“Rojo, de Mercedes Estramil, 20 años después

QUÉ CUENTAN LOS ESCRITORES URUGUAYOS DE AHORA


Por Luis A. Fleitas Coya

Lector doblegado. A más de veinte años de haber sido publicado, Rojo de Mercedes Estramil  no es aún un libro fácil de leer.  Basada en la descripción minuciosa de un juego de canasta, la peripecia desalienta al lector no iniciado en ese juego y desconocedor de sus reglas, que se queda perplejo cuando los hechos que comienzan a suceder son levantar determinadas cartas del mazo, desprenderse de otras, levantar pozos, especular con puntajes y otras circunstancias y estrategias lúdicas. ¿A dónde lo lleva toda esa tediosa maraña de jugadas?

Esta nouvelle o relato largo de sesenta páginas obtuvo el primer premio del 4º Concurso de Narradores de la Banda Oriental de 1996, con un jurado integrado por Wáshington Benavídez, Heber Raviolo y Pablo Rocca, y fue publicada por Banda Oriental ese mismo año con prólogo de Pablo Rocca.  Ya el propio prologuista señalaba: “Las referencias al uso de las barajas significa un obstáculo en la lectura; en compensación, la sencilla belleza de esta prosa ayuda (e impulsa) a persistir, a no dejarse doblegar”.  Pese al consejo, debo confesar haber sido doblegado al cabo de la quinta o sexta página, pese a haber intentado la lectura en varias ocasiones.  Fue recién un relato de Mercedes Estramil leído este año, Portones (incluido en la antología de autores 25/40, Ed. Banda Oriental, 2018) excelente narración llena de alusiones y significados que van acompasando la acción por debajo o paralelamente a los hechos, el que me abrió la puerta  para la comprensión y  lectura de Rojo. La clave fue comprender que la escritura de Mercedes Estramil aparentemente sencilla, propone simultáneamente  asociaciones   como las que produce la lectura de la poesía; pero al contrario de ciertos textos ampulosos de prosa poética imposibles de digerir, esta escritora nacida en Montevideo en 1965, tiene la cualidad de narrar con una prosa carente de alambicamientos cuyo poder radica en que los hechos que se van contando, a su vez van sugiriendo concomitantemente otras cosas. Como ocurre en Portones,  en el que los sucesivos acaecimientos –anciana con bastón que toma un ómnibus para ir a visitar a un residencial a una hermana de su segundo marido, frenética discusión con el chofer y el guarda, persecución en taxi con taximetrista asesina, arribo a la terminal y final con casa vieja y extraña-  van acompasados de temas que no se explicitan, como la soledad, la frustración y la furia ante la incomprensible realidad, la degradación cognitiva, el extravío, que solo se perciben entre líneas en una prosa muy ágil y saludablemente salpicada por el humor.

Primera y segunda lecturas. Una lectura lineal de Rojo nos muestra un juego de cartas con tensiones y contrapuntos entre los contendientes que estallará finalmente en un acto de violencia que cierra el relato, de manera un poco inesperada y casi gratuita, prácticamente un acto de locura súbita. Hay una segunda lectura más compleja que supone un conflicto oculto tras esa fachada del  juego asumido como un ritual entre los jugadores;  un enfrentamiento que trasciende las cartas y que se proyecta hacia lo que es cada uno de los participantes y cómo se vincula con los otros, mientras la narración va deslizando aquí y allá alusiones a la desconfianza recíproca, al desprecio, a la cruel marginación de la homosexualidad, a chanchullos mafiosos y aduaneros, al amor subterráneo, a la infidelidad, y a otros varios conflictos cruzados y apenas delineados subrepticiamente en el relato con leves pinceladas depositadas como al pasar, al ritmo del juego de cartas y simultáneamente a él.  Es ese entrecruzamiento de historias que culminarán en el estallido final, y que de alguna forma lo explican. Esta lectura nos sugiere así mismo que el juego tiene otras facetas, como una tensión estilo encuentro entre hampones armados cuya violencia latente hace prever un desenlace; en esa tensión el protagonista parece planear algo que sobrevendrá pero que no sabemos qué es.  Así por ejemplo, cuenta que mientras transcurre el juego, Dutra tiene la chaqueta puesta pese al “calor bochornoso”, y que esa chaqueta abulta en el costado izquierdo, lo que  sugiere  un arma escondida  (página 45); casi lo mismo indica sobre el final cuando dice que la treinta y ocho del Colorado descansaba tranquila en el bolsillo del saco colgado en el perchero (página 70).  En un alto en el juego, el protagonista, encerrado en el baño, pone en orden sus ideas y reflexiona: “Me hubiera gustado estar en otra parte. Algún lugar de años atrás, o adelante. Pero regresé a la mesa ¿acaso las cartas no estaban echadas?” (página 44),  lo  que supone un doble sentido:  las cartas ya están echadas en la mesa para jugar pero al mismo tiempo el deseo del personaje de estar en otro lado y no en ese lugar, alude a que le gustaría no enfrentarse a lo que vendrá, a que las cartas que están echadas en realidad son las del destino, y que si eso es conocido por el protagonista,  solo puede significar que el autor del destino será él mismo, con un plan a cumplir.  No menos importante es cuando expresa: “¿Quién no sabía de verdad qué clase de víboras éramos todos?” (página 56),  haciendo el inventario o suma de que el Colorado era un viejo cínico, desesperado por el triunfo y que más que nada lo que quiere es controlar, que Dutra era un desgraciado que quería joder, que Paulino era un muerto en vida que quería brillar, y que Ariel no quería aceptar su fracaso en la vida simbolizado en un fracaso en el juego.

En el relato aparecen referencias a elementos que perturban al protagonista como el Recitador, vecino que golpea a su mujer, Aelaide,  cuyas voces y gritos le llegan al protagonista desde el ducto del baño;  así como a su gato Julián Montés a quien el protagonista llama “mi querido Amigo”, así con mayúscula, y que alude a la aridez de una vida cuyo vínculo afectivo real y sublimado es con un animal.

El texto sugiere además que Inés, la esposa de Ariel –amigo de juventud del protagonista-, llamada la Doctora o Miss Blood, parecería engañar a su esposo con el Colorado, con Dutra (¿?) y con el propio protagonista, a quien cuenta los subterfugios y entretelones de negociados de los otros dos,  e incluso que el protagonista siente celos de Ariel puesto que con éste Inés comenta los entretelones de los juegos pero no con él.  La relación del protagonista con Inés parece también tener importancia superlativa, al punto que el protagonista aprovecha a llamarla cuando va al baño, e incluso reflexiona sobre cómo reaccionaría ella;  su apodo (Miss Blood) directamente relacionado con el título de la novela, parecería estar subrayando tal importancia. Pero eso no es todo,  pues a su vez Ariel parece también haber tenido algo turbio con la ex esposa de Dutra,  al negar Ariel que la hubiera conocido,  cuando el  protagonista sabe que no es así ya que tiene una foto de colegio privado en la que aparecen ambos juntos. El Colorado es el personaje más odioso de todos, sin dudas, casi un capo mafioso, y el más desgraciado es Paulino con su homosexualidad a cuestas, despreciado abiertamente por todos, incluido el mismo protagonista, que en un pasaje patético lo acompaña a su pieza en una pensión de la Ciudad Vieja,  y cuando el otro le confía su intimidad más sentida, el diario de su madre muerta, para que lo lea, se mofa de la cursilería de ésta. Son esas historias sórdidas y soterradas, los antagonismos, rencores, celos, alianzas y contra alianzas, desconfianzas y odios mutuos, los que engendran el violento final.

Cuando el lector advierte ese entretejido, comienza a apreciar el pulso narrativo de la autora,   que va alternando instancias del juego con las  historias entrecruzadas de los jugadores y las reflexiones y elucubraciones del protagonista sobre sus opositores y sobre sí mismo, en un continuo sin pausas hasta el final, y que habla a las claras que Mercedes Estramil ya tenía, hace más de veinte años, un estilo propio, ceñido y cimbreante, a la vez ágil relator de hechos y delineador de personajes, y al mismo tiempo sembrador de alusiones y sugestiones, con la  imaginación al servicio de la historia que se cuenta, y que vino a sacudir para bien la modorra de los estilos en boga en nuestra comarca literaria.

Luego de Rojo Mercedes Estramil ha ido publicando varias novelas como Hispania Help (2009), Irreversible (2010), Iris Play (2016), Washed Tombs (2017),  un libro de cuentos Caja Negra (2014), y su evolución denota que su estilo se ha afirmado, consolidado y afinado como lo demuestra Portones.  Sus inicios como poeta quizás no expliquen totalmente las características de su prosa, pero seguramente ayudan a comprender su forja.

La tercera lectura. Sin embargo existe una tercera posibilidad de lectura.  En el prólogo, Pablo Rocca postula a la novela como una “parábola sin clave” sobre la condición humana, citando palabras de Theodor Adorno en relación a narraciones de Kafka.  Tal vez sería más oportuno considerar a la novela sobre el juego de canasta no como parábola sino como metáfora de la sociedad humana.  Así el juego representaría lo que el discurso narrativo nos va develando de a poco, de manera gradual y fragmentaria, y sobre la mesa se concentrarían los grandes temas del odio, de la amistad y la solidaridad, de la traición, de la sexualidad y el amor oculto, de la violencia. Esto no puede ser considerado independientemente del título de la novela, Rojo, que puede aludir simultáneamente al rojo de la carpeta sobre la que se juega, al color de  la baraja de uno de los mazos, y a la sangre,  que subsumiría todo lo demás; desde este punto de vista, el color, el rojo, funcionaría como una alegoría de la humanidad convulsa, anegada por la sangre, es decir, la violencia y la muerte, dado que la alegoría se construye sobre símbolos que apuntan a una explicación genérica.

Jorge Luis Borges abominaba del arte alegórico (“Para nosotros, la alegoría es un error estético”, sostiene en el inicio de su ensayo De las alegorías a las novelas) al que consideraba una forma injustificable, pues para él la novela era una fábula de individuos y no de abstracciones.  Sin embargo en el mismo ensayo, sostiene algo muy curioso y llamativo dada la categórica afirmación inicial:  dice en el final  que los novelistas crean personajes que aspiran a ser genéricos dado que por ejemplo,  Dupin es la Razón y Don Segundo Sombra es el Gaucho, así como, agrego por mi modesta cuenta, José Arcadio Buendía sería la Utopía o Mayta  la Revolución Fracasada, y que por tanto “en las novelas hay un elemento alegórico”.

Abominación de los finales con locuras que todo lo explican. Parábola, metáfora, alegoría, Rojo está contada con la suficiente habilidad narrativa como para sugerir  detrás de un juego de baraja, todo un mundo  de conflictos, pasiones, humores, sexualidad, amor y violencia.  De los tres tipos de lecturas que a mi juicio puede admitir, descarto la primera, pues personalmente abomino, no de las alegorías a las que refería Borges, sino de los finales abruptos y gratuitos en los que todo queda explicado por la locura del protagonista,  gastada muletilla narrativa utilizada hasta el hartazgo.

Es cierto que el protagonista de esta novela, que narra la historia en primera persona y de quien no se dice el nombre, es un ser ambiguo e indeterminado, extremadamente analítico de las circunstancias del juego y en las personalidades y vínculos con sus contendientes, pero poco claro y con notorias reticencias a la hora de contar los sucesos, aunque que esto es una legítima opción narrativa de la autora.  Ese protagonista, que cuenta los hechos con lucidez, ironía y  sarcasmos varios, padece una no explicitada enfermedad diagnosticada por Inés y que ésta señala pasándole la mano por la cabeza y presionándole las sienes.  Ya se sabe que luego que una obra queda librada al público, las intenciones que pudo haber tenido el autor pasan a un segundo plano, desplazadas por tantas interpretaciones como lectores puedan existir.

Desconozco cuál fue la intención de la autora al escribir Rojo, pero no le voy a hacer el agravio de suponer que haya limitado el poderoso sentido subyacente en su novela a un mero proceso de sinrazón del protagonista, que llevaría a los lectores a encogerse de hombros y decir “Ah,  era solo que al final el tipo estaba loco”.


(Imagen: Editorial HUM)

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