Ah la poesía (3)

Por Luis A. Fleitas

Verdad, explicación. La esperpéntica explicación de Poe


 ¿Es el objetivo de la poesía decir la verdad? ¿Debe el poeta explicar sus poemas?

Edgar Allan Poe escribió dos ensayos notables sobre poesía, uno, El principio poético en 1849, y otro, La filosofía de la composición en 1846, que merecen ser recordados; el primero establece conceptos muy claros y precisos sobre lo debe ser o sobre lo que es la poesía, y responde cabalmente a la primera pregunta que nos venimos de formular,  y el segundo realiza un muy detallado análisis de su poema más famoso, El cuervo, que nos sirve para dar respuesta a la segunda.

En El principio poético Poe intentó definir  lo que considera esencial de la poesía, y lo primero que establece es que un poema es tal “cuando nos exalta y eleva el espíritu”, o sea cuando  produce una conmoción psíquica que  sacude emocionalmente al lector. Nótese que desde el vamos, Poe apunta a lo emocional y no a lo racional.

En segundo lugar expresa que todas las exaltaciones psíquicas son por su propia naturaleza, fugaces.  Por tanto, concluye, solo los poemas “menores” en el sentido de menor extensión –cuya lectura dure no más de media hora- pueden mantener el grado de exaltación. Luego de esa extensión la atención se desvanece  y con ella la elevación psíquica. En consecuencia, los llamados poemas “mayores” o de mayor extensión, solo pueden ser considerados poemas o sea capaces de provocar la exaltación psíquica, en cuanto están constituidos por una serie de poemas menores.  Así ocurre, dice, con el Paraíso Perdido de Milton, con la Ilíada de Homero, y con todos los poemas épicos. La exaltación emocional solo es producida por pasajes pero no por una lectura o recitado continuo del conjunto, que haría que los lectores u oyentes no pudieran sostener su interés ni su emoción.

En tercer lugar establece que aunque un poema debe tener una extensión menor, la poesía de brevedad excesiva puede producir “un efecto brillante y vívido, pero jamás profundo o duradero”.  La corta extensión, a su juicio es sinónimo de superficialidad, lo cual impide a un poema grabarse en el espíritu de los lectores, o sea, será  un mero epigrama, no una experiencia psíquica elevada ni profunda como lo debe ser un verdadero poema.

En cuarto lugar, Poe se expide terminantemente sobre el contenido del poema en términos de trasmisión de la verdad.  Niega terminantemente que ese sea el objetivo de la poesía,  sino que sostiene que la poesía debe escribirse por la poesía en sí; “ese poema que es un poema y nada más; un poema escrito únicamente por el gusto de escribirlo”.

La divulgación de la verdad, dice, debe ser realizada mediante un lenguaje severo, sencillo, preciso y breve, y el expositor debe mostrarse frío, tranquilo y despasionado.  Por tanto,  es el intelecto mediante la prosa quien debe encargarse de la verdad. Todo lo contrario a la poesía y al poeta, sostiene, en que lo que importa es el adorno y la belleza, y la emoción y exaltación psíquica;  lo que prima no es el intelecto racional, sino el gusto estético.

De tal forma, sostiene nuestro ensayista, la poesía debe definirse como la creación rítmica de la belleza, cuyo único árbitro es el gusto estético, no el intelecto o la razón lógica y moral. No es que no puedan afirmarse verdades por su intermedio, pero no de manera primordial o como objetivo principal.

No se preocupen de decir la verdad o de prodigar preceptos morales, preocúpense por crear la belleza que emocione,  este es el mensaje de Poe a los poetas.

De inmejorable claridad, la concepción de Poe es casi, casi, el arte por el arte que pregonarían los parnasianos en París, algunos años después.

***

El otro ensayo, La filosofía de la composición, es,  como dijimos,  un análisis de la creación de El cuervo.

Ya sabíamos por el ensayo anterior, que Poe consideraba que la extensión de un poema no podía sobrepasar la media hora de lectura o recitado, porque transgredido ese límite la atención decae y el poema deja de producir efectos psíquicos, o sea, de emocionar. En este ensayo retoma la misma idea, y establece que cuando planeó su poema determinó que no podría ser de más de cien líneas o versos,  y que el resutado final alcanzó un total de ciento ocho.

También sabíamos que el concepto de Poe es que la esencia del poema es la belleza que produce exaltación del alma o emoción.  El poeta se remite aquí al mismo punto de partida,  y dice que la belleza expresada en el tono de tristeza o melancolía es lo que produce más lágrimas, por lo que “es el más adecuado de todos los tonos poéticos”, el que más emociona. Por tanto, dice, eligió ese tono, el de la tristeza o melancolía, para su poema El cuervo.

Pasa entonces a determinar la estructura del poema en base a una idea fundamental en cuanto a su construcción, y determina que el estribillo es el más universal de todos los efectos artísticos en un sentido teatral o sea recitativo. Sin embargo, dice, el estribillo es un mecanismo primitivo, y entonces a la mera repetición de determinado verso, resuelve establecerle variaciones en cuanto al pensamiento que se trasmite, o sea, utilizando la potencialidad de la repetición del estribillo pero con variaciones.

A su vez la naturaleza repetitiva del estribillo lo llevó a que debía ser breve, de una única palabra, y colocada al final de cada estrofa, y además ese final debía “ser fuerte, sonoro y susceptible de prolongar el énfasis”.  Para ello piensa en la “o” como la vocal más sonora, y en la “r” como la consonante más prolongada, lo cual, unido a la melancolía que debía impregnar el poema lo hace concluir en que la expresión más adecuada para el estribillo es “Never more”.

Hasta acá la exposición de Poe es apasionante, al mostrarnos los mecanismos internos de la construcción del poema, pero a continuación viene la debacle del exceso demostrativo en el arte, o sea de aquellos que padecen el defecto de intentar dar explicaciones a todo, y para peor de explicaciones a posteriori, luego de que la obra ya está creada.

Nunca más adecuada aquella expresión de Hölderlin: “el hombre, un dios cuando sueña, un mendigo cuado piensa”.   Y si no, veamos como sigue Poe su exposición:  concluye que la repetición continua y monótona  del estribillo “Never more” no podía atribuirse a un ser humano, sino que debía tratarse de un ser sin razón pero capaz de hablar, y entonces dice que pensó primero ¡en un loro!, y luego como también es capaz de repetir palabras lo reemplazó por un cuervo por ser más adecuado con el tono de tristeza elegido. Si no fuera Poe quien lo está diciendo, parecería que fuera un chiste de mal gusto, una mofa del famoso poema.

Luego ya casi en caída libre, dice que el tono melancólico debía estar dado por un tema propicio para ello, y que nada más melancólico que la muerte, por lo que elige como tema la muerte;  y a continuación que para unirlo a la belleza, el tópico más poético del mundo es el de la muerte de una muchacha, por lo que ese quedó como tema definitivo.  Como corolario de ello, dice, el personaje más apropiado para expresar el tema de la muerte de una muchacha debía ser el de su amante desolado.

Por tanto, explica Poe,  la estructura quedó constituida por estrofas con la voz del amante que llora la muerte de su amada, y al final de cada una la respuesta que le da el cuervo en el estribillo “Never more”.

Leemos eso y no podemos creerlo, pues parece una fantochada, una creación más propia de un circo de mala muerte o de una parodia de carnaval que de un verdadero poeta creando una de las mayores obras poéticas de la literatura universal.

Sin embargo seguidamente Poe cuenta algo muy atendible, dice cuál fue la primera estrofa que escribió:

 

Profeta –dije-, cosa del mal, ya seas pájaro demonio,

Por ese cielo que nos circunda,  por ese Dios que los dos adoramos,

Dile a esta alma cargada de pesar sí, en el distante Edén,

Abrazará alguna vez a la santa doncella a quien los ángeles llaman Leonora:

Si abrazará a la radiante y única doncella a quien los ángeles llaman Leonora?

Dijo el cuervo: “Nunca más”

Y expresa que la escribió para establecer el clímax máximo, y para, a partir de allí, ir hacia atrás graduando de menor a mayor intensidad las primeras estrofas con las preguntas del amante. Y además para establecer a partir de esa estrofa el ritmo, el metro,  la extensión y la composición general de las demás y por ende de todo el poema. Así, pues,  habría escrito el poema desde  el final hacia el principio, lo cual no es nada extraño, y  muestra además la actualidad del pensamiento de Poe pues dice una gran verdad sobre la escritura y sobre la creación en el arte en general; es muy difícil que la creación literaria sea lineal desde el principio hasta el fin, sino llena de marchas y contramarchas, en un caos  que recién cesa cuando la obra queda concluida en su formato definitivo.

Luego explica las características de la versificación que siguió, que pasaremos por alto por ser propias de la poesía en inglés, y se regodea en su originalidad.

A partir de allí, la debacle.  Poe dice que eligió el lugar donde se desarrollan los hechos,  la habitación del amante,  por oposición a un lugar abierto (bosque o pradera) por cuanto un estrecho límite de espacio es más adecuado para concentrar la atención; está además ricamente amueblado por su tesis de la belleza como adorno. Las explicaciones son casi infantiles: al pájaro dice que lo introdujo por el lugar inevitable, la ventana, y que lo  hizo batir las alas contra el postigo para prolongar la curiosidad del lector y hacer que la fantasía del enamorado imagine que llama a la puerta el espíritu de su amada muerta.  Que eligió que la noche fuera tempestuosa para que el pájaro intentara guarecerse en la habitación; que eligió el busto de Palas para un contraste entre la blancura del mármol y la negrura del cuervo, por ser acorde con la educación del amante que es un estudiante y por la sonoridad del nombre; que el cuervo es un ave escapada a la vigilancia de un dueño y que “Never more” son las únicas palabras que le enseñaron y sabe de memoria, lo que provoca la ironía y la mofa del estudiante del pájaro “torvo, torpe y fantasmal”, hasta que la permanente respuesta del cuervo a sus preguntas va provocándole cada vez mayor pena.

Entonces, dice Poe, es recién en la estrofa décima, la que empieza:  Pero el cuervo, inmóvil sobre el plácido busto solo dijo,   que el poema cambia de su sentido natural o realista hacia su sentido final, es decir hacia su contenido simbólico “cuidando que su capacidad de sugestión fuera tal que dejara intacta toda la narración que la precedió

Para ello, dice, el agregado de las dos estrofas finales, hacen que el lector empiece a ver en el cuervo un símbolo, pero agrega, “esto no sucede del todo sino cuando el último verso de la última estrofa, en la cual la intención de hacer de él un símbolo del ‘Triste  e Interminable Recuerdo’ se puede ver con claridad”:

 

Y el cuervo sin moverse, todavía siguió posado, todavía permanece

Sobre el pálido busto de Palas, precisamente encima de la puerta de mi cuarto.

Y sus ojos tienen toda la apariencia de un demonio que está soñando;

Y la luz de la lámpara, al iluminarlo, arroja su sombra sobre el piso.

No será liberada. ¡Nunca más!

Sinceramente nos hubiera ahorrado Mr. Poe toda su sesuda explicación de la primera parte, que a la postre resulta una bobería pueril;  ¿qué nos importa toda ese detalle de la opción entre loro y cuervo, del pajarraco huido de manos de su dueño, etcétera, que el autor seguramente creyó ingenioso, pero que no nos huele sino a falsa manipulación? Lo que más nos impresiona de El cuervo cuando lo leemos, es esa misma fantasmagórica sensación  simbólica que el autor dice que sobreviene recién al final, pero que para nosotros –los lectores- empieza ya desde el inicio, que impregna la totalidad del poema, haciéndolo notable por esa poderosísima sugestión, y que el poeta con el descubrimiento de su amaño nos hecha por tierra.  Nos sobrecoge  la poderosa imagen del cuervo y su enigmática y repetitiva respuesta, nos estremece la desesperación del protagonista ante lo irreversible, nos eriza la sombra del más allá que aletea por sobre todo,  como vivencia humana alumbrada por el arte;  pero todo nos resulta un fiasco a la luz de la calculada y fría elección del poeta de la muerte de una muchacha para impresionar mejor, de un cuervo en lugar de un loro, y en fin, de un programado artificio.

Sí, el ensayo del escritor será excelente por su clara inteligencia y su versatilidad, y seguramente para eso lo escribió, para impresionar a sus lectores; pero es mejor librarnos de las explicaciones que un autor nos da sobre su obra, que por lo general, paradójicamente, no hacen sino empobrecerla.

***

Ahora un salto en el tiempo y en el género; no puedo dejar de mencionar  una de las novelas más admirables del siglo XX, El sonido y la furia de William Faulkner, publicada en 1929,  que hace de la ambigüedad y la difuminación la clave narrativa sobre uno de sus temas más importantes e inquietantes como es el de la relación entre Quentin y Caddy,  y  la gran desilusión que es leer la explicación que el mismo Faulkner le dio posteriormente en el llamado Apéndice “Compson : 1699-1945, Quentin III” publicado en 1946, en el que en una sola carilla despacha y desbarata todo el trabajoso y elaborado arte desplegado durante las trescientas páginas de la novela. Por qué lo escribió y lo publicó Faulkner dieciséis años después de haber creado una obra maestra, y por qué se lo continúa publicando en las ediciones posteriores de la novela, es una de las grandes preguntas y de los mayores sinsentidos de la literatura de todos los tiempos.

La misma pregunta y el mismo sinsentido que provoca la esperpéntica explicación que da Poe de su famoso cuervo.


 

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