre gracia y el interior uruguayo transcurre el libro que ha sido uno de los más leídos en lo que va del verano.

Al respecto de la creación, de las letras, del oficio de escritor, dialogamos con Fabián Muniz.

¿Cómo aparece el deseo de la escritura?

Nunca “aparece”, porque nunca se va. Siempre está ahí. Lo que logro de vez en cuando es ordenar una historia en mi cabeza, un conjunto de personajes, un marco, el tono del discurso para cada episodio del libro, y entonces ahí sí, empieza el proceso de creación, que es bastante más amplio que el de escritura. Yo trabajo con esquemas, árboles genealógicos, apuntes sueltos, etc. Me ordeno mucho antes de escribir. Pero el deseo de escritura es algo que está adentro siempre, que se alojó en mí algún día, y nunca más se fue. Si tu pregunta apuntaba a cuándo aparece ese deseo, te diría que desde muy chico. Yo escribía y dibujaba mucho. De mañana me levantaba muy temprano (siempre fui madrugador, hasta hoy), y después de desayunar, le pedía a mi madre que me bajara una enciclopedia o un atlas que ella guardaba arriba del ropero, para que no los agarráramos sin permiso ahora que lo pienso. Los pedía incluso cuando todavía no sabía leer. Porque me encantaban. Me gustaba dar vuelta las páginas, ver las ilustraciones y las letras. Quería leer y escribir. Aprendí relativamente temprano, a los cuatro o cinco. Disfrutaba mucho, también, cuando mamá nos leía un capítulo por noche de alguna novela. La que más resuena en mi cabeza es una que se llamaba “Destino Uruapán”. No me acuerdo ni el autor ni tampoco mucha cosa del argumento. Pero sé que desde ahí ya me interesaban los mundos de ficción, bastante más que el real.

¿Cómo resulta el paso por diferentes géneros?

Esa es una pregunta difícil, porque a veces no percibo claramente el paso de uno a otro. Puedo estar escribiendo prosa y pensando más en que suenen bien las palabras, que compongan una melodía, y no tanto en que se entienda lo que estoy narrando. Lo primero que escribí fueron cuentos. Cuentos muy trágicos donde siempre moría alguien, o todos, y donde había magia, fantasía, hechizos. Pero pronto comencé a pensar que no me salían bien. Una vez concursé en un concurso juvenil de cuentos en Maldonado y el límite de edad de los participantes era 18. Bueno, yo tenía 18. Y mandé un cuento y saqué una mención de honor. La ganadora tenía 13 o 14 y me dio mil vueltas. El cuento de esa niña era genial. De un jabalí que se movía después de muerto. Entonces me dije: hay buenos cuentistas en este mundo. Yo no lo hago más. Claro que lo seguí haciendo, pero están bastante bien guardados. Uno solo, que me dejó un poco más conforme, va a salir en una antología que vos estás preparando. Pero es un género que dejaré bastante relegado. Después vino la poesía. Cuando descubrí la poesía de Borges, empecé a hacer poemas borgianos. Uno atrás del otro. Por esa época (2007 más o menos) conocí a Leonardo de León y empezó una amistado que sigue hasta el día de hoy. Y uno de los vínculos que nos unió fue Borges. Sus poemas, sus cuentos. Los dos estábamos muy traumados, quizá demasiado. El influjo de Borges es difícil de superar. Y por último, vino la novela. La primera la escribí en 2009 y se llama “El huevo”. Todavía la tengo. Después escribí otras, e intenté otras que no terminé. La novela comenzó costándome mucho. La veía como algo imposible de terminar. Hoy en día es el género que prefiero, pero porque es el género que me permite incluir a los otros, de alguna manera. Me interesa un discurso literario total, si querés, sin demasiada discriminación de género.

¿En cuál de los procesos de creación te sentís más cómodo?

Es una pregunta un poco rara. Porque si no la entiendo mal, supone que yo tengo muchos procesos de creación distintos, y no es así. El proceso es uno solo. Comienzo apuntando cosas, pensando mucho, ordenando mi cabeza. Y cuando ya está todo listo, cuando lo veo venir, me siento en la computadora, o en la máquina de escribir, o con una lapicera y papel (para mí todas las tecnologías son plenas) y empieza a desenvolverse el texto que estaba enrollado, y lo deforme adquiere forma.

¿Cuál fue el proceso de creación de “La epopeya…”?

“La epopeya de las pequeñas muertes” fue escrita en 2013. Empezó con unos poemas que yo estaba escribiendo en la máquina. Iba acumulando las hojas y veía que todos eran poemas en prosa, y que en ellos se iba formando el esbozo de Renato Pérez, o de Héctor Jaunarena dándose un balazo. Después lo único que me hizo falta fue pensar en Applecore, en un discurso narrativo que contuviera y desarrollara esos poemas en prosa, y la cosa empezó a avanzar. Me hice el árbol genealógico de los personajes para no perderme o marearme. Y algo que me resultó muy curioso es que varios lectores me dijeron que ellos también se fueron trazando un esquema con las filiaciones de los personajes mientras leían. Fue un proceso largo. Cinco meses aproximadamente en los cuales dedicaba todas las mañanas a escribir. Me levantaba a las seis y a eso de las siete ya estaba dale que te dale con el tecleo de la computadora, y paraba al mediodía para cocinar, preparar clases, corregir cosas del liceo. Trabajaba en el turno nocturno, entonces esa fue mi rutina. El producto final es lo que anda en la vuelta. Leer “La epopeya…” es como meterse en un bosque oscuro, donde los claros entre tanta fronda son pocos, y hay que esforzarse por encontrar un sitio en donde te dé el sol. Soy consciente de eso. Aunque también tengo una idea distorsionada de la novela, por ser el autor. Me la figuro mucho más críptica de lo que en realidad le resultó a muchos lectores que me escribieron para felicitarme o comentarme cosas. Varios me dijeron que la leyeron de un tirón. Lo que más me alegra es que a tantos les haya gustado el lenguaje con el que está escrito el libro, porque a la elegancia de la prosa es uno de los aspectos a los que les dedico más tiempo. Que nunca falte el bello estilo, la elocuencia, la eufonía.

¿De dónde salen las voces que atraviesan la historia de la novela?

Salen de los personajes que las enuncian. Uno de los métodos que me interesa es el de tomar prestados refranes, frases hechas, cosas que uno oye, e interpolarlo todo a las voces de la novela. Como hace Vargas Llosa en “Los cachorros”, que es una maravillosa novelita. Una de las cosas que más me inquietaba a la hora de escribir era que no quería que todos los personajes hablaran como yo, ni todos se expresaran igual entre ellos. Camilo Baráibar, que fue uno de los primeros lectores del manuscrito y que me hizo algunos comentarios que atendí, me señalaba que a él le parecía que todos hablaban igual, que siempre estaban como filosofando y que hubiera sido bueno hacer alguno un poco más llano, menos reflexivo. Ese comentario me tuvo bastante tiempo en vilo, pero cuando la releí en 2017 para corregirla, extenderla y enviarla al Premio Gutenberg no veía eso que me había señalado Camilo. Me parecía que había voces bastante distintas, y que si mi voz se colaba un poco en todas ellas, bueno, que eso era un poco inevitable. Pero de todos modos me preocupa mucho crearles una dimensión de otredad a mis personajes. Que no sean como yo ni un panfleto de mi pensamiento. Yo soy aburrido. Ellos tienen su vida, sus dilemas, sus pasiones.

¿De alguna manera la novela es una especie de “arte poética”?

Sí, en el caso de “La epopeya…”, sin duda hay elementos de arte poética. Hay lugar para la anécdota (que por cierto es muy difícil de espoilear, y eso me encanta) pero también hay lugar para la reflexión sobre el propio acto de escritura. El primer sustantivo del título es desmenuzado en una parte. Me interesa esa licuadora de géneros que existe dentro de toda epopeya, que es épica, pero también lírica, y hasta con elementos del drama, como cuando emplea el discurso directo, que en el fondo no sería autóctono de la narrativa sino importado del drama. Y también en mi novela se reflexiona, en algún punto, sobre la mímesis, la representación que el arte pretende hacer de la realidad, los problemas que esa pretensión trae acarreados.

¿Qué proyectos devienen a partir de este momento?

Como escritor de no ficción, digamos, estoy trabajando en Brecha, colaborando cuando puedo, y también estoy preparando una antología de textos ensayísticos de la que por ahora no daré más detalles. Como escritor de ficción, estoy terminando otra novela, un poco más larga que “La epopeya…”, y que puede leerse como una segunda parte, pero también como una novela independiente. Transcurre en Applecore, hay varios personajes que se repiten, sobre los que desarrollo ciertos detalles que antes habían quedado solapados, y también hay muchísimos personajes nuevos. Es una novela que estoy disfrutando mucho escribir. Quizás (y esto lo digo entre millones de comillas, porque es un tema complejo) esta nueva novela es más “política” que la anterior, o con preocupaciones políticas un poco más explícitas, abordadas mayormente desde el punto de vista de la parodia.  Y aunque sigo experimentando con el lenguaje y con lo formal, que es un elemento constitutivo de mi escritura, estoy intentando mimar más al lector, dentro de lo posible, y hacer un libro que no le pegue tanto, que sea un poco más ameno. Esperemos que me salga.

         


 

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