Sobre Enrique Ricardo Garet, poeta montevideano

Locus amoenus, pero el café era de una miel obscura

Por Romina Serrano


En el año en el que el estado uruguayo y el partido nacional son las partes beligerantes en la sangrienta y última guerra civil uruguaya del siglo XX, nace Enrique Ricardo Garet, poeta montevideano que integrará la discutible clasificación de vanguardistas tardíos[1]. Sin embargo, para cuando el poeta alcanza sus años mozos el panorama local ha cambiado absolutamente. Con los años veinte, “los años locos”, la prosperidad económica y cultural regará las manos florecidas de los rebosantes montevideanos.

A sus diecinueve años ya asumía el rol de director, junto a Nicolás Fusco Sansone, de la revista mensual de arte y literatura El camino,  la cual publicó cinco números durante el período agosto-diciembre de 1923. Y que tuvo entre sus colaboradores a Emilio Frugoni, Juana de Ibarbourou, Pedro Leandro Ipuche, Luisa Luisi, Emilio Oribe e Idelfono Pereda Valdés, entre otros. También será asiduo colaborador del suplemento dominical del famoso diario “El Día” y de la revista “Nueva Generación”.

Un año más tarde, en 1924, se da a conocer como poeta con “Tarde de football” al cual Pereda Valdés destaca como hermoso y con influencias del peruano residente en Uruguay, Parra del Riego, quien cultivó un acento futurista en sus creaciones. No resulta difícil notar la invasión de las estéticas vanguardistas (recordemos que Marinetti visita Uruguay en 1926) en las creaciones de algunos de los poetas del 20. Poemarios que destacaron en esa década como “El hombre que se comió un autobús”, de Alfredo Mario Ferreiro, “Palacio Salvo”, de Juvenal Ortiz Saralegui, e “Himnos del cielo y de los ferrocarriles”, del recién mencionado Juan Parra del Riego, demuestran un entusiasmo por la máquina y la velocidad de los futuristas y la carga metafórica del ultraísmo a su vez intervenidos por un acento local fundado en sus historias mínimas.

A diferencia de éstos, será Garet poeta de un solo libro, Paracaídas, publicado en 1927 por la editorial La Facultad destacando[2] en un contexto de intensas ediciones que denotaban la coexistencia y yuxtaposición de estéticas urbanas/nativistas, experimentales/tradicionales, prolongadas/precisas, icónicas/musicales, supralunares/infralunares, externas/internas e iluministas/crípticas.[3]

Ochentaiún años más tarde, la editorial Yaugurú reimprime el título dentro de la colección “Rescate”. Dicha edición contará con un epílogo de Luis Bravo quien realizará un muy breve pero preciso análisis de la obra. Asimismo, también ampliará los datos acerca del escritor que quizás por haberse hecho a un lado de la poesía tras Paracaídas, quedó en un asiento entre las sombras y alejado del café. “No dejó ni un poema, ni habló sobre su único libro publicado.” (Luis Bravo en: E. Garet, Paracaídas, p. 59)

En siete párrafos Bravo trazará una línea entre el poeta, su tiempo y su poesía para describir la caída de las palabras del poeta que resienten el desapego a través de la lírica de un hombre que se sabe no más que otra suela en el camino que reproduce la misma tonada en “un cine desierto y fatal” (p.15)

Paracaídas se compone de diecinueve poemas en los que, como Virgilio, Garet nos guiará por un Montevideo nocturno donde el café[4] es el locus privilegiado para el poeta, quizás porque estos lugares era el ámbito de las tertulias culturales de la época. Como bien describe el famoso tango de Discépolo: “En tu mezcla milagrosa de sabihondos y suicidas, yo aprendí filosofía, dados, timba y la poesía cruel de no pensar más en mí”[5].

A lo largo del poemario destacará la poderosa voz de un yo poético enjambrado[6] de ideas que amenazan con estrellarlo como aerolitos, pero que son revestidos justo a tiempo por una tela de palabras que le servirá de paracaídas hasta llegar al poema. Así, Garet logra un universo de oxímoros y contradicciones donde la luz sucede en el medio de la noche, la certeza está en la boca del inesperado (un borracho), la soledad acompaña en el desengaño y el humo se incorpora como una flor que habitará su cuarto de dulce aroma; cada idea ha naufragado sobre un mar de miel de avispas, negra, hasta avistar poesía y besar su tierra, el paisaje de un Montevideo anfibio entre la playa (“Playa Ramírez”) y la calle (“La perrera”, “El vendedor de números de lotería”).

El poema que abre Paracaídas, es “Imágenes”, adentrándonos directamente a la materia prima del poeta. A su vez, la primera palabra que lo inicia es “yo” remarcando la autoridad sobre el título. Sin embargo, este ego no sabe “un himno gigante y extraño”[7], sino que lo busca como la alucinación de una aurora en el medio de la noche a través de un camino que junto a él se aleja, haciendo el encuentro imposible. Este caminante no hace camino al andar como el que nos sugiere Antonio Machado, tampoco es un flaneur baudeleriano ni el vidente de Rimbaud, es un vagabundo montevideando como tantos otros, un sujeto nocturno y errático, que oye el canto imposible de un pájaro al amanecer y en ese momento logra elevarse a sabiendas de que un ascenso solo hará más fuerte la caída. Todas las cosas amables se volverán cenizas, pero hay otra fuerza en el poeta, como señalaba Quevedo:

i perder el respeto a lei severa.

Alma, a quien todo un dios prissión ha sido,

venas, que humor a tanto fuego han dado,

medulas, que han gloriosamente ardido;

su cuerpo dejarán, no su cuidado;

serán ceniza, mas tendrá sentido;

polvo serán, mas polvo enamorado.”

Francisco de Quevedo, “Amor constante más allá de la muerte”.

“Cerrar podrá mis ojos la postrera

sombra, que me llevare el blanco día;

i podrá desatar esta alma mía

hora, a su afán ansioso lisongera:

mas no de essotra parte en la rivera

dejará la memoria, en donde ardía;

nadar sabe mi llama la agua fría,

Luis Bravo destaca el toque personal de la obra de Garet que se muestra más “apagada y elegíaca” en las palabras del crítico. Sin embargo, cuando se explica, recae en lo visible y no ahonda en la búsqueda de las voces que influencian al poeta, obteniendo un párrafo poco preciso. En el poema “Árbol”, Garet nombra a Verlaine y de ello se aferra Bravo para preguntarse si posee éste influencia simbolista superpuesta a una voz que también acude desde el tango, desde el futurismo y desde la propia experiencia del escritor. No obstante, el conjunto de poesía se enriquece en la sombra misma de donde acuden los pensamientos piratas del artista; así, si bien Garet nombra a Verlaine como a Herrera, sus influencias están también codificadas entre versos[8].

Quizás lo que enamora al yo poético que deslengua a Garet es la nocturnidad misma de la vida donde la boheme seduce al varón en el café con su beso de palabras, su olor a alcohol y su caricia de soledades. Dice Bravo que “el libro entero parece haber sido escrito desde ese  ‘espacio’ en el que reina la catártica conversación, junto a la más penitente observación del prójimo” (p.60) Garet no está solo, a las doce, solo quedan los cuerdos[9], los que saben que la vida es una miel amarga. Subraya Bravo acertadamente, la forma en la que el poeta vislumbra el fenómeno social del “café”, con su “fauna” local[10] a través de las imágenes que imprime en la obra.

El siguiente poema, “Oda de noviembre para nuestro encuentro” es indicador de otro formato que el autor apropia para su obra poética y que puede verse en numerosas ocasiones dentro de Paracaídas, la forma epistolar adaptada al poema. Una carta sugiere una comunión; ahora el “yo” que se exhibía abruptamente en el primer poema se convierte en un “nosotros”. Dedicado a Humberto Zarilli, poeta seis años mayor, con quien recuerda el paraíso perdido de la etapa de muchachos que ha sido intervenida por la adultez, “equivocada”, según el autor que se declara como “hombre curioso y desocupado”[11]. Sin embargo, la implicación de un otro no aliviana o da un respiro al “yo poético” sino que lo refuerza; ese “tú” será provechoso y alimentará la propia identidad del artista ya sea desde el recuerdo o desde el diálogo presente. La reunión siempre hace más “yo” al individuo porque este se alimenta de la sociabilidad para generar su experiencia y para relatarla como en el caso de los poemas epistolares.

Otra sección destacable del poemario y rescatada por Bravo es la titulada “Cuadros típicos”, probablemente un paralelo montevideano y modernizado de los “Cuadros parisinos”. En ellos, el poeta ha vuelto un pintor que dibuja cuadros realistas donde el puntum es siempre un instrumento musical. Como la serie “Cinco sentidos” de Brueghel y Rubens, el poeta traducirá la especificidad de un momento vivo para perpetuarlo no en el lienzo sino en el libro, pero Garet no transfigura, transporta la visión emulándola con palabras y la funde en su ensimismamiento donde siempre destaca el “yo” acechado por la noche donde navegan los pensamientos. Bien distingue Bravo al respecto de estos “cuadros”:

“si bien desde lo formal alterna un uso tradicional de la rima con imágenes de neta inventiva surreal, estos cuatro textos resuenan internamente de manera tal que dejan en claro que no se trata aquí de una poesía cuyo objetivo es un “sportivo” divertimento, sino que hay algo en este paracaídas que viene cayendo desde más lejos, algo que suena como ese piano […]” (p.65)

Esto se destaca y denota a lo largo del poemario a caballo entre la tradición, la vanguardia y la necesidad del tono local que fagocita la calle gris en tanto es hollada por sus zapatos que la transitarán religiosamente.

Resulta interesante el análisis que concluye el epílogo de Bravo al respecto del título que representa todo el texto: “A diferencia del ruido del avión, el paracaídas cae en silencio; y el paracaidista ya es uno más entre los que andan por la tierra” (p.65), pero Garet, y en su poesía lo sentencia, es un ser que recorrerá durante toda su vida esa misma calle nocturna que otros temen, sin cuidado de perderse en su malacaricia.

“Hay que ser absolutamente moderno”- Rimbaud


 

[1]  Es cuestionable la posibilidad de concebir un movimiento de vanguardia uruguaya, aún tardía.  En su lugar resulta más preciso hablar de obras literarias con elementos de influencia vanguardista y no propiamente de escritores que conformen grupos con determinadas inquietudes estético-políticas que den génesis a una forma de comunicarse con el mundo.

[2] Es una de las obras citadas para resumir una década de publicaciones junto a las ya nombradas de Mario A. Ferreiro y Juvenal Saralegui.

[3] Adjunto fundamentación de las dicotomías en un texto aparte al análisis.

[4] Enrique R. Garet era participe de las tertulias de los míticos cafés Tupí Namba, Británico y Bóston.

[5]Cafetín de Buenos Aires”, 1948.

[6] “Camohatí de la psiquis” en poema “Apunte en una mesa del café” p. 49.

[7] Resulta evidente la conexión con la Rima I de las Rimas de Becquer.

[8] Véase párrafo número 9.

[9] (“Café” p. 23)

[10] Bravo, p.61.

[11] Emir Rodriguez Monegal, “El olvidado ultraísmo uruguayo”   pag. 2/2

(Fotografía: www.leonardogaret.com.uy)

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