Un ejemplo de narcoliteratura: “El amante de Janis Joplin”


Por Sergio Schvarz

Una expresión inteligente de la escritora Mercedes Resende hecha en redes sociales, me hizo reflexionar sobre lo que se ha dado en llamar la “narcoliteratura”. La escritora uruguaya hablaba de que, a raíz del giro que ha tomado la delincuencia en Uruguay, es extraño que no se haya hecho literatura narco en nuestro país (aunque pienso que no demorará). Por casualidad, tengo entre manos un libro de un escritor mexicano que, a decir verdad, me cuesta decir que se trate de (buena) literatura. Para quienes piensan escribir sobre esa temática, sirva esta reseña (y mis pensamientos al respecto) para saber qué es lo que deben evitar para no caer en una narrativa más bestselleriana, superficial y anodina.

Antecedentes

El movimiento literario llamado La Onda, cuyos principales narradores y ensayistas fueron René Avilés Fabila (Ciudad de México, D.F, 1940), José Agustín (Acapulco, Guerrero, 1944), Gustavo Sainz (Ciudad de México, D.F, 1940) y Parménides García Saldaña (Orizaba, Veracruz, 1944 – D.F., 1982), fue un movimiento influido por la generación beat que abarcó desde la segunda mitad de los años sesenta hasta los años noventa, pero que incluso ha llegado hasta los primeros años de este siglo. El término “literatura de la Onda” fue acuñado por Margo Glantz (escritora, ensayista, crítica literaria y miembro de número de la Academia de Literatura Mexicana), con un sentido abiertamente despectivo hacia estos jóvenes escritores, quienes con un lenguaje “soez” practicaban una literatura de bajo nivel, de temática urbana y cuyos argumentos cuentan las vicisitudes de jóvenes que se expresaban según un lenguaje más abierto y franco, no tan estilizado, con toques de música pop y rock and roll, y su manejo desenfadado de la vida y el uso de drogas.

Élmer Mendoza (Culiacán, Sinaloa, 6 de diciembre de 1949) es un escritor mexicano, dramaturgo y cuentista, conocido por sus novelas negras y representante de la llamada narcoliteratura, que tiene muchos puntos en común con la literatura de la onda. Según anota el editor, traductor, ensayista, crítico literario y novelista mexicano Félix Geney Beltrán: “existen novelas sobre el narcotráfico, no narconovelas. La mayoría son obras de técnica convencional: reelaboraciones de la novela de aventuras, policiaca o de folletín. No hay nada nuevo en ellas, se traten de las obras de Pérez Reverte, Elmer Mendoza o Bernardo Fernández”. Y afirma que “habrá narconovela cuando el asunto del narcotráfico dé pie a una nueva forma novelística, una evolución del estilo o la estructura que habría de tener su origen en la especificidad de la experiencia del narco al nivel de la identidad”.

La novela “2666”, de Roberto Bolaño, transgresora por donde se la mire —y que trata de alguna forma sobre el narcotráfico, o más bien sobre el resultado (social) que genera el narcotráfico, con su cuota de violencia desmedida, es decir englobando el fenómeno del narcotráfico en una realidad más amplia y compleja—, sí podría ingresar en esa categoría, pero es una de las raras excepciones en el mercado editorial.

El otro yo

En este caso, salvo el pequeño vuelo literario que significa el personaje de David Valenzuela, donde hace hablar a “su parte reencarnable”, una especie de voz dentro de su propia cabeza, se consuma lo que señala Geney Beltrán, haciendo de “El amante de Janis Joplin” una novela que mezcla lo policial con la aventura, en el marco, eso sí, de una época muy conflictiva para la sociedad mexicana: el 68, las luchas estudiantiles y la matanza de Tlatelolco, el surgimiento de algunos focos guerrilleros, culminando poco después del “Halconazo” de 1971, en la previa de la desarticulación de la guerrilla de Genaro Vázquez, la infiltración a la guerrilla de Lucio Cabañas y su posterior aniquilamiento.

Elementos de la escritura

En primer lugar el lenguaje utilizado es poco literario, no tiene demasiado vuelo, es un lenguaje llano, donde se privilegia la acción. Esta acción es, por regla general, constante y rápida, sin pausa para la reflexión. Todo pasa demasiado rápido, los hechos se suceden uno tras otro, en una seguidilla que no da respiro. Las metáforas suelen ser “fallidas” y abunda en expresiones coloquiales (de mal gusto), como por ejemplo: “nos van a hacer cera y pabilo”, “de la moda, lo que te acomoda”… El diálogo es un todo de corrido, separado por una coma y luego comienza con mayúsculas (como acostumbraba Saramago en muchas de sus novelas), con lo que se busca no interrumpir la acción del hablar. No hay un único narrador, porque va contando según los puntos de vista de los distintos personajes y además se cuenta sobre las costumbres del lugar, pero sin profundidad, apenas tocando la superficie. En suma, parece “rebajar” el lenguaje para que sea comprendido por todos, con un lenguaje que es una forma de subcultura del mexicano promedio, y además evidencia un mínimo esfuerzo de desarrollar conceptos, incurriendo en algunas inconsistencias históricas. También, hace coincidir el argumento, es decir, le va agregando elementos para que todo cierre, pero parece un poco forzado el procedimiento, no es natural.

El fenómeno del narcotráfico se muestra ayudado por la corrupción (policíaca y política, y económica) y se inclina por una tesis hacia la narco-subversión, cuando en realidad los grupos guerrilleros que, como Sendero Luminoso o sectores disidentes de las FARC colombianas, han devenido en grupos narcos y no se plantean objetivos revolucionarios, sino todo lo contrario. Además, esa escritura lisa y llana, es excesivamente pesimista, puesto que no hay ninguna solución posible a esa violencia. Quizá por ello, para sobrevivir en medio de ese mundo, sólo queda el olvido y un tránsito opaco por la vida.

Por último, la alusión al cantante José José, a la actriz Greta Garbo (y, por supuesto, Janis Joplin) nos ubicarán en el tiempo de la novela, de la segunda mitad de los sesenta en adelante, cuando otro mundo aún era posible.

(El amante de Janis Joplin, de Élmer Mendoza, Maxi Tusquets editora, 2013, México, 248 páginas).


 

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