“Te acordarás de mí”, de Marcia Collazo


Por Sergio Schvarz

En el año 2017, la escritora e historiadora minuana Marcia Collazo, publicó un libro que podríamos clasificar a medio camino entre la literatura y la historia: Te acordarás de mí, donde hace la semblanza, apoyada en un serio trabajo de investigación y de amplia bibliografía, de Cándida Díaz y Aparicio Saravia; las hermanas Blanco Sienra y Juan Zorrilla de San Martín; Carlos Federico Sáez, Francisco Piria, Celia Rodríguez Larreta, Rina Massardi, Juan José Morosoli y Luisa Lupi; Carlos Gardel; Raúl Javiel Cabrera (Cabrerita) y Becho Eizmendi. Son diez personajes históricos que, de algún modo, son fundacionales de nuestra noción de nacionalidad.

La particularidad de la obra de Collazo es que, en primer lugar, apela a la intuición y a mecanismos o herramientas literarias para llenar las lagunas de la historia y, en segundo lugar, que da voz a las mujeres, las que siempre han quedado relegadas, salvo excepciones, en la Historia: “Al parecer telón de fondo, sólo hacen bulto, pero sin ellas los soldados no hubieran comido ni dormido ni peleado”, afirma la escritora mexicana Elena Poniatowska en su ensayo Las soldaderas, y algo de eso hay).

En Cándida Díaz y Aparicio Saravia no sólo hace un repaso biográfico, con abundantes anécdotas, del líder guerrillero; no sólo establece los ideales y el tesón encomiable de su lucha, sino que nos muestra la participación entusiasta de su mujer y la preservación de su memoria.

En Las hermanas Blanco Sienra y Juan Zorrilla de San Martín, establece cómo el poeta de la patria, fundador de nuestra nacionalidad literaria desde el poema Tabaré (y sus consideraciones sobre la raza indígena como una raza intermedia entre las bestias y los hombres) y de La leyenda patria, fue perseguido por la desgracia pero a pesar de ello pudo construir una obra sólida, más allá que hoy en día casi nadie lo lee.

Sobre Carlos Federico Sáez, el pintor, muerto tempranamente, nos hará su retrato, donde algunas da algunas pistas de un supuesto amor (la joven italiana). Su genio exquisito rebasó todos los moldes, concentrando en sus pocos años de vida una calidad artística sin par.

¿Qué decir de Francisco Piria que no se haya dicho ya? Y sin embargo Collazo nos refiere varios aspectos poco sabido, como de las tres mujeres que lo acompañaron en diferentes etapas (“más que de amores, parece atinado hablar de fidelidades femeniles, de permanencias afectivas”) y cómo cada una de ellas perteneció a una etapa diferente en el desarrollo de su fortuna y su personalidad. Es visto como “un artista del dinero” que “era demasiado raro, demasiado distante, implacable y altivo, y lo habrían tildado de loco de remate si no fuera, precisamente, por su condición de millonario, que no deja de concitar respeto”.

En Celia Rodríguez de Larreta el doble crimen y la justificación hoy diríamos patriarcal (y machista) se unen en un solo lazo contra una mujer cuyo único sueño era ser libre y vivir la vida como ella hubiera querido, castigada por la sociedad del novecientos a una culpa anterior a todo deseo. Que la prensa de entonces, cegada de amarillismo y sensacionalismo (y cómo no ver el regodeo que se hace hoy en día del crimen, de las víctimas y de los victimarios) la condenara por su adulterio, sin considerar la violencia de que fue víctima, no es más que parte de la hipocresía de la doble moral de nuestra sociedad.

Rina Massardi, menos conocida, pionera del cine y de la lírica nacional, será todo un descubrimiento para muchos que lean la obra. Que haya quedado en el olvido, que no se la haya analizado en virtudes artísticas, no es más que una triste negligencia, un despropósito. Porque Rina Massardi fue una mujer “invencible, talentosa, llena de juramentos y de supersticiones, ladina y esquiva según las circunstancias, y más orgullosa y porfiada que una mula de montaña”, pero creadora al fin y merecedora de homenajes.

El escritor Juan José Morosoli y la maestra Luisa Lupi, quien le corregía sus textos, es tratado por Marcia Collazo desde la cercanía con su patria chica y refiere abundantes detalles de las características de su obra y de las fuentes de la misma, de esos hombres y mujeres que paraban en la barraca donde trabajó toda su vida y fueron el soporte, el cúmulo anecdotario que registraría en sus cuentos. Además, Collazo muestra un pantallazo de la comunión entre los dos y del respeto que se tuvo para ambos, a pesar que ella salió a trabajar (como maestra) en una época que el lugar natural, y casi exclusivo, de las mujeres era la casa.

Sobre Carlos Gardel, se aventura una de las hipótesis de su origen: “El fruto de sus desafueros (del coronel Carlos Escayola) con María Lelia (se dice que era su hija), que tenía trece años cuando se embarazó, habría sido el mismísimo Carlos Gardel, nacido el 11 de diciembre de 1884 en la estancia “Santa Blanca”, así llamada en honor a la segunda esposa del coronel, que al enterarse del asunto se suicidó…” (pág. 265), y “para deshacerse a tiempo del fruto de sus amores prohibidos, no tuvo mejor idea que entregar el niño a una amiga suya, la planchadora francesa Berta Gardes, recompensa mediante”. Pero también nos dirá que “me parece que no debe existir historia semejante, con tal enredo de apellidos, nacionalidades, fechas de nacimiento y hasta madres distintas”. Además “es difícil imaginar una niñez más triste que la de Gardel, por lo menos si se tiene en cuenta su condición de hijo notoriamente repudiado, concebido en una relación turbia que roza los extremos del incesto”. Y que, en definitiva, “Gardel fue y sigue siendo nada más que lo que quiso ser, o sea un hombre dividido en dos o tres figuras, en pasaportes y en documentos de identidad distintos, divergentes, absolutamente desesperantes para quienes todavía porfían en discutir y volver a discutir su procedencia”. Y donde se dirá “que no era un hombre de amores”, a pesar de haber tenido “más de treces romances conocidos”.

Raul Javiel Cabrera, Cabrerita para los que saben algo de él, fue un pintor obsesionado con las niñas, abandonado durante su infancia, que vivió más de treinta años en la Colonia Etchepare y ganador de varios premios que causaron perplejidad y admiración: en 1944 resultó premiado en el V Salón Municipal, y en 1946 obtiene dos primeros premios, el del IX Salón Nacional y el del Salón Municipal. La extraña cualidad de no vender sus dibujos sino de intercambiarlos por un café con leche en el Centro, lo hacen una personalidad extravagante, con un dejo de locura, natural o provocada por los tratamientos de que fue objeto durante muchos años de su vida. La pintura de Raúl Javiel Cabrera “ha sido considerada enigmática, mística y anímica”.

Por último Carlos Julio Eizmendi Lovisetto, Becho vivió entre 1932 y 1985, y tocó el violín como los dioses. Fue inmortalizado en una canción de Alfredo Zitarrosa, quien fue su amigo. De vida bohemia, la muerte de su hermano parece haber truncado una carrera exitosa. El relacionamiento con Ana Corti, quien tocaba el oboe, quedó simbolizado en un letrerito de hierro, en la casa de playa en la Barra del Chuy, que dice “Anybe”, apócope de Ana y Becho. Una anécdota final, que lo pinta de una pieza: “Becho estaba ensayando con Alfredo, y vio que el arco del violín proyectaba una sombra en el suelo, y que San Pedro —el gato— intentaba atraparla. Eso dio como resultado una grabación fantástica, donde Becho toca el violín pero a la vez juega con el gato”.

(Te acordarás de mí, de Marcia Collazo, Editorial Banda Oriental, 2017, Montevideo, 363 páginas)

 


 

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