Variedad en la diversidad. Escritores uruguayos de los 80 y 90

 


Por Alejandro Michelena

El primer lustro de los ochenta siguió la constante marcada en los años anteriores, en cuanto a la intensa publicación y presencia de la poesía en el medio cultural uruguayo. Fue el tiempo del claro desarrollo hacia la madurez expresiva de poetas de los setenta, como Elder Silva, Víctor Cunha y Rafael Courtoisie (éste último, comenzando en los noventa un desarrollo brillante como narrador). Pero también atestiguó el surgimiento de dos autores muy distintos pero comparables por una estrategia de pausada y a la vez regular publicación de sus libros: Jorge Castro Vega, que se destacó al aparecer premiado en un concurso que fue paradigmático (el organizado por el diario El Día, la Embajada de España y Editorial Arca en 1982), y que ha sabido decantar una voz caracterizada por un lirismo contenido en función de lo conceptual, con textos que aspiran a una expresión limpia, estructurada con minucia perfeccionista. Por su parte, Luis Pereira logra sus mejores momentos en la dimensión amatoria y erótica, evolucionando desde el coloquialismo hacia una perspectiva estética que podría vincularse a lo posmoderno.

Un número significativo de poetas giró en torno al Grupo Uno entre 1982 y el 87. Los nombres más destacados son: Gustavo Wojciechowki (Macachín), con un perfil deudor del encare dadaísta y un tono fuertemente iconoclasta. Agamenón Castrillón, en quien cierto coloquialismo y preocupación social armonizan  con las búsquedas formales y lingüísticas. Héctor Bardanca, que desde la tendencia popularizante de sus primeros versos derivó hacia una textualidad de sistemático y fecundo cuestionamiento de lo establecido. Álvaro Ferola, que compartiendo el impulso y las búsquedas del grupo asumió no obstante en su obra una enfática entonación social.

Dos narradores surgidos en el periodo son Julio Varela y Guillermo Álvarez Castro. Con varias obras publicadas -entre las que se destacan, en el caso del primero, Costumbres de Anita (premio en concurso y consecuente publicación por editorial Tae, en 1990), y en lo que hace al segundo Canción de Severino (premio y edición de la Feria del Libro y el Grabado en 1985)-  ambos constituyeron ejemplos de escritores dotados de solvente oficio en camino de afianzamiento, lo que los años siguientes no hicieron más que confirmar con creces.

ESCRITORAS DE OBRA LOGRADA Y ESTIMULANTE

A fines de los ochenta hace su aparición Andrea Blanqué, quien desarrolló una voz intensa y propia, capaz de variados matices, modulaciones y sutilezas, primero en la poesía y más tarde en los cuentos. A partir de Sudestada (Editorial Planeta uruguaya, 2000), incursiona en el género novelístico con singular suceso, aunque a nuestro criterio sigue siendo el relato corto su fuerte.

Silvia Guerra ha ido desgranando una obra poética calificada, rigurosa y persistente, siempre en un nivel de superior calidad. A su vez,  Marisa Silva evidenció una especial capacidad para transmutar en materia literaria las pequeñeces cotidianas a través de sus solventes novelas, en las que tocó además con conocimiento de causa y eficacia la temática del insilio y la cárcel en tiempos de la pasada dictadura.

Otros nombres de interés son, en poético, los de Sabela de Tezanos, Mariella Nigro y Melissa Machado, tres autoras hoy en plena madurez expresiva; la elaboración textual de Sabela, la precisión formal e intelectual de Mariella, y la poderosa intuición de Melissa, han enriquecido la poesía uruguaya. Isabel de la Fuente a su vez trabaja un lirismo muy adecuado a la performance, desplegado en espectáculos donde la amalgama entre lo teatral y lo textual es perfecta.

Lalo Barrubia, surgida en el marco del Grupo Uno, devino luego en referente insoslayable de la mejor poesía transgresora de los años 90. Radicada en Suecia, ha decantado una obra de mayor vuelo donde la cotidianeidad femenina se muestra descarnada desde un ángulo diferente a la literatura de género.

Una muy buena narradora es Cecilia Ríos, que escribe relatos de firme estructura y original encare. Mientras que la obra de Ana Solari incursiona con audacia en el terreno de la fantasía y la ciencia ficción.

POTENTES ESCRITORES

El caso de Luis Bravo ha llevado en algún momento a equívocos. Se lo filió al Grupo Uno, cuando en realidad su vinculación al mismo -en lo estético, no en lo humano- no fue más que una circunstancia si bien larga no esencial. Su camino fue el de un genuino esfuerzo de experimentación con el lenguaje, con la disposición del verso, con el poema como tal, con la propia idea convencional de poesía, culminando de manera coherente en su tendencia a la performance y a la utilización de los nuevos medios tecnológicos al servicio de poema.

La poética de Aldo Mazzucchelli es una de las más interesantes de las surgidas en el final de los ochenta. Ha desarrollado una voz inconfundible, y  en su obra lo reflexivo y lo conceptual son ingredientes básicos. Más cerca en el tiempo volcó sus energías en el ensayo literario, con erudición, singular vuelo y rigor investigativo.

Hebert Benítez Pezzolano ha demostrado con marcado rigor su vocación de artesano del verso. Volcado hacia inquietudes radicalmente experimentales, ha ido forjando sin prisas pero sin pausas un definido carácter, yendo en camino de constituirse en una voz insoslayable en el contexto de la poética más reciente. En su  largo poema elegíaco Matrero se amalgaman los hallazgos de sus búsquedas formales con líneas tradicionales de la poesía uruguaya, con el feliz resultado de una obra mayor.

Gabriel Peveroni se animó en la poesía con el tópico religioso desde una perspectiva emparentable con cierta postura beat. Luego se mostró, en cuanto narrador, como el cronista de la movida rockera y alternativa montevideana de los años noventa. Por caminos cercanos pero con su propia personalidad, se desplegó la narrativa de Gustavo Escanlar; desde Oda al niño prostituto a Estokolmo marcó su afán deliberado de escandalizar el poco audaz ambiente cultural de aquellos años.

Poetas con obra madura y valiosa son también Eduardo Roland, Gustavo Ribeiro, Jorge Palma y Roberto Genta Dorado. Cada uno con su voz personal y sus propias inflexiones, exponen hallazgos en muchos de sus textos y han marcando una segura parábola evolutiva.

Alvaro Ojeda, poeta de perfectas formas y gran vuelo expresivo, tiene ya en el género una obra muy significativa. Y también se ha destacado como narrador, con cuentos y novelas bien logrados y atractivos.

Y Julio Inverso, a través de un periplo creativo de ansiedad vertiginosa cortado abruptamente por el suicidio al final de pasado siglo, fue elaborando la que hoy es considerada por la crítica más solvente uno de los corpus poéticos más logrados y representativos de esa década. La feliz iniciativa de Luis  Bravo, al compilar en edición crítica la obra édita e inédita de Inverso, ha permitido releer y valorar mejor su poderosa y original poesía.

En el género narrativo fue significativa, promediados los ochenta, la aparición de Juan Carlos Mondragón, un narrador original y algo tardío, que ha dado a conocer con puntual disciplina sus volúmenes de burilados cuentos caracterizados por una marcada perspectiva intelectual, incursionando con el mismo talante en la novela.  Por mitad de la década de los ochenta retorna al país Fernando Butazzoni, cuya obra irá tomando mayor dimensión libro a libro. Horacio Verzi, también retornado con la apertura democrática, aportará a la narrativa la entonación de suspenso y el tema policial con cierta hondura.

Felipe Polleri es el más intenso y logrado de los narradores aparecidos en los noventa. Su novela Carnaval (Editorial Signos, 1990), se aventuró sin concesiones y con gran potencia metafórica en el universo marginal montevideano que antes no había merecido tratamiento literario. Por su parte, Henry Trujillo explora en sus libros un ámbito similar. A su vez, Ricardo Henry y Daniel Mella son cultores de una estética donde lo cruel y lo escatológico son ingredientes decisivos, a partir de un formato típicamente posmoderno.

Fernando Loustaunau aporta una perspectiva de radicalismo a la novelística uruguaya de esos años, unida a la preocupación por las identidades estético-ideológicas. Sus novelas, desde 14 a Diario de un demócrata moribundo, merecen una atenta relectura; aparte de la solvencia narrativa, contienen profundas reflexiones sobre el siempre recurrente tema de la identidad uruguaya y sus bemoles. Mientras tanto, Enrique Ilera se constituyó en un auténtico “raro”, es un autor “de culto” conocido y admirado por muy pocos; sus relatos son terriblemente luminosos y están aguardando una atenta lectura crítica.

Los casos de Carlos Rehermann, Amir Ahmed y Pablo Casacuberta son de autores de escritura elaborada y con indudables brillos, de talante intelectual y perfectamente sintonizados en sus obras con una sensibilidad generacional emergente en los ochenta, que logró su espacio literario pero que sigue siendo saludablemente revulsiva. Por su parte, Gustavo Espinosa, filiable en sus comienzos a este grupo, se desmarcó luego con sus novelas impecablemente escritas, con peripecias cargadas de humor, ironía, crítica social y de costumbres, que transcurren en sus pagos de Treinta y Tres. Es hoy uno de los mejores novelistas uruguayos, y un émulo criollo del gran narrador mexicano Jorge Ibargüengoitia en la genialidad para delinear en crónicas disfrutables un mundo provinciano que a través de su escritura deviene universal.

Carlos Liscano, a su vez,  ha venido estructurando mediante un esforzado laborar el estilo, válidas y logradas metáforas narrativas relacionadas con el la experiencia de la cárcel y el exilio.

Por último, podemos mencionar a Xosé de Enriquez, quien se ha mostrado como un escritor proteico, transitando cómodamente tanto por una poesía de filiación surreal como por el relato de sutil fantasía o el agudo ensayo.


 

 

 

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