Sobre “Amados y perversos”, libro de Ricardo Prieto

El oculto (des)encanto de la pequeña burguesía o la Mesalina del Buceo


Por Sergio Schvarz

Ricardo Prieto fue un hombre de teatro, principalmente. Excelente dramaturgo prolífico, poeta, cuentista y novelista, e incluso se tomó su tiempo para incursionar en el ensayo. Podemos considerarlo dentro de los escritores “raros”, con un discurso original, alternativo y poco convencional. El 8 de febrero de este año hicieron 75 años de su nacimiento y el próximo 2 de noviembre harán 10 años de su solitaria muerte.

La novela Amados y perversos, de Ricardo Prieto, es un gran friso sobre la sociedad montevideana (y uruguaya) de los años cincuenta, sobre todo de esa sociedad más o menos oculta, la que sucede puertas adentro, y que gira en torno a la sexualidad y a las perversiones de la personalidad.

Desde una situación atípica como punto de partida se va desarrollando una trama entrelazada donde todos los personajes padecen algún grado de insania y de perversión. Pero de entre todos ellos, los dos personajes principales, el que cuenta y el objeto del deseo del que cuenta, anotados como el vecino de enfrente y la Rusa, al que todos la llaman de “marmota” (“blanquísima, mórbida, grande…”, inconmovible, fría, abúlica), tienen su historia de castigos y relaciones sexuales enfermizas. La Rusa tendrá una relación de incesto con su hermano y cuando sus padres descubren esto el castigo será cruel; a la vez el hermano tiene una personalidad sensible que pasa por homosexual y por ello es castigado por el padre, don Atilio, un ex bancario, batllista, machista y conservador; el vecino de enfrente, quien fuera castigado por su madre durante la infancia, “cuando mi beata madre me azotaba con un látigo por haber manoseado a las niñas del barrio” (pág. 206), genera una reacción contraria donde hace lo que se canta desde el preciso momento que se muere su propio padre, pero ya desde antes se refregaba contra todo, al modo animal.

Otros personajes que pululan por la novela arman todo el entramado y le dan sustento, principalmente Vizcarra Fabre, ilustre ocultista esotérico que le enseña a Khrisnamurti y el yoga; Amanda, que será amante del personaje principal y desnudará la actividad promiscua de prostituta de lujo para vivir con cierto estatus; Mario, el marido de la Rusa, que es abandonado por ella la misma noche de bodas y que es el intríngulis que busca desenredar la novela, bajo esa pregunta de ¿qué pasó en la noche de bodas?, un gallego bruto, dueño de  un almacén, y hasta Miriam, la profesora de filosofía, anarquista, que se “caga” en Batlle y su seudo revolucionarismo.

Además, como si fueran estampas del momento, por sus páginas circulan sendas descripciones, como homenajes, a Marta Gularte, o a Sabat Ercasty y hasta menciona a Kavafis (es un punto muy destacable la visión de la ciudad e incluso el barrio, en este caso el Buceo, como un territorio mítico, casi como en Onetti era Santa María, una ciudad que en la medida que transcurren los hechos cada vez se cierra más sobre sí misma hasta ser agobiante: “En aquel entonces Montevideo no estaba tan extendida como ahora pero era  una ciudad igualmente tediosa y triste, incolora y desierta. El Buceo parecía un gran baldío; la ciudad entera era como un lago reposado y poco profundo en donde nadie podía ahogarse. Aquella era una ciudad blancuzca y muerta”). Aún más, como mera enumeración de referencia de época, circulan las revistas Radiolandia, Antena, Mandrake y, fundamentalmente, el declive pronunciado de la sociedad montevideana (y uruguaya) cuando termina la guerra de Corea y culmina la última gran faena de las vacas gordas. De allí en más, la Suiza de América mostrará su cara más terrorífica, aunque aún soterrada y oculta a los ojos mientras Batlle Berres gana la presidencia, Chicotazo sorprende incautos y se transforma en una especie de Perón y el Colegiado se instaura para evitar la caída y el quiebre de la tacita del Plata.

Es una novela existencialista, por supuesto, porque el personaje busca, en todo momento, conocer cuál es su lugar en el mundo, y esta búsqueda lo hará llegar hasta el límite, ingresando en el infierno personal del que saldrá, a pesar de todo, por el recuerdo del amor, de ese amor frustrado y frustrante por la Rusa, idealizada hasta el paroxismo y luego perdida para siempre. Es una búsqueda que va desde la filosofía pasando por Madame Blavatsky y el ruso Gurdjieff y la poesía (sobre todo de Sabat Ercasty, muy de moda en esa época). Pero también, por su contenido más que por la forma, es una novela surrealista, en el sentido de que todo parece ir más allá de la realidad (aunque no es más que la pura realidad, sólo que corre por los subterráneos más o menos clandestinos de la pequeña burguesía, puertas adentro y justificada por el férreo control patriarcal). Y es surrealista porque se deforma, de modo extremo, a los animales, para darles características humanas y transferírselas a estos últimos en sus acepciones más negativas o burlonas (ese “marmota” para la Rusa, como de alguien que duerme la siesta, o lo de caballo por lo inútil del marido de la Rusa pero a la vez por bruto y por la característica de su miembro viril, o lo torpe y siniestro de un chancho, el machismo expresado en el “macho cabrío”, o la mirada aviesa de una arpía en que se transformará la Rusa al final de la novela, cuando ya esté todo perdido). Hay, en ese sentido, una animalidad enfermiza, porque los personajes ven (y hacen) el sexo de una forma puramente animal, como una necesidad para afirmarse en su propio cuerpo y valorarlo más allá de todo lo demás (si Freud hubiera leído este libro habría hecho, de nuevo, sus teorías sobre el determinismo sexual en la personalidad).

Si alguien quiere saber de dónde venimos y desde cuando nace esta larga caída moral que nos aqueja, si alguien quiere saber qué efectos produce el castigo temprano en el alma y en la conducta de las personas (mucho más cuando se escuchan voces de que antes no pasaban estas cosas de la inseguridad o de la violencia —y que evidentemente sucedían y mucho más de lo que pensamos— y que piden manos duras y látigos de siete colas), si alguien quiere leer un buen libro, de prosa fluida y de tema urticante, aquí está Amados y perversos.

Y que no pensemos en visitar o revisitar a Ricardo Prieto, y que lo hayamos dejado un poco olvidado, es un gran desperdicio. Demasiado para nuestra literatura.

(Amados y perversos, de Ricardo Prieto, editorial Alfaguara, 1999, Montevideo, 226 páginas)


 

2 Comments

  1. Muy buen comentario y presentación de la novela, despierta interés y provoca el meaculpa por ignorar la novela de Prieto; a su búsqueda ¡ya!

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