Sobre “Benditos agravios”, nouvelle de Ricardo Prieto

Por Romina Serrano


sta nouvelle del dramaturgo uruguayo Ricardo Prieto publicada en 2003 por la editorial La Gotera abre con un epígrafe de interés a la propuesta que le continuará: “La mejor cosa que uno puede hacer cuando se está en este mundo, es salir de él.” Cita extraída de la novela Viaje al fin de la noche del francés Louis Ferdinand Celine quien ha sido gran influencia en la narrativa de Onetti.

Cacho, el personaje principal de Benditos agravios, es un hombre que realiza un viaje al fin de la noche pero de sí mismo, camina torpemente a tropezones el puente entre el mundo esperado y el mundo que a él le espera; uno que elige y que para lograrlo deberá en ese trayecto aprehender de lo que “su noche”, como antagonista del día burgués, enseña.

“De noche, cuando la habitación queda a oscuras, Margot tiene miedo de morirse. Por eso le compré una veladora. Ahora, con la pequeña lámpara encendida, su pánico ha disminuido, aunque suele despertarme a las dos o tres de la mañana para que yo le hable. A mí me resulta difícil charlar a esa hora, pero hago un esfuerzo y pronuncio palabras inaudibles.” (Benditos Agravios. pg 1)

Este párrafo que inicia la obra funciona a la perfección con el paratexto elegido por el autor para filtrar su siguiente obra. El viaje de Cacho, al inverso del título de la obra de Celine, comienza en la noche literalmente, la noche que es tenebrosa para su esposa, pero no para él que le teme más al día y que por eso le compra luz para que guarde su sueño.

“Margot es rubia, fea, gorda y triste. Es difícil que una gorda sea fea y triste, pero Margot lo es, quizá porque vive con un tipo como yo, capaz de contaminar todo lo que ve poniéndole un sobrenombre. A la vida, por ejemplo, la llamo “rata”; a hacer el amor, “enredarse”; a los padres, “cucarachas”; a los hijos, “pruebas no halladas”.

Pero después de encontrar los sobrenombres comprendo que las cosas continúan siendo como eran y que lo esencial sigue oculto dentro de los nombres que nadie inventó todavía. La vida podría llamarse “maraña”, “rotosa”, “podredumbre”, “sorpresa” o “hartura”; los padres “llagas” o “caídas”; los hijos “rastros”, “comodines” o “piedras del camino”.

Nunca encontré una cosa a la que no pueda adjudicársele otro nombre, y hasta a la muerte, que es tan extraña y difícil de entender, le puse más de sesenta. Pero no pude optar por ninguno definitivo para ella.” (pg.2)

La literatura de lo radical se expresa en la mano de Prieto que describe un personaje hacedor de pequeñas revoluciones más o menos involuntarias, como por ejemplo la del lenguaje. Cacho inventa palabras para identificar objetos que la lengua que lo incluye ya ha nombrado.

Desde el código real de la lengua que comparte su grupo, Cacho generará una variante articulada donde residirá un sistema retórico necesario que le permita convencerse a sí mismo de la prodigiosa naturaleza de su estructura alterna, de la cual se valdrá para crear el corpus de su propio mundo disimétrico de enmascaramientos.

La rebeldía lingüística de Cacho no ha de subestimarse ya que las palabras utilizadas como material artístico – Cacho es un productor de ideas, un escritor antes de la lapicera-  condensan experiencias de una determinada identidad sumida en una determinada sociedad con la que dialoga aún desde el ser otro.

La fraseología de este personaje le da un carácter de techníte de las palabras justamente porque no recaerá sobre él ningún estatuto de artista, sino más bien el de un técnico que combina poeisis con praxis y obtiene su habilidad derivada de la experiencia. Sin embargo, como la experiencia del protagonista es negativa,  adquirirá un carácter terriblemente humano, contaminador, es decir, Cacho hará, pero todo lo que haga será marcado por un carácter radical que ensuciará el ambiente.

Por otro lado, Cacho, que desploma la convención patriarcal del hombre como figura sustentadora de la casa siendo su exacto contrario, un ser larvario y proxeneta que vive de su mujer Margot, una prostituta onettiana bajo la excusa de ser un hombre abúlico y que padece de un aburrimiento precoz que le impide centrarse en cualquier cosa, inclusive en la vida, y que por eso prefiere, y le parece más atrevida la muerte o su semejante más próximo, el sueño; ambos lugares de la noche.

La voz de Cacho, la voz del narrador en primera persona, es una que se bifurca del accionar del actante en tercera persona; Cacho se describe a sí mismo, pero desde el dominio de las palabras y del pensamiento es un ejecutor-reactor que analiza metódica y dinámicamente al mundo del que es parte. La palabra es la propia voz de su reivindicación, él no tiene nada para contar, pero si tiene nombres que pueden superponerse al orden.

Ahora bien, por la ausencia de la escritura, esto es, fijación del plano de acústico-temporal, la revolución del personaje es hacia adentro solo él puede reconocer el paradigma.

Contrariamente en el terreno de lo físico, Cacho es pasivo y desinteresado, no le atrae ni lo instintivo carnal, “enredarse” con Margot, ni lo sensorial estimulador, tener una televisión como quiere su concubina. El terreno donde se funda el accionar del personaje es entonces el terreno de lo mental, el viaje del protagonista necesariamente deberá explosionar lo físico para que haya un traslado de sus propias expectativas.

Cacho es un díscolo que se resuena siempre en su propia flaqueza, lo inútil también como feo (asocial), donde reside lo inalterable informe de su estructura. Cacho es la representación del infame, privado desde su nacimiento a cualquier tipo de gloria por su condición primitiva de reo-nato que fundamentará su no estar en el mundo en el presente del acto de la enunciación.

Su no estar se depura en su negación física, el único universo donde Cacho puede existir es en el del orden mental que es el orden de lo individual, inclusive el decir, la comunicación es forzada para el protagonista que “no sabe bien qué contar”.

Para que Cacho actúe y salga de su acotadísimo margen deberá ser impulsado por una fuerza arrebatadora de su propia cama; esta fuerza será en la novela la constante constatación de la imposibilidad de vivir junto a Margot y la sucesiva salida del hogar que tenían en conjunto.

Cuando el protagonista sale de su celda autoimpuesta, la casa de Margot lugar-manicomio que lo priva del desborde, luego del episodio en el cual Cacho mata a una rata y es reprobado por su concubina, sale a encontrarse con sus propias oscuridades en un viaje hacia el fondo de la noche y ese fondo está en sus entrañas donde la oscuridad se mezcla con el hambre. El afuera provoca en Cacho una hipertelia de su bilis negra la cual renueva la posibilidad de existencia como progresión negada de antemano en su juventud. Cacho no se mueve ni sincrónica ni diacrónicamente con respecto a su contexto, sino que se suspende transversalmente en el tiempo impidiendo el curso paralelo de éste para con él, logrando un paso arrítmico psico-social.

El lugar de la exclusión y de la soledad es el único donde se puede sobrevivir. Cacho sabe que el mundo “se bifurca” y que quedará a la deriva de uno de esos lados, pero sin llegar a caer por el precipicio de la razón cotidiana que enardece la sociedad conformada. Su supervivencia se basa en oscurecerse respecto a la desarmonía natural del hombre y dejarla como un punto de luz dentro de lo lóbrego de sí mismo.

Así, el viaje de la novela, el viaje hacia el final de la noche que transitará Cacho estará marcado por una salida del autouniverso impuesto y una llegada al paralelo del otro. Sin embargo, en la resolución, el viaje que este personaje realiza parte desde dentro, transita el afuera y termina más adentrado que en el principio plenamente consciente de su cambio.


 

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