Centenario del pueblo José Pedro Varela: hace 50 años que tiene 50 años

Hace 50 años que el pueblo tiene 50 años[1]


Por Luis A. Fleitas Coya (Abogado, escribano y Defensor Público del Trabajo. Ha escrito cuentos y relatos que han recibido distintos premios, como su libro  “La caza de la mulita y otros relatos” (Editorial Amalio M. Fernández, 2016). Sus crónicas y artículos  han aparecido en semanarios del interior y  Montevideo).

poco de comenzar aquel año el pueblo fue sacudido por una jornada de una muy abigarrada agenda de actividades absolutamente inusual.  Todo comenzó muy temprano, cuando a las ocho de la mañana se largó una carrera ciclística conmemorativa, que las crónicas consignan que ganó Miguel Iturburúa. En aquella época el ciclismo  eran tan popular que la gente se arracimaba en las veredas alrededor de la plaza para ver a los competidores cuando la circunvalaban a toda velocidad, con las bolsas de cáscara de arroz colocadas en las esquinas, o entrando o saliendo del pueblo por las calles principales, en cuanta competencia hubiera, ya fuera local o nacional como la Vuelta Ciclista del Uruguay o las 1000 Millas Orientales.

A las 9 y 30 se realizó el acto oficial de inauguración de obras de mejoramiento local con parte oratoria de Alejo Martínez, entonces funcionario del Banco República, como miembro de la Comisión de mejoras, y actuación de la Banda del 10º Regimiento de Infantería de Treinta y tres.

A las 13 hubo un almuerzo gigantesco para tres mil comensales en la Plazoleta conocida como El Triángulo, que puedo asegurar casi con seguridad que estuvo a cargo de Perucho Pereira y de los mellizos Rubén y Roberto Pereira y que consistió en asado con cuero para todo el mundo.

A las 16 se jugó un partido de fútbol del cual no ha quedado registro los equipos. Creo recordar que fue entre la selección local y un equipo de veteranos de Peñarol.

A las 18 y 30 en la calle, frente a la Plaza Libertad, un show con artistas de la radio y aficionados locales.

A las 20 y 45 se realizó el acto central con la inauguración del alumbrado eléctrico en la Estación de Ferrocarril, con nueva actuación de la Banda militar, discursos del Escribano Ismael Ibarra por la Comisión del Cincuentenario, el Dr. Dardo Sánchez Piquerez director de la radio Difusora Treinta y Tres, el Presidente de AFE Julio César Bustelo, y el senador colorado Luis Alberto Carrese autor del proyecto de la ley que convirtió en ciudad a la hasta entonces villa. A continuación a las 22 horas, a poca distancia de la Estación, hubo quema de fuegos artificiales en la cancha del Club Barrio Coya.

Recuerdo con total nitidez la calurosa noche de verano, el acto, el público, a mi padre hablando con el Escribano Ibarra y con mi maestra de sexto año de escuela la Sra. Chucha y con varios de sus amigos y vecinos que se encontraban en la multitud, porque asistí con mi padre al acto en la Estación  que se desarrolló en el espacio de estacionamiento de vehículos, y en el que el público escuchó parado a los oradores, así como luego el estallido de los fuegos artificiales en la cancha del Club Barrio Coya iluminando el campo a oscuras allá abajo.

Para terminar a las 22 horas, hubo bailongo generalizado en los Clubes Democrático y Centenario, a los cuales ni pisé porque apenas tenía doce años.

Era el 1º de febrero de 1968.

Poco después en marzo de ese año 1968, empezaron las clases e ingresamos a primer año de liceo, y en verdad poca conciencia teníamos de la conmemoración de los cincuenta años que se desencadenaría en pocos días con bombos y platillos, desde el viernes 19 al domingo 21 de abril cuando tuvieron lugar la Exposición Industrial y Artesanal y más celebración y  festejos. Cuando quisimos acordar el pueblo era una fiesta. Actos oficiales, desfiles de bandas, visitas de autoridades nacionales y departamentales, la exposición industrial,  discursos, ceremonias, bailes, todo confluyó e hizo eclosión, y nos encontramos viviendo un momento histórico. Fueron inolvidables los desfiles de la banda San Luis Gonzaga de Pelotas, por su bandurria marcial y alegre, sus vestimentas de colores radiantes, sus bellas integrantes, y su colorido.

Habían pasado cinco décadas desde que el 1º de febrero de 1918 el Presidente Feliciano Viera promulgara la ley 5639 de creación del pueblo  con el nombre José Pedro Varela, que vino a sustituir la denominación de Corrales que llevaba el poblado desde que a partir del último cuarto del siglo XIX comenzaran a agruparse los primeros ranchos en la loma cercana a las costas del arroyo Corrales.

El 16 de octubre de 1958 la ley 12.553 lo había elevado a la categoría de villa.

Y casi 20 años después,  el 29 de noviembre de 1967, el Presidente Gestido firmó el cúmplase de la ley 13.631 aprobada en ocasión de la conmemoración del cincuentenario, que le daba la jerarquía de ciudad, declaraba feriado para los varelenses el 1º de febrero de 1968 y destinaba recursos para financiar los gastos oficiales de los festejos del cincuentenario, para la Exposición industrial y artesanal, para la refacción y modernización de la Plaza, y para la ampliación y refacción del cementerio.

Por supuesto que desde entonces el pueblo ya no es pueblo sino ciudad, pequeña, pero ciudad al fin. Sin embargo en nuestro lenguaje y en nuestros corazones siempre es el pueblo, estemos donde estemos y hagamos lo que hagamos.

Llevo muchísimo más tiempo viviendo en Montevideo, que lo que viví en Varela. Sin embargo esa etapa es tan inmensa e intensamente fuerte que irradia sus efectos y marca todo el resto de mi vida. Allá vine al mundo en mi casa frente a la calle Lavalleja, mi madre asistida por el Dr. Podestá y por la partera, Haydée. Tuve una infancia llena de juegos y de lecturas, hice catecismo y oficié de monaguillo en la Iglesia San Carlos Borromeo -aunque después, apenas pisé el Liceo, me volví completamente ateo-, cursé la Escuela Nº 6 de segundo grado y todo el Liceo que entonces solo tenía cursos hasta 5º año (6º año lo cursamos en Treinta y Tres, a dónde viajamos todo el año 73 en el inolvidable ómnibus de Bausil, el “Apolo 8”), jugué al fútbol en los primeros campeonatos de baby fútbol, en los campeonatos juveniles en el liceo, en el famoso campeonato comercial de verano, y en el campeonato de primera división; competí con el liceo en las olimpíadas de primavera de atletismo del año 69, representando al Departamento porque eliminamos en la clasificación a la capital Minas, y en luego en Montevideo salimos sextos entre todos todos los liceos de todos los departamentos del país y no sé cuántos liceos de Montevideo. Tuvimos un grupo de teatro en el liceo dirigidos por el inefable Teacher Homero Cal, con el cual hicimos actuaciones en Varela, en Pirarajá y en Treinta y Tres. Fui a cuánta reunión y baile hubo en aquella época, y tengo compañeros y amigos de todas esas cosas como Yamandú, Alvarito, Lilián, Graciela, el Pipi, el Turco Antonio, Silvia, Cristina, y tantos otros imposibles de enumerar en su totalidad, así como algunos que ya no están como el Petiso Julio, Carlitos y  Pedro. Me ennovié con Ely con quién después me casé, “y me la traje conmigo y no la fui  a devolver”. Todo eso fue tan fuerte que permea mi vida y mi literatura, y por eso cuando en el 74 me vine a Montevideo a estudiar, el traslado me resultó tan arduo y doloroso. De pronto había perdido el contacto cotidiano con todo ese mundo del que recién hablaba, campeonatos, bailes, amigos, mi familia, mi hermosa casa;  mi vida como era hasta entonces. No debe olvidarse que las comunicaciones no eran como lo son ahora, viajábamos muy de vez en cuando, y las llamadas telefónicas eran difíciles porque eran por operadora y las demoras eran eternas. Para colmo estábamos en plena dictadura, y Montevideo aparecía  plomiza, gris,  casi a oscuras por la gran crisis por los precios del petróleo y habían restricciones eléctricas, la televisión solo comenzaba como a las cuatro de la tarde, los escaparates de los comercios solo podían encender determinado tipo de luces, habían apagones programados; y además, había como una gran depresión social. En la prensa y en los actos oficiales los voceros de la dictadura se pavoneaban con bombos y platillos, pero en la calle la tristeza se palpaba, por otra parte la cultura había casi desaparecido pues prácticamente totalidad de los artistas estaban prohibidos como actores y grupos teatrales como El Galpón, cantantes y grupos musicales que hasta el golpe de estado tenían una vigencia y una popularidad enorme como Los Olimareños, Alfredo Zitarroza, Daniel Viglietti, Totem, Psiglo. En el interior todo eso se notaba poco; en Montevideo era terrible. De todas formas, vivir una dictadura en vivo y en directo, me sirvió para inmunizarme para siempre contra todo tipo de despotismos y dictaduras; vivir sin parlamento, sin partidos políticos, sin gremios, sin libertad de prensa, sin elecciones,  escuchando durante once años solo una voz oficial monocorde, hace que nunca más se quiera vivir sin pluralismo,  sin Estado de Derecho y sin garantías y derechos individuales. Extrañaba tanto al pueblo que en aquellas épocas, con ganas y sin ninguna técnica,  pinté un óleo con un paisaje que quiere ser una representación de la costa del arroyo Corrales al atardecer, con el monte en la ribera y el agua a sus pies, todo en tonos de ocre que refleja perfectamente mi nostalgia y mi dolor de aquella época. Pese a sus defectos siempre lo conservé, y es el óleo que elegí para que fuera la tapa de mi primer libro.

Ejercí sin pausas y sin desmayos mis  profesiones de abogado y de escribano, y también la docencia, con toda la pasión que pude,  me embanderé en la causa de la defensa de los más débiles como Defensor de Oficio en el Poder Judicial, y siempre,  lo más importante de todo, mi familia y mis hijos creciendo y cursando jardín, escuela,  liceo, facultad. Pasó la dictadura, pasaron Bordaberry, Alberto Demichelli, Aparicio Méndez, y el Goyo Álvarez, el plebiscito del 80, las elecciones internas de los partidos políticos de 1982, los cacerolazos y el acto del obelisco de 1983,  la liberación de Seregni, el regreso de Wilson, el Pacto del Club Naval, y las elecciones de 1984.  Vino la democracia, las presidencias de Sanguinetti, Lacalle, nuevamente Sanguinetti,  la reforma constitucional de 1996 y la instauración del ballotage que llevó a la presidencia a Jorge Batlle, y finalmente el triunfo del Frente Amplio en el 2004 que llevó a la presidencia a Tabaré Vázquez, y luego los gobiernos de Mujica y nuevamente  de Tabaré Vázquez.

Sin embargo, nunca, jamás en todos estos años perdí contacto con el pueblo al que siempre seguí yendo y continué ligado. Vi el deterioro de su plaza y de su entramado social, el viejo liceo dio paso al liceo nuevo,  cambiaron los comercios, aparecieron nuevas industrias, las viejas calles de tierra fueron asfaltadas –por lo menos las más importantes-, los pozos negros fueron sustituidos por el saneamiento, en la vieja Plazoleta se creó una terminal de ómnibus,  la ruta 8 ahora pasa orillando el pueblo, sin ingresar por sobre el túnel  como lo hacía antes, el Banco República tiene su local propio al lado de la Comisaría y no como al principio cuando fue instalado en el enorme hall de ingreso al salón de baile del Club Centenario, la Iglesia fue completamente remozada por dentro con el altar no al final de la nave como antes sino a un costado, el cine Rivera cerró sus puertas hace mucho tiempo y tal vez para siempre, y ya no se juega al fútbol en la canchas de fútbol oficiales de antaño como la del Club Barrio Coya en el campo de la pista de carreras de caballos al lado de la estación del ferrocarril, o la del Club Atlético Aurora sobre la ruta 14.  La cúpula y las estructuras superiores de  preciosa estructura con barandas laterales en forma de arcadas geométricas del puente de la carretera, fueron demolidas y cambiadas por un moderno y más firme piso por el que pasa la ruta bordeada ahora apenas por unas baranditas sin gracia. Pero aburriríamos a las nuevas generaciones si siguiéramos hablando de lo que se fue y ya no está, como el bazar de Pirincho Díaz, la tienda Los Alpes de Gregorio Charquero, las sastrerías de los hermanos Juan y Alberto Yapor, el almacén Mate Amargo del Turco Antonio, la farmacia de Don Mayol, la Caja Popular, el almacén de Del Pino, los bares del Negro Pereira y del Brasilero, los hoteles de Escamendi y de Abreu, el Molino Lope de León e Hijos, la Fideería Las Tres Hermanas existente en el predio contiguo a los restos del Molino de Tanco,  y nada más ni nada menos que la gloriosa Plaza de Deportes donde a influjos del popular  Cono Alvez –profesor de educación física- se construyó una pista de atletismo, se hicieron saltaderos de salto alto y salto largo, lanzaderas de bala y jabalina, una cancha de vóleibol y de fútbol pequeña para partidos de baby fútbol y juveniles, donde entrenamos, competimos y sufrimos inolvidables triunfos y derrotas, fue loteada y vendida en solares para oprobio de quién donara la manzana cuadrada con total desprendimiento y con fines puramente altruistas y comunitarios.  Murieron el Dr. Alberto Podestá Carnelli, médico insigne del pueblo y a quien cupo el honor de ser senador de la república, el Dr. Walter Bascuas, también médico general de destacada trayectoria y solvencia, el apreciado Dr. Danubio Viera, y se han instalado nuevas generaciones de médicos ahora especialistas en el marco de las Mutualistas que abrieron sucursales tales como IACC de Treinta y Tres, y CAMDEL de Minas. Murió el Escribano Ibarra tradicional notario de la localidad, y se abrieron paso  otros pioneros como Luisito Cabral y Enrique de León y tras  ellos una camada de jóvenes escribanos. Se han instalado nuevas generaciones de profesionales como abogados, veterinarios, odontólogos, psicólogos, agrimensores, etcétera, antes inexistentes.  La tradicional empresa de pompas fúnebres de Polonio Juárez, que operaba como mera sucursal de una empresa de Treinta y Tres,  cedió su lugar a las empresas de Wilke Pintos y de Juan Carlos Toledo, y al frente de las cantinas de los Clubes Centenario y Democrático ya no están Víctor Gadea ni el Gordo Carabajal.  En la Iglesia, el cura Baco dio paso a los inolvidables curas catalanes Antonio Clavé y Sebastián Pijuán, y éstos luego de un pasaje brillante, a varios otros curas sucesivos. Se crearon festividades  populares anuales muy importantes como los Raides Hípicos Dr. Podestá Carnelli y Hugo Silveira, así como la Feria Espectáculo, y el pueblo actualmente hasta tiene su radio Delta FM; pero al mismo tiempo desaparecieron personajes populares e histriónicos e incluso grotescos, de otro tiempo, como el Cacho Orique y Caruso, y una ola inusitada de delitos ha asolado el pueblo como nunca se viera en toda su historia.  En fin, en esos parajes al norte del entonces departamento de Minas, apenas unos rancheríos sobre las costas del arroyo Corrales, vino a asentarse mi bisabuelo materno Bernardo Coya Cayado hacia 1872, proveniente de Asturias, y realizó luego en sus campos uno de los primeros fraccionamientos de terrenos y el primer plano del pueblo, de 1918; y ahí también vino a dar  mi padre hacia 1950, proveniente de Batlle y Ordóñez (Nico Pérez para mi familia paterna) cuando ingresó por concurso a la entonces Caja Popular (después Banco Casupá), conoció a mi madre con quien se ennovió y se casó… pero detengámonos  por acá. Aún a costa de que injustamente muchísimas cosas y personas importantes queden fuera de esta brevísima reseña, no deseo convertirme en un émulo de Juan Rulfo describiendo una suerte de Comala más poblada de recuerdos y de muertos que de vivos.

Regresa uno al pueblo, y lo envuelve el aire fresco de las mañanas, el olor a tierra de las calles, el paisaje que circunda la loma sobre la que está el caserío y que apenas se va divisando entre las edificaciones cuando se camina. Al norte la vista de las serranías que suben hacia María Albina y las sierras de Palomeque, el cerro por el cual viborea la ruta que va hacia Treinta y Tres, Melo y la frontera, la cinta oscura del monte y del arroyo. Al sur el lejano campo allá abajo donde otrora estuviera la cancha de fútbol  y la pista de carreras de caballos, el local de ferias y la isla de eucaliptos contra la estación del ferrocarril.  Corre una brisa, el sol juega entre las hojas de los árboles, miramos al oeste y al este, todo nos es cercano y todo nos es familiar, con recuerdos y sentimientos que nos asaltan y nos atraviesan por todos lados, y sentimos que estamos en casa, que este es nuestro lugar.

En 1968, en plenos festejos del cincuentenario, a veces se me pasaba por la mente un pensamiento que consideraba fruto de mi imaginería desbocada, algo que si bien posible, era tan pero tan sumamente remoto que era casi imposible considerar que pudiera llegar. Que algún día en un futuro nebuloso e incierto el pueblo cumpliría cien años y que entonces a mi edad le sumaría a su vez otros cincuenta.

Ese futuro remoto e inaudito ya está aquí. El 1º de febrero de 2018 el pueblo cumplirá 100 años.


[1] Para escribir esta crónica consulté datos de la revista del Cincuentenario “50 años. José Pedro Varela” número extraordinario de Serrana, de Minas, y de la revista “Idealismo” Nº 144, mayo de 1968, dirigida por don Carlos J. Freira, productor rural y poeta.

1 Comment

  1. Quisiera corregir un error, donde pone Bernardo Coya Cayado debería de poner Bernardo Coya Sánchez,por ser hijo de Juan de Coya Cortina y de Josefa Sánchez del Fresno. San Martín de Vallés, Villaviciosa, Asturias 28 de Julio de 1845.

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