Tres de Treinta y Tres. Sobre tres nouvelles de Gustavo Espinosa

Por Sergio Schvarz


En estos últimos años han aparecido varias novelas de un escritor olimareño, no demasiado conocido —salvo en el ambiente literario—, a pesar de haber sido reiteradamente premiado. Se trata de Gustavo Espinosa, escritor, docente (es profesor de literatura) y músico (ha integrado bandas de rock y blues, la última es Gustavo Espinosa y los pisapapeles). Ha publicado el libro de poesía Cólico Miserere (Trilce, 2009), así como artículos de crítica cultural en varios medios nacionales (La República de Platón, Posdata y el suplemento Culturas, del diario El Observador, y en el semanario Brecha. Es colaborador, además, de la publicación semanal Tiempo de crítica de la revista Caras y Caretas). Después de haber editado en el año 2001 China es un frasco de fetos, ha publicado Carlota podrida (Premio Nacional de Literatura, 2011), Las arañas de Marte (Premio Bartolomé Hidalgo, 2012, y segundo Premio Nacional de Literatura, 2013), y Todo termina aquí (Premio Bartolomé Hidalgo, 2016). Estas últimas tres novelas breves, publicadas por Casa Editorial HUM, tienen en común el territorio, la ciudad de Treinta y Tres, así como el ambiente casi pueblerino de sus personajes, que están siempre al margen, orillando la periferia de la cultura, a menudo transgresores o incivilizados. La época histórica en que se anclan estas tres nouvelles de las que vamos a hablar, es la de la dictadura, como marco referencial, es decir los años setentas, pero con amplias notas sobre la década anterior. La música es una constante obligada, ya sea desde sus personajes —que son músicos—, o desde la “banda sonora” que atraviesa los textos. El lenguaje es doble, ya que mientras la narración se da de una forma bastante llana, sin demasiadas metáforas (aunque la misma no es lineal, por lo general, sino que da varios saltos temporales y se adelanta y se atrasa en el tiempo), en el otro texto, con el que dialoga como contrapunto, con el uso de las bastardillas para reflejar ese otro discurso o de los versos gauchescos en Las arañas de Marte, adopta un estilo más barroco, con abundancia de metáforas trabajadas, o rebuscadas, y con conceptos muy afinados. Podríamos decir, con cierta licencia poética, que el estilo que utiliza es de una precisa “afinación escritural”. También deja hablar a sus personajes con sus modismos y sus localismos, por lo que se da una extraña mezcla entre un texto construido de modo literario y otro texto más vulgar.

En Las arañas de Marte Gustavo Espinosa nos narra sobre un episodio sucedido en Treinta y Tres durante la dictadura. Desde la anécdota conocida de la detención y tortura, incluida la violación, de un grupo de cuarenta militantes, la mayoría menores de edad, pertenecientes a la Unión de Juventudes Comunistas de la ciudad de Treinta y Tres, Gustavo Espinosa nos cuenta sobre ese episodio desde un lugar periférico al mismo, con la clara intención de desmontar la supuesta inmoralidad con que la dictadura, y sus personeros periodísticos, quisieron justificar dicha acción sobre esa “célula subversiva” (según Liliana Pertuy, una de las militantes que estuvo detenida, en declaraciones a La Diaria, cuenta que “el 12 y el 13 de abril se llevó a cabo la detención masiva, y después de pasar por el cuartel, los menores de 15 años fueron liberados tras un mes de detención. A los que teníamos entre 15 y 17 años nos llevaron para Montevideo, en una madrugada, sin que nuestros padres supieran, y nos depositaron en el entonces Consejo del Niño. Los mayores de 18 fueron presos, terminaron en las cárceles y estuvieron entre cuatro y seis años recluidos”. Y señala la presencia en el cuartel de Treinta y Tres del general Gregorio Alvarez, entonces comandante en jefe de la División de Ejército IV, con asiento en Minas, supervisando el operativo y que junto al general Julio César Vadora fueron quienes “pergeñaron el operativo y fueron los artífices de un comunicado para ocultar lo horrendo de haber llevado presos y torturado a niños y adolescentes”). Por supuesto que esta historia está contada en clave literaria.

Un hallazgo interesante se da en el contrapunto de la poesía gauchesca, de gran factura formal (aunque la rima no sea perfecta). Porque “la veta artística, cuando es auténtica y profunda, se impone sobre las obligaciones del diario vivir. Siempre se impone aunque no quiéramos” (pág. 62). Todo, el deseo o el dolor, pasa por la literatura.

Con una estructura de collage literario, el relato es el que un viejo amigo le hace a otro, de algunos hechos ocurridos cuarenta años atrás. Está el escritor, inválido y por fuera del mundo; el guitarrista y cantor Román Ríos que no tiene más remedio que ganarse la vida en lugares sórdidos, viejo cantante y tímido poeta militante; Quique Segovia, el músico y personaje principal, con diecinueve años y que quiere continuar esa tradición musical como forma de que su vida tenga un sentido, y sobre todo Viali Amor, una femme fatale dispuesta a todo, paradigma de lo erótico femenino. Hay resonancias en torno a campamentos donde el alcohol y el sexo predominan; hay simetría entre el músico malogrado y el que quiere seguir su camino; hay objetos póstumos y banales convertidos en “testimonio único de un contexto muerto” (pág. 69), como si se los quisiera resucitar. Hay, además, claras referencias a la ciencia ficción, sobre todo inglesa (Olaf Stapledon o Ballard) así como a la literatura fantástica argentina; hay la música de rock, sobre todo argentino, de la década de los setenta, para ser transgresor de alguna manera, de modo de evadir la represión instaurada. Y desde su posición, cuando todo cae por su propio peso, o por el peso de la historia, no le quedará más remedio que irse, escaparse, exiliarse. Y al volver y comprobar la verdad de su miedo, del miedo a ser detenido y torturado, o quizá muerto, podrá saber que sólo unos pocos se salvaron del terror. Y allí comenzará su segundo, y definitivo, exilio.

En Todo termina aquí, el método utilizado por Espinosa es de “excavación escritural”, es decir como si fuera el oficio de peón de arqueología que rastrilla ciertas superficies para encontrar el nido (y el nudo) del asunto. El sujeto determina el objeto mismo de la escritura y el modo de hacer, de escribir, la misma. Es la anécdota sobre los músicos Fernando y Mondongo, el último apasionado de la figura femenina, y Ana Armendáriz (Ana Culo de Buje), que forman un triángulo isósceles cuasi amoroso. Los personajes son algo insólitos: los bluseros Heber Mondongo Espel (Mondongo o Hebercito), quien toca la guitarra, y el profesor de Física Fernando Larrosa (Electrón), en la armónica, más la bella Ana Cecilia Armendáriz Cruz (más conocida como Ana Culo de Buje o Anita Culo).

Hay un tono distendido que rezuma jocosidad y prontitud, y no tiene segundas intenciones. La ficción y la realidad se dan la mano; una y otra parecen ser lo mismo. Y es que, en puridad, en literatura, todo es real y verdadero, hasta la mentira. Se cuenta, entonces, en retrospectiva, una visita que realizará el personaje que asume una identidad similar a la del autor, a Fernando y Ana Culo, y desde allí remontará hacia lo anterior de la historia, y luego, en bastardilla, contará las memorias de Fernando Electrón de un viaje que hacen a Puerto Montt y el concierto mítico en la tierra que inmortalizaron Los Iracundos. El humor utilizado, desopilante, irreverente, es a menudo corrosivo, y el tiempo en que sucede todo es el de la dictadura y los milicos, pero se retrotrae a los años 1966, 1967 y 1968. Estará la enfermedad de Anita Culo y los guiños indispensables al “horreur” estilo Conrad, la escritura un tanto alucinada como por efecto de la morfina y la narración en bastardilla que nos habla del viaje de avión, del concierto en Puerto Montt y su ciudad, y del otro viaje, el último, que realizará Fernando Electrón tras la muerte de su Ana querida. Además, se intercalan los textos en una revista llamada Tres puentes, que cuenta la misma historia desde otro punto de vista, como un metatexto. También aparecen, una serie de personajes secundarios liderados por la María Lid da Cruz (la Lid Clamaremos), quien “había tomado querosén, que tenía amistades sórdidas, que un año abortaba y al siguiente paría. Cuando regresé, la Lid era una especie de matriarca escuálida y soez de una banda de adictos al antitusígeno mezclado con alcohol y cucumelos, donde figura también el Negro Dubra. Leían a Bukowski y robaban paquetes de arroz y botellas de vino en los almacenes”. Son personajes de la periferia de todo, calificados como “beatnik de pueblo rata”. En el final sólo quedará el músico perdiéndose en la última nota desesperada del frío más austral.

Carlota podrida, por último, narrará el secuestro de la actriz Charlotte Rampling, quien en su carrera artística ha rodado películas tanto en Estados Unidos como en Europa y ha alternado el cine de autor con producciones de Hollywood y taquilleras como Orca (con Richard Harris), Adiós, muñeca (con Robert Mitchum), The Verdict de Sidney Lumet (con Paul Newman), El corazón del ángel de Alan Parker, Instinto básico 2 (con Sharon Stone), Deception (con Hugh Jackman) y La duquesa (con Keira Knightley), entre otras. Este secuestro es realizado por un grupo de personajes adictos al alcohol y a la marihuana por no tener otra cosa mejor que hacer: el Brújula, perdido sin remedio, lugarteniente (o algo así) del Juancho; la Loca Marisa, que será su consorte; el Pijero, don Juan Rogelio Díaz, artesano que hace vergas de madera tullida; el Juancho Pimienta, dealer treintaitresino, ex preso, y su mujer la Negra Silvia; el Gordo Dellepiane, quien será cocinero de aromáticos guisos… Nuestro personaje, Sergio, quien cuenta su odisea, de costumbres dudosas donde se aplica al alcohol y recae en el consumo de la marihuana, es otra vez un músico, toca el contrabajo y el bajo en un grupo de cumbia llamado Diamante y en la Típica Olimareña. Es el ideólogo del plan de secuestro y en la narración en bastardilla escribirá cartas para la actriz como una manera de justificarse por esa acción, absurda e inútil a todas luces. La realidad no se comporta igual que la fotografía de lo real, es el hiperrealismo aumentado y coloreado. Una constante que se da en la novela es el inventario de cosas, animales, episodios y hasta estados de ánimo; en ese sentido podríamos decir que esta es una novela-inventario, donde hace una recopilación de todos los elementos desencadenantes de la trama, a pesar de lo absurdo de la situación creada. La descripción, a modo de inventario, cumple dos objetivos: establece la realidad del lugar y de sus moradores, y refleja la actividad diaria de los sujetos. La propia ciudad de Treinta y Tres es descrita por ciertas construcciones y por algunas calles emblemáticas, desde la referencia al fundador Dionisio Coronel (una especie de Brausen onettiano pero más antiguo y más elemental), aunque en realidad gestionó, siendo senador, la fundación de la ciudad. A medida que nos adentramos en el secuestro, vemos lo que éste provoca en nuestro personaje, sintiéndose ya acorralado por el miedo y por la creencia firme en lo inútil de todo esfuerzo y en su amplia y terminante derrota.

En resumen podemos decir que el hilo conductor es, no sólo la ciudad como territorio en el que suceden las cosas, no sólo la actividad musical de sus personajes, sino ese sentimiento de inutilidad de todo esfuerzo, como si nada valiera la pena, derrotados de antemano todos los proyectos posibles. La estructura es casi idéntica en las tres novelas, donde se cuenta por proximidad, pero no siempre desde el centro.


(Las arañas de Marte, Gustavo Espinosa, Casa Editorial HUM, 2ª edición, 2017, Montevideo, 167 páginas)

(Todo termina aquí, Gustavo Espinosa, Casa Editorial HUM, 4ª edición, 2017, Montevideo, 179 páginas)

(Carlota podrida, Gustavo Espinosa, Casa Editorial HUM, 5ª edición, 2016, Montevideo, 141 páginas)

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