Recomendado. “A la orilla del silencio: Vida y obra de Osiris Rodríguez Castillos”, de Jorge Basilago y Guillermo Pellegrino

Osiris Rodríguez Castillos fue cantor, músico, poeta, investigador y escritor. Un hombre fundamental de nuestro folklore, que nació un 21 de julio de 1925 y falleció un 10 de octubre de 1996. A fines de 2016 el libro “A la orilla del silencio: Vida y obra de Osiris Rodríguez Castillos, (Cuatro Esquinas ediciones) de Jorge Basilago y Guillermo Pellegrino, llegó a su segunda edición. Un trabajo profundo y detallado que cuenta la vida y el arte del gran creador.


Se dice en el libro: “Veinte años de una imagen, un recuerdo y una pluma que no saben morir. Que sólo saben agigantarse. Casi en silencio. Lentamente. Así como vivió Osiris Rodríguez Castillos. Así como escribió. Así como fue admirado por muchos artistas destacados y así como fue grande por derecho propio. En octubre de 1996 lo alcanzó la muerte, pero no pudo ser olvido. Tampoco hoy. Porque hay toda una vida que merece ser contada. (…) A mediados de los años cincuenta, cuando el cancionero de raíz folclórica en Uruguay era poco más que una ilusión, surgió un nombre -y un hombre- que pronto lo transportaría al terreno de las realidades: Osiris Rodríguez Castillos. Artista polifacético y de gran autocrítica, se construyó a sí mismo como un creador único, culto y popular a la vez. Laborioso, obsesivo, tan genial en el rapto de inspiración como coherente y constante en su ética de trabajo posterior. Respetado y admirado en forma unánime como poeta y compositor; casi desconocido como dibujante, tallista y talabartero; apenas entrevisto como lutier; larga y a veces injustamente criticado como cantor. Inquieto y aventurero de principio a fin, recorrió todo el Uruguay y varias partes del mundo a pie, a caballo, en tren y en avión. Trabajó en tantos oficios como se reflejan en su poesía. En el campo y en la ciudad. Dentro de la ley o fuera de ella. A lo largo de los años, su experiencia como contrabandista fue apenas una nota de color en muchas narraciones orales y escritas sobre él. Pero en estas páginas, aquel mito desnuda sus pormenores ocultos hasta hoy: la cárcel y el riesgo cierto de muerte, para un joven poeta que casi pasa al olvido antes de dar motivos para el recuerdo. También fue un hombre complejo, de trato difícil en ocasiones, cuyo carácter conquistó amistades inmortales y rencores sin fecha de vencimiento. Solidario y noble con las primeras y duro hasta la crueldad con los segundos. Reservado e introspectivo la mayor parte del tiempo, supo sin embargo mostrarse risueño y bromista; pero sólo ante los más íntimos y cuando la oportunidad lo exigía. Hijo y padre de conductas poco comunes, tuvo además varios amores, ninguno con final feliz. Y de un par de ellos salió con profundos tajos en el alma; que sangraron en verso.

Basilago y Pellegrino realizaron una extensa investigación, que incluyó decenas de entrevistas en América Latina y Europa, análisis de material fotográfico y documental y revisión de fuentes bibliográficas y de prensa. El resultado es un relato detallado donde puede decirse: Todo está aquí. Sus orígenes. Su fama. El exilio interno y externo. La soledad y la pobreza de sus últimos días. Y también el olvido, que amagó con alcanzarlo pero nunca pudo del todo”.

Los autores:

Jorge Basilago (Buenos Aires, 1974)

Es coautor -junto con Guillermo Pellegrino- de La canción de Mario: Benedetti musicalizado (Seix Barral, 2012), texto ganador del primer premio en el Concurso Internacional de Ensayo de la Fundación Mario Benedetti (FMB).

Colaboró, también con Pellegrino, en la redacción de varias semblanzas biográficas sobre cantautores latinoamericanos como Chabuca Granda, Víctor Jara, Violeta Parra y Atahualpa Yupanqui, agrupadas en un libro que Editorial Sudamericana presentó en 2002.

Como periodista, ha sido corresponsal en Buenos Aires de los diarios Los Andes (Mendoza) y La Prensa Gráfica (El Salvador), además de escribir ocasionalmente para diferentes medios del resto del continente. Desde 2007 reside en Quito, Ecuador, donde el suplemento cultural cartóNPiedra, del diario El Telégrafo, publica con regularidad artículos suyos.

Guillermo Pellegrino (Montevideo, 1968)

Es autor de los libros Cantares del alma. Biografía de Alfredo Zitarrosa (Planeta, 1999), Las cuerdas vivas de América (Sudamericana, 2002), Jébele. El cálido blues de los mediodías (Estuario, 2009), Rubén Lena. Maestro de la canción (Banda Oriental, 2009), Dicen los cantores (Planeta, 2010) y Alfredo Zitarrosa: la biografía, edición condensada, con nuevos documentos y testimonios (Continente, Buenos Aires, 2011; Sudestada, Buenos Aires, 2013; y Estuario, Montevideo, 2013).

En 2000 obtuvo el Premio Nacional de Literatura del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (MEC), en la categoría Ensayo en historia, Biografía y temas afines.

En 2002, por su aporte a la cultura popular, recibió una mención especial del premio TEA, en el que periodistas argentinos destacaron el valor testimonial y de investigación de sus dos primeros libros. Desde hace catorce años vive en El Pinar, departamento de Canelones, Uruguay.

Compartimos un extracto del libro:

 1) Sarandí del Yi

[…]

Ya por esos años ávido lector, empezó a descubrirse poeta durante la infancia, cuando todavía no llegaba al cuarto año de primaria. “El primer poema que escribí fue una canción para mi río”, contó años más tarde en la ya citada entrevista de Guambia. Aunque ese texto no tiene relación con el conocido Canción para mi río, escrito tiempo después y publicado en el libro Grillo nochero, puede quizás haber sido el borrador que le dio origen. Sin nombrarlo más que en la dedicatoria, en esas famosas décimas el Yi brota, cristalino y reconocible, desde su mirada niña hasta la pluma madura del artista:

El río, rumbo que canta

fue mi maestro primero;

junto a su espejo viajero

creció indígena mi planta;

él me puso en la garganta

las voces elementales

cuando en tardes estivales

pasaba verde su canto,

como un torrente del llanto

vertido por los sauzales.

[…]

Su reservada y casi mística comunión con el río no se rompía ni siquiera cuando lo acompañaba algún amigo, de los pocos que supo cultivar por allí. “Osiris no tuvo muchos amigos en Sarandí. Yo le servía porque era como su peoncito, un ayudante que tenía cierta dependencia de él. Pero llegamos a hacer una especie de amistad. Como yo fui hijo de maestra, en vez de salir con los muchachos a jugar a las bolitas, tenía que ser sabihondo: por eso me apasionaba hablar con él de las cosas del campo, de la patria, de todo lo que sabía”, refrenda Artigas Almandoz, a quien Osiris —poco más de cuatro años mayor— rebautizó como Coco para siempre y para todos.

[…]

Almandoz también asegura que su amigo había construido por esos días una canoa de madera, con la que remontaba el río de vez en cuando. Pero jamás lo llevó con él en esos recorridos, quizás a causa de la diferencia de edad. Uno de sus habituales laderos para esa clase de aventuras y para las mojarreadas era Juan Carlos Pereyra, quien lo describe siempre “carburando”, urdiendo en su mente quién sabe qué aventuras, rimas o acordes. Las jornadas de pesca compartidas tenían, casi siempre, una estructura similar: se encontraban a la salida de la escuela y, luego del pedido de algunos vintenes a sus padres, hacían una pasada por la panadería La Mecánica —ubicada en bulevar Pereira, entre Rincón e Ituzaingó—, propiedad de Alberto el Vasco Almandoz, donde se aprovisionaban de bizcochos que los ayudarían a pasar la tarde. Aunque más de una vez Osiris lanzaba parte de la merienda al agua, tentado de observar los reflejos que el sol del crepúsculo le arrancaba al remolino de mojarras en lucha por las migajas. Según Pereyra, ese paisaje y las experiencias vividas en él inspiraron también Gurí pescador, otro clásico tema de Osiris. En definitiva, eso eran los dos muchachitos a la vera del Yi:

Hay un reino bajo el agua

—un sauce me lo contó—

donde el Pejerrey escucha

y canta el Bagre Cantor…

En la taipa de un azude

yo vi un gurí pescador

que confundiendo las piavas

les cantaba esta canción:

 

“Tararira,

tararira,

qué arisca y sabia que estás,

Anzuelo que cae al agua,

mojarra que te llevás…

[…]

Y yo, que crecí en silencio

bajo los sauces del Yi,

cobrizo de soles largos

comprendo bien al gurí…

[…]

El río, y casi en igual medida los montes cercanos, no tenían secretos para él. E iniciaron su educación en aquel asunto que desde las aulas apenas se divisa: el teatro a veces cruel y despiadado, siempre fascinante, de la vida misma. Una puesta de soledades y penas que se enhebran en la escenografía natural como la que describe justamente El montaraz, poema que se hizo canción por primera vez en 1965, en su tercer disco.

Pero la historia detrás de esa obra se conoció un buen tiempo después. Fue en diciembre de 1978, durante un concierto en el Teatro del Notariado. Osiris, aquella noche, reveló detalles ignorados de varias de sus composiciones más conocidas. Entre ellas El montaraz, que, según dijo, fue escrita para un amigo suyo, hachero de oficio y Berón de apellido. “Era un mestizo, con mucha sangre india”, lo describió. “Un hombre casi árbol. De lejos le escuchaba yo el latido del hacha entre el monte y lo iba a visitar”.

[…]

Por el húmedo verde sombrío,

la arena del río

y el sarandisal,

he dejado mi huella perdida,

costeando la vida

monteando un pesar…

 

Me conocen, el hondo sendero

que nunca el lucero

descubre al pasar,

y el gran sauce que llora el crecido

silencio, nacido

de su soledad…

[…]

2) Carmelo

[…]

Al decir de la época, Osiris comenzó a alternar con más personas luego de conocer a Hugo Adorni, director de la orquesta de jazz y típica Carmelo. Tras apreciar sus conocimientos musicales, Adorni lo invitó en algunas ocasiones a sumarse como pianista a las presentaciones de su agrupación, que solía actuar en el salón de baile del Casino Carmelo. Inaugurado poco tiempo antes, el salón de juegos no solo era un atractivo para los turistas que llegaban desde Buenos Aires sino que se había convertido en el centro de la vida nocturna local. Curiosa paradoja, en esa ciudad donde mucha gente lo miraba con recelo se las compuso para “vivir” del arte por primera vez. Finalmente empezaban a rendir frutos las clases que había tomado con el profesor Piera en Sarandí del Yi, tanto en lo relativo a la autoestima como en la faz económica. Si bien lo que cobraba era escaso, su bolsillo lo agradecía. Claro que en esas ocasiones interpretaba un repertorio que estaba muy lejos de aquel por el cual sería reconocido.

Por otro lado, también gracias a su formación musical, pudo ocuparse como profesor particular de piano. De esa forma llenaba una pequeña parte de su tiempo libre durante la semana y obtenía así algún modesto ingreso adicional. Alecio Monteagudo, canillita por aquel entonces y aún hoy habitante de la ciudad, recuerda de manera algo difusa que Osiris supo dar clases en un pequeño local de la calle 19 de Abril, cerca de la plaza Independencia. El futuro poeta y cantor, en cambio, guardaba claras imágenes de su etapa docente. Muy en especial de una de sus alumnas, que según él fue su primer amor “en serio”. Risueño, sostenía que con ella los ejercicios a cuatro manos siempre terminaban ejecutándose solo con tres. El origen y el destino de la mano ausente, eso sí, chocaban sin remedio contra una firme discreción de mirada pícara.

Más allá del agradable efecto sentimental, en ese período el piano fue, sobre todo, una de sus principales herramientas para hacerse conocer; aunque lejos estaba con ella de brindarle siquiera un ligero desahogo económico a su madre. La familia no vivía mal, pero los gastos tampoco perdonaban al final de cada mes. A menudo, su ayuda se apreciaba más en forma indirecta: gracias a la pericia de sus manos, Osiris evitaba que María Belén desembolsara dinero para solventar las tareas de mantenimiento que toda casa precisa.

[…]

En la mitad de la década del cuarenta, cuando llevaba unos tres años de estancia en la ciudad, el piano ya se había convertido en la principal carta de presentación de Osiris ante los carmelitanos. A causa de sus ocasionales participaciones en la orquesta de Hugo Adorni y de algunas actuaciones —que no brillaban por su asiduidad— en reuniones sociales de la ciudad, la identificación de su nombre con ese instrumento era casi automática. Entre estas últimas, fueron bastante frecuentes las que tenían lugar en el hoy desaparecido Hotel Alemán, ubicado en la esquina de las calles Uruguay e Ignacio Barrios, y destacado por su servicio de confitería y cervecería: “Junto con Julio César Chungo Durañona en batería, Osiris solía amenizar con el piano algunas tardes-noches en ese lugar. Tocaban standards de jazz. Yo los vi varias veces. Cuando mis padres me mandaban a comprar algo a la confitería, siempre me quedaba un buen rato escuchándolos”, confirma el reconocido artista plástico Heraldo Martínez, casi nueve años menor que el poeta y vecino de Carmelo hasta la actualidad.

[…]

No hay dudas de que comenzaba a asomar, por debajo del músico, el poeta que anidaba en él. Varios testimonios coinciden en que era habitual verlo escribir, con gran concentración, cosas que no acostumbraba enseñarle a nadie. Era muy reservado y celoso de cada uno de los aspectos que consideraba parte de su intimidad. Muchas personas lo conocieron, pero fueron escasas las que pudieron acceder a ese territorio que él enrejaba con medias palabras o largos y pesados silencios. Solo Imasul se aventuraba en ese mundo tan íntimo, a través de los poemas que Osiris le llevaba cada noche en que la visitaba, cuando todavía eran novios. Pero ninguno de ellos se ha conservado: tras la muerte de Imasul volvieron a manos de su autor, y el resto de la familia les perdió el rastro para siempre. Y otro tanto ocurre con los que recitaba en las tertulias que los Botello convocaban.


 

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*