“Bostardi al otro lado”, cuento inédito de Martín Lasalt, premio Bartolomé Hidalgo Revelación 2016

Martín Lasalt nació en Montevideo en 1977. Es escritor y plástico. Obtuvo premios y menciones en concursos de cuentos y de cómics. Estudió Ciencias de la Comunicación y Bellas Artes. En su pasaje por Bellas Artes trabajó en producción audiovisual. Asiste desde 2013 al taller de escritura de Rosario Peyrou y Carlos María Domínguez. En 2015 obtuvo el premio Narradores de Banda Oriental por su novela “La entrada al Paraíso”. En 2016 publicó “Pichis” con Editorial Fin de Siglo. El mismo año le otorgaron el premio Bartolomé Hidalgo Revelación por ambas novelas.


Bostardi al otro lado

Entrevista de Milton Pereira al Profesor Carlos Bostardi.

El Profesor Bostardi nos espera en su casa de la playa. Viajamos en silencio, la carretera nos acerca a una tierra primordial, a una verdad que postergamos. El derrape de la camioneta en el camino de tierra me devuelve a la realidad: estamos cerca. He dejado que Roberto conduzca y a cambio él me ha prestado la cámara. Me siento como un niño.

Por fin llegamos a la casa del Profesor. El rugir de las olas más allá de los árboles, el salitre, el pasto alto que se mece en la brisa, este es el ambiente de Bostardi. Nos damos la mano. Su mano es firme, cálida. El sol está todavía alto. Un perro amarillo me gruñe todo el tiempo. Tengo miedo. Bostardi parece no darse cuenta. Cuando era niño fui atacado por un perro. Caminamos hacia la casa. Por fin el Profesor ata al perro y nos invita a entrar. Con orgullo nos muestra su biblioteca, su telescopio, su colección de conchas, el magnífico mural de Jorge Gutiérrez, y la terraza. Allí se detiene.

“Aquí mismo fue donde se pegó el tiro Evaristo Maneira”. El Profesor queda en silencio, su semblante cambia. Sombras de pensamientos tristes le atraviesan la cara. Con disimulo busco en mi smartphone quién era Evaristo Maneira, pero no lo encuentro. En cambio entro sin querer a una página que promociona un gel reductor a 14,95 dólares el frasco. Puras mentiras. Le hago un gesto a Roberto, porque veo al Profesor con ese aire ausente y el mar al fondo, en la luz nítida del otoño, y creo que ahí hay una buena foto. Estoy viendo un premio nacional de fotografía. Sin embargo Roberto niega y rebusca algo en el bolsillo de su canguro. No lo entiendo, pero ante todo está el respeto profesional y no insisto.

Luego estamos en el living. Me apuro a tomar asiento. Estoy cansado y tengo hambre. Aquí será la entrevista: la luz es óptima y el ambiente muy cómodo. Sólo me molesta el ladrido del perro. Opino que los perros no deberían ladrar. El Profesor se disculpa para ir al baño y nos deja solos. Aprovecho para admirar el mural de Gutierrez, los libros, la colección de clásicos franceses, los gobelinos, las cincuenta y seis conchas. Roberto saca fotos, sobre todo de las conchas. De pronto caemos en la cuenta de que ha pasado al menos media hora, y tememos por el profesor. Después de todo tiene más de ochenta años. Golpeamos la puerta del baño. Bostardi no responde. Insistimos, tratamos de abrir, pero la puerta está trancada por dentro. Roberto entonces graba uno de los videos de la entrevista que pueden verse en la red: “BOSTARDI NO SALE DEL BAÑO”.

¡Bostardi!, grito yo, ¡Profesor!, tomo carrera y golpeo la puerta. La madera cruje pero no cede. El hombro me duele, pero hago como que no. Tomo carrera otra vez. Roberto sigue mis movimientos. Yo me siento como Tom Cruise en su mejor momento, pero luego me veo en el video y parezco más bien un nerd lleno de pecas que no acostumbra moverse, y además se nota que me duele el hombro. Arremeto por segunda vez. Se me escapa un gritito de niña. Entonces Roberto oye algo: “esperá, Milton”, dice. Yo espero, agradecido (temo haberme sacado el hombro de lugar), y oigo la voz del Profesor: “¡Qué hacen, la puta que los parió, no me dejan ni cagar tranquilo, hijos de puta!”. Nos reímos. Me siento tonto, joven e impulsivo, pero luego en el video me veo como un gordo de cuarenta y cinco sin carácter, y me pregunto si eso mismo ven los demás.

Donde el video termina es que yo enciendo la grabadora: sé que la entrevista ha empezado en ese momento, puerta de por medio:

M: Profesor. ¿El ojo modifica al objeto?

B: Dejame cagar en paz, la concha de tu madre, Milton.

Hay cansancio en la voz del Profesor. No deja de halagarme que recuerde mi nombre.

M: Profesor, ¿su silencio del último año tiene que ver el resultado del plebiscito?

B: No hay papel. No te puedo creer, me voy a tener que lavar en el bidet, la puta madre. ¡Milton!

M: Profesor, diga usted.

B: No te lo tomes a mal, querido: por favor fijate si no hay papel higiénico en la cocina, haceme el favor. Yo odio el bidet, no es natural.

En la cocina no encuentro papel. En uno de los cajones no hay más que cuchillos de toda clase, en otro, cucharas, en un tercero, chapitas de cerveza. Chapitas hasta el borde. Pienso que el Profesor se está volviendo loco. En el aparador sobre el lavadero están los platos y los vasos, una cajita con escarbadientes, pero también un halcón embalsamado con la cabeza arrancada, y atrás, un rollo de toallas de cocina con un estampado de corazones celestes y rosados. Vuelvo con el rollo. Sentado en el suelo, apoyado contra la puerta del baño, está Roberto. Alcanzo a oír lo último que dice: “…estupidez, una estupidez infinita”. Cuando me ve se sobresalta y calla. Es evidente que ha estado hablando de mí. Me indigno en silencio y pienso que él debía haber ido a buscar papel, no yo. Carraspeo y explico que no había papel higiénico por ninguna parte, pero sí toallas. El Profesor abre la puerta, asoma una mano temblorosa que emerge del pasado, vulnerable, una mano que es la del Profesor y la de todos nosotros, hombres, nada más, asomados al abismo. La mano agarra el rollo de papel y desaparece.

A los diez minutos sale el Profesor, y tras él un olor nauseabundo. Roberto tose sin parar. Yo miento que debo hacer una llamada y corro a la terraza. Ya afuera aprovecho para llamar a mi hija, porque me parece de mala educación estar ahí nada más que respirando. Cuando veo por el ventanal que el Profesor se acomoda en el sillón del living me despido de mi hija y entro. El olor persiste pero no es tan malo. Roberto me mira como siempre, pero recién entonces entiendo que me odia. Estas cosas son las que uno aprende. Lo mismo de siempre pero con más claridad. Así vivimos. Me fotografía. No entiendo qué puede haber visto. Sé que no soy interesante. Pero en todo caso, es a Bostardi a quien debe fotografiar. Entonces Bostardi habla, como si me hubiera escuchado los pensamientos:

B: Bostardi no tiene nada interesante que ofrecer. Bostardi debió haberse muerto hace cuarenta años –dice el Profesor a modo de introducción. Me allana el camino,como un caballero. Quiere guiar la entrevista.

M: ¿Y eso por qué, Profesor?

B: Bostardi es uno de los referentes de una época que no dio frutos. ¿De qué sirve buscar la sombra de los referentes intelectuales de la izquierda, si no hay izquierda? ¿Para qué servimos? ¿Qué debemos hacer? ¿Consolar sueños adolescentes? ¿Qué debemos hacer?

M: ¿Me lo está preguntando a mí?

Roberto se cae de la silla. Se levanta al instante y se acerca para fotografiar las manos de Bostardi. Una serie de fotos que incluirá en su primer libro de retratos, según me dice en el viaje de regreso a la capital, con los ojos rojos y atragantado de empanadas criollas.

B: Me lo pregunto a mí, querido, porque a veces creo que los viejos intelectuales, por seguir en la góndola de este supermercado mundial, nos dejamos moler para ser incluidos en pastillas sedantes para los militantes enfermos, los viejos compañeros que no consiguieron evolucionar hacia la mierda que los suplantó. Y a la vez somos dinosaurios vivientes, especímenes de gran valor para la edificación de los jóvenes arqueólogos de la izquierda, los jóvenes interesados en saber qué sentido podría tener la realidad que se los está comiendo.

M: Por supuesto. Aunque le confieso que apenas entiendo. Sin embargo, Profesor, ahora que dice esa palabra… —y me refiero a la palabra “mierda”, porque no dejo de pensar en la puerta abierta del baño. Pero Bostardi sigue:

B: Nos han usado para rellenar las píldoras del sistema, Milton, y nos hemos dejado usar, porque creímos que por lo menos así… pero, Milton, con la mano en el corazón —Bostardi se inclina hacia mí—: ¿vos creés algo de lo que he dicho en los últimos veinte años? Te lo pregunto de verdad, Milton. No me atrevo a contestar, porque sí le he creído. Palabra por palabra. ¿Soy un estúpido?

B: ¿Para quién los paños fríos de mis últimos quince libros? Me he convertido en un redactor de postales de buenos deseos. Para no devenir en fábrica de odio, he devenido en fábrica de mentiras. Bostardi debió morir en el ochenta y nueve. Si no hace cuarenta años, por lo menos, y sobre todo, en el ochenta y nueve.

M: Claro.

B: Pero estaba Carmen, ¿y quién puede morirse estando Carmen? ¿Eh? Uno vive, uno no se puede rendir si… pero vos no te preocupes, Milton, vos nunca vas a estar con nadie como Carmen, una mujer de verdad. (Risas —las mías, porque he creído que lo dijo en broma, pero luego he visto que no).

B: Después de eso, bueno, después de eso estamos en esta inercia planetaria, en este discurso vacío y autodestructivo del Capitalismo y… —hace una pausa— no, no voy a decir esa palabra que empieza con ge y que usan para todo. Estoy harto de la palabra que empieza con ge.

M: ¿Con ge? ¿Cuál? ¿No será con pe: posmodernidad? ¿No? ¿Góndola?

B: No, otra, otra.

M: ¡Ah! ¿Globalización?

B: Sí, esa palabra.

M: Globalización. ¿Qué tiene de malo esa palabra?

B: Todo.

M: Es pesimista, Profesor. No espera nada bueno de la vida. ¿Bostardi se siente viejo y decrépito?

B: No, yo soy optimista. El pesimismo es una predisposición, y a eso no llego: yo sufro. No estoy lleno de odio, estimado: es el mundo que está lleno de odio, no sabe de otra moneda. Mundo maldito. Lo queríamos cambiar, y mirá lo que es.

M: ¿A Bostardi no le gusta el mundo como está? ¿Lo ve peor?

B: ¿Vos no?

M: ¿Quien, yo?

B: Y lo mío no es tan terrible, Milton, yo estuve vivo, y ahora estoy de prestado, mirando desde mi cielo, desde mi infierno, lo que ha sido del mundo, y lloro, pero lo mío no es tan terrible. No es por mí que lloro.

M: ¿La cursilería de Bostardi es una impostura, o está choto?

B: Un poco de las dos. Te agradezco la honestidad.

M: Es mi estilo. Estoy comprometido con la verdad. Como el título de mi último libro: “Comprometido con la verdad”, charlas de Milton Pereira, Editorial Del Fin del Mundo, en todas las librerías. Pero volviendo al cauce, ¿Por qué cosas vale la pena llorar todavía?

En este punto, como pocas veces me ha pasado, presiento que la pregunta no ha sido buena, estoy seguro de que no voy a transcribir lo que sigue, pero entonces Bostardi dice algo que me tocará las fibras íntimas, me afectará para siempre.

B: Milton: enamorate y vas a saber. Pero no te enamores como te enseñan en las novelas, no te enamores como nadie: enamorate de verdad, sin instrucciones, sin vergüenza, sin saber nada. Vas a ver que no sabés nada, que es lo mejor. Después te vas a arrepentir, está bien.

M: No lo sigo.

B: Claro, pero enamorarse no se decide. Bah, no sé. Ah, pero Milton, si todos se enamoraran, de ese amor lastimado podría todavía nacer un mundo mejor, eso es lo que pienso. ¿Dónde está tu amigo?

M: Fumando afuera.

B: Tu amigo está mal, ¿ves?

M: En eso estoy de acuerdo. Pero volviendo al cauce: ¿Bostardi se reprocha algo?

B: Seguir vivo.

M: ¿Bostardi está lleno de rencor? ¿Se piensa pegar un tiro?

B: No. No.

M: ¿Se cree mejor que los demás?

B: En una época estuve dispuesto a sacrificar mi vida por el hombre nuevo. Para mí eso era amor. Quizás hoy eso sea vanidad. Pero es que el mundo está de cabeza.

M: Si le digo fútbol, ¿en qué piensa?

Bostardi se levanta sin responder. Se sirve un vaso de whisky. No me ofrece. ¿Lo oigo gruñir como el perro amarillo? ¿Se merece Bostardi —después de haber sido quien fue— ser retratado así, como lo que es? Porque Bostardi no es más que un anciano demente, lleno de odio, sin capacidad para amar. Me duele, me duele como al que más la caída de un referente, y pienso en mi vejez. ¿Qué verán los demás de mí cuando haya pasado mi tiempo? Pero me debo a la verdad, a la verdad descarnada:

M: ¿Le costó sobreponerse a la muerte de Carmen?

B: Es una lástima. No ser capaz de sacrificarse por el futuro es lo mismo que el suicidio. Y los que quedamos estamos malditos, somos nada más que sombras. Bebemos del conocimiento para no desaparecer, viejos malditos, nada más. Nuestro amor fue enterrado hace mucho.

Veo a Bostardi en toda su inteligencia y vulnerabilidad, en toda su humanidad. ¿Dónde está Roberto cuando tiene que sacar una puta foto?

M: Traje este ejemplar de “La Calesita”, la primera edición, de 1961. Le pido me la autografíe.

B: “La Calesita” no es mía.

M: Perdón, quise decir “A la Sombra del Platanal”.

B: Pero trajiste “La Calesita”, un libro de poemas del Coronel Gurruchaga.

M: No sé de dónde salió ese libro.

B: Llévese esta mierda de mi vista.

M: ¿Es difícil ser viejo?

B: Podríamos ir terminando por acá.

Comprendo. Estoy haciendo preguntas dolorosas. Pero no necesito que hable más: las respuestas están en el aire, en la casa, en sus manos, en sus silencios. El Profesor ha sido alcanzado y herido por los años, se ha quedado en el pasado y el presente le duele, la soledad le duele. El Profesor ya no escribe, ya no habla. Quizás esta sea la última entrevista que le hagan. Estoy agradecido a la vida por este encuentro. Quiero despedirme, recogerme en mi soledad para rumiar lo que ha pasado hoy, pero Roberto no regresa. Lo hemos buscado en los alrededores y lo hemos llamado a su móvil, y nada. Finalmente, después de dos horas de nervios (en esa misma zona asesinaron a un caricaturista en 2015 y a un diseñador gráfico en 2016), lo vemos llegar. Se había perdido en la playa.

Subimos a la camioneta y nos vamos. En el retrovisor veo que el Profesor me levanta el dedo medio. Pobre viejo, pienso. Roberto en tanto me pide que nos desviemos al pueblo más cercano para buscar una rotisería.


 

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*