“Si no me suena creíble me resulta tan insoportable como cuando por casualidad agarro en la tele una película doblada”: fotorreportaje a Agustín Acevedo Kanopa

Entrevista de José Arenas / Fotografías de Paola Scagliotti


 

Desde el año 2015 Agustín Acevedo Kanopa se consolidó entre las letras jóvenes nuestro país como una de las voces más interesantes con “Historia de nuestros perros”, libro de cuentos que obtuviera el Primer Premio Nacional de Letras. El libro se editó en 2016 a través de Estuario y fue título común en todas las manos montevideanas hasta agotarse. Ya había impactado su anterior libro, “Eucaliptus” de 2013, publicado por la misma editorial.

Psícólogo, crítico de cine y series en La Diaria, Acevedo Kanopa, una de las voces más importantes de la literatura emergente, al decir de Gabriel Peveroni, conversa de una cosa y otra para nuestro fotorreportaje.

¿Sos escritor y psicólogo? ¿Sos un psicólogo que escribe? ¿Sos un escritor que psicologuea?

Creo que ante todo, soy un escritor que trabaja de psicólogo. Suelen ser medio horribles los psicólogos que escriben, creo que es mucho más lo que le puede aportar la escritura a la psicología que la psicología a la escritura. Obviamente que las dos cosas se polinizan mutuamente, pero creo que soy un escritor que hace otras cosas desde hace muchos años ya.

Tengo una amiga cantante que prefiere que sus pacientes no sepan que canta, ¿a vos te pasa algo así con lo que escribís? ¿o nada que ver?

Antes tenía algo medio neurótico alrededor de eso, pero cuando uno decide ser escritor, y sobre todo cuando uno tiene ciertas aspiraciones con respecto a lo que hace y a su exposición -y más aún, cuando uno se sabe o descubre uruguayo, ese país en el que todos somos primos segundos- termina aceptando esos riesgos. Hoy en día no sólo me ha pasado que pacientes terminan descubriendo esta otra faceta de escritor, sino que me ha pasado de gente que acude a mi consultorio después de leer libros míos. Es un punto de partida transferencial medio curioso, pero se puede trabajar desde ahí, y de hecho, a veces salen cosas interesantes.

¿Cómo es el proceso por el que nace un texto?

Lo he contado en bastantes entrevistas, mi forma de escribir es una especie de caos metódico, o al contrario, un orden bastante caótico. Suelo partir de imágenes e ideas que se me van generando y las anoto en un cuaderno -antes era uno sólo, un lindo cuaderno negro, pero eventualmente se me despedazó, por lo que estoy repartiendo la información en varios, por miedo a perder material-. Es un proceso largo de acumulación, como las ardillas juntando bellotas. Por un lugar leí que las ardillas sólo recuerdan una pequeña porción de los escondites donde guardaron sus bellotas, y creo que es lo mismo conmigo, es muy poco práctico, pero cuando las reencuentro puedo hacer muchas cosas (y volviendo a la paradoja de las ardillas, esos olvidos es lo que posibilita, en parte, que crezcan otros árboles). Cuando se me ocurre una idea guía (que puede ser una acción, o dos o tres imágenes encadenadas) empiezo a revisar estos cuadernos y elijo qué imágenes guardadas quiero utilizar. Las uso y las voy tachando. Generalmente son como diez, o quince, por lo que mis cuentos casi siempre quedan de las dimensiones de una cuasi nouvelle. El final del cuento llega casi siempre de sorpresa, por el peso inusitado de alguna de estas imágenes.

¿Tenés obsesiones como escritor?

Hay una frase gigantesca de Ballard, que es “todas las obsesiones son metáforas extremas esperando a nacer”. Creo completamente en esa mitología privada de la que habla. La mayoría de mis obsesiones las voy descubriendo mucho después de escritas. Por ejemplo, mi libro “Historia de nuestros perros” originalmente tenía otro título, y cuando recorregí el texto descubrí que todas las historias tenían, como atados por ahí, un montón de perros. El libro estuvo a punto de llamarse “Cuentos llenos de perros”, pero no me gustaba la sonoridad. Hasta el día de hoy, siempre cuando escribo aparecen perros en mis cuentos, y no tengo una idea cabal de por qué, pero de seguro todavía son una gran metáfora esperando a ser descubierta.

¿Hubo un momento en el que dijiste: la escritura va a formar parte de mi vida como ejercicio?

Hubo varios momentos así. Tengo una noción cabal de a mis cinco años descubrir el poder de lo que significa poder escribir, y la gigantesca libertad que eso permite. Estábamos en una clase de primero de escuela, nosotros ya escribíamos, pero casi siempre de una forma mimética, o por encargo de la maestra; me acuerdo que la maestra nos pidió que escribiéramos lo que nos pasó en el día y yo escribí que había ido a sacarme la cédula de identidad, y que me mancharon el dedo. Ya estaba escribiendo eso y de golpe me dije a mí mismo “pará, si puedo escribir esto, puedo escribir cualquier cosa, escribir sobre cosas que ni siquiera existen y poder leerlas y hacer dibujos sobre ellas como en los libros que leo”. Mi segundo momento de esta noción fue a mis dieciséis, cuando empecé a escribir más seriamente mis primeros cuentos. También fue algo que se dio de sopetón, y recuerdo aquella época como tiempos de una hiperproducción demente, más allá de que casi nada de lo de esos tiempos me convenza. Finalmente, recuerdo cuando leí el cuento “Eucaliptus”, luego de escribirlo, que me vino una noción de serenidad, como de que todo lo que había hecho antes de ese cuento perfectamente lo podía quemar. Creo que fue la primera vez que creo que me hallé con una verdadera voz, la primera vez que me sentí escritor en serio.

¿Qué cosas de tu generación creés que están fatalmente metidas en tu escritura? Si es que las hay.

Es una pregunta difícil. En algún sentido, hoy en día, soy un escritor post-Foster Wallace. No sé bien qué significaría eso, pero me es difícil pensar un proyecto de escritura que vaya mucho más atrás de lo que él proponía, en términos de objetivos de lo que debe o podría ser literatura. Obviamente los resultados de todo eso pueden ser variables, pero es un mojón medio determinante. Eso, supongo, que es una marca generacional, ¿no? Lo otro que no puedo escapar de mi generación es el habla cuando los personajes intervienen. No soy de escribir mucho diálogo, pero cuando me toca hacerlo me detengo muchísimo en eso, en cómo habla la gente. Si hay un mínimo detalle que me parece poco natural lo corto como de un machetazo y empiezo de nuevo. Si no me suena creíble me resulta tan insoportable como cuando por casualidad agarro en la tele una película doblada. Creo que soy muy sensible a la verosimilitud del lenguaje en general, cuando se trata de dar voces a personajes.

Como periodista, últimamente, le das duro con las series, ¿creés que puedan a llegar a tener una narrativa, a veces, más copada que muchos libros?

Las series se han convertido algo así como megapelículas. Cada vez más, las series se ven más como novelas y hacen ver a las películas como cuentos. Esa es la principal diferencia. Después hay películas horribles y geniales, al igual que las series, pero por supuesto que las últimas están viviendo un período dorado medio innegable.

¿Qué literatura contemporánea te interesa?

Mi escritora favorita es Amy Hempel, sus libros tienen unos años, pero calculo que puede calificarse como contemporánea. La Alt-Lit norteamericana reciente tiene cosas interesantísimas. Estoy fascinado en especial con Stacey Richter, pero también leí cosas geniales de Judy Budnitz, Noah Cicero y Matthew Klam. Después, hace poco leí un libro del chileno Pablo Toro, que me partió la cabeza: el libro se llama Hombres maravillosos y vulnerables, de la editorial Libros La Calabaza del diablo, lo debo haber releído como unas cinco veces. Posta que es lo mejor que leí de algún escritor latinoamericano en mucho tiempo. Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enriquez es un libro no solo bueno, sino importante. También me colgó Bajo este sol tremendo, de Busqued, Mockba, de Diego Muzzio, y Corto argentino, de Carlos Álvarez Insúa. Y El interior, de Martín Caparrós, creo que lo leí como tres veces.

¿Creés que te falta algo en tu escritura; un tema, un modo, una forma, que aún no has experimentado y que quisieras?

Todos me vienen jodiendo hace tiempo con que tengo que escribir una novela (a veces me molesta un poco eso, es como si se considerara al cuento como un arte menor, o como decirle a un músico “dejá de sacar EP’s, sacá un álbum”). Pero definitivamente es lo que siempre te piden las editoriales, le guste a uno o no. Para eso necesito una disciplina y una concentración que a veces siento que no tengo. También, no creo que escriba malos diálogos, pero se me ocurren muy pocos. Si me animara más a escribirlos, capaz que me tiraría a escribir para cine y todo…

 

    


 

 

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