“Decían que yo era grasa porque aparecí en la tele sin corbata, de vaqueros, con termo,  mate y cigarro”. Entrevista / recuerdo de Omar Gutiérrez

En 2012 los periodistas Raúl Ronzoni y Mauricio Rodríguez – editor de Granizo – publicaron el libro “¡Vidas bien vividas!” (Editorial Fin de Siglo). Se trataba de entrevistas profundas a distintas personalidades del ambiente cultural, político, deportivo, etc. Omar Gutiérrez fue uno de los entrevistados. A modo de homenaje y recuerdo compartimos en forma íntegra la conversación que se incluyó en aquel libro.


 

Nombre: Omar Humberto Gutiérrez Larre.

Nacimiento: 21 de enero de 1948 en “la República de San José”.

Estatura: 1.87 metros.

Peso: “Ahora estoy medio pasadito, estoy en 106 kilos”.

Calzado:  Nº 44

Comida preferida: “El asado con pulpón, ni que hablar”.

Bebidas preferidas: “Antes tomaba mucha Coca Cola pero ahora cambié y tomo bastante agua mineral”.

Libros: “No leo mucho, aunque estoy intentando leer más”.

Cine: “Cuando era joven iba mucho, en la década del ’60 las vi casi todas. Pero ahora no voy nunca. Creo que la última película que vi fue “La sociedad de los poetas muertos (1989)”.

Música: “Toda”.

Teatro:  “No voy. Últimamente mi vida se centra en mi mundo chiquito de San José”.

Club de fútbol: Peñarol.

Club de básquetbol: “Aguada, porque ahí tenía amigos y Malvín, porque animé el tablado del club en un Carnaval”.

Los focos del estudio de Canal 10 comienzan a difuminarse hasta que se apagan completamente. Es un jueves cerca del mediodía. Hace instantes que terminó una nueva emisión del programa matutino “Hola vecinos”. Los brillantes colores del estudio que durante toda la mañana irrumpieron en miles de hogares dejan en un instante el paso a la penumbra.

El mundo casi mágico se desvaneció.  Lo que minutos antes era un living cargado de dinamismo, bromas, información, recetas de cocina, móviles en vivo y el desbordante trajinar de la productora Mayra Barragán, se transforma en una escenografía sin alma: maderas pintadas, adornos ficticios y falsas ventanas a través de las cuales se observa una enorme foto de Montevideo. Omar Gutiérrez y sus compañeros de trabajo se dispersan. Petru Valensky se despide y sale presuroso y también lo hace Ana Nahum. “Juanchi” conversa en la puerta con dos personas, Iñaki Abadie espera por un productor, Ana Durán recoge utensillos y Rafael Cotelo se convierte en  centro de burlas por el color de su remera. Se huele la buena onda y el afecto.

Persiste el rumor de algunas voces y bromas entre técnicos, sonidistas, camarógrafos y asistentes. Algunos se disponen a comer el plato que ese día preparó Durán, la cocinera del programa. Otros, previsores, colocan una cadena con un candado en la puerta de la heladera para preservar las vituallas para el día siguiente.  Varios  recogen cables, guardan micrófonos, controlan consolas y hacen llamadas celular en mano. El perro “Amigo”, mascota del programa, no cesa de dar vueltas. Recibe un saludo tras otro mientras el equipo de producción define algo fundamental:  quién tiene ese día la responsabilidad de sacarlo a pasear.

Omar Gutiérrez  recorre el camino hacia la puerta para salir del estudio, un ambiente que es,  junto a los estudios de radio, su hábitat natural. Allí  se mueve como el pez en el agua.  Se pierde por uno de los pasillos para ir a quitarse el maquillaje. Sobre la mesa  quedan el termo y el mate, una especie de marca de fábrica del conductor y de su estilo de comunicación, por ahora sin competencia.  Alguien recoge el mate para el ritual de vaciarlo, lavarlo y volverle a poner yerba. En un rato Omar continuará con su ritual que seguramente le ayuda a combatir la ansiedad oral desde que dejó de fumar.

La tríada “Omar – mate – cigarro” irrumpió en la televisión en 1989 luego de apoyarse en un trampolín de 20 años de radio entre emisoras de San José y Montevideo (Sport, Oriental, El Espectador, Montecarlo y CX 30 Radio Nacional). Eran tiempos en los que no existía la prohibición de fumar en lugares cerrados. El cigarrillo y el mate unidos generaron críticas de  algunos que no concebían  tamaños actos de “uruguayismo” y de ruptura de esquemas.  Para colmo no usaba corbata, hasta ese momento un símbolo de elegancia y seriedad antes de pararse frente a una cámara de televisión.  Sólo  usa pantalones vaqueros y camisas y para completarla hace más de 20 años habilitó la entrada al mundo de la televisión de grupos de música tropical y  del canto popular.  El avispero se alborotó y los defensores a ultranza de la “cultura seria” le estamparon etiquetas variadas: “terraja”, “grasa” o  “chabacano”. Pero el maragato resistió inmune escudado en la receptividad popular.

Con el transcurso del tiempo su siembra le dio la razón: fue cosechando puntos de rating abonados por su irreverencia sin guión y espontaneidad sin pudores. Sobre todo el uso de un lenguaje coloquial,  con desinencias y acento casi campesino, distante de la dicción que en esa época utilizaban las “estrellas”,  muchas veces fugaces en el firmamento del espectáculo. El “hombre común” había encontrado su eco en este hombre de risa fácil.

Pocos en la historia de la televisión y la radio del Uruguay han logrado una identificación tan fuerte con sus seguidores populares. El propio Omar se sorprendió y emocionó al recibir miles de muestras de cariño cuando en 2007 fue operado  por una insuficiencia respiratoria que puso en riesgo su vida.  No sólo lo alejó durante meses de la pantalla sino que -como toda situación límite-, lo llevó a replantearse aspectos centrales de su vida. Cinco años después volvió a pararse  frente a una cámara de televisión, con más quilos y las mismas mañas.

Desde marzo de 2012 y luego de un largo espacio de silencio de radio tiene también un nuevo espacio “la 22”,  Radio Universal. Conduce “La oreja”, un programa vespertino, y su contratación, junto con la del periodista Aldo Silva, es una de las grandes apuestas de la emisora decidida a renovar su propuesta, su logo y su nomenclatura.

Finalmente Omar –a secas, con la familiaridad cosechada en el público-, aparece  a  un costado de la escenografía con la cara limpia y sobre la cual se destacan sus característicos lentes y la prominente nariz, objeto de  habituales auto bromas. ¡Qué mejor que un  estudio  de televisión para una conversación que se extenderá durante casi tres horas!  El mate está nuevamente a punto y una tentadora espuma asoma en el borde circular.  Con él en la mano extiende el brazo y sin expresarlo en palabras, apenas con  un gesto, pregunta: “¿Quién toma?”.

Principio requieren las cosas. ¿Cómo se integraba la familia Gutíerrez en el momento de tu nacimiento?

– Mi viejo fue funcionario de Salud Pública toda su vida, y, entre otras cosas, militante colorado de Luis Batlle, primero, y de Jorge (Batlle) después. Éramos cuatro hermanos de los cuales uno murió muy joven, a los 18 años. Ahora tendría 58 años. Nací en “la República de San José” pero después vivimos mucho tiempo en Guichón.  A instancias de un amigo yo solía decir a través de los micrófonos de la radio: “la República separatista de San José”,  pero la gente entiende lo que quiere. Una vez llamaron a “El Espectador” cuando trabajaba ahí y protestaron porque yo le estaba haciendo propaganda subliminal a la ETA. ¡Estamos todos locos! (ríe incontenible). Así que para evitar líos empecé a decir  “la República de San José” a secas. Vivimos un año en Montevideo, en el Prado, y fui a la escuela de allí. Una vez hubo una epidemia  de poliomielitis y recuerdo que entre otros la tuvo el colega Daniel Braná.  El foco de la enfermedad estuvo en Montevideo, Canelones y San José. Entonces mi padre pidió que lo trasladaran de Montevideo, y como se estaba por inaugurar el Centro Auxiliar de Salud Pública de Guichón, allá fuimos. Por lo tanto ahí cursé a la escuela y el liceo.

La escuela y el liceo de esa época  pertenecían a un mundo diferente.

– Obviamente que era un mundo diferente al de hoy, pero las travesuras eran las de siempre, aunque yo diría que con más prolijidad.  En secundaria fui presidente de la Asociación de Estudiantes del liceo de Guichón. La única vez que hicimos paro fue porque no querían dar libre un lunes cuando había caído feriado un martes. Era un día “sándwich” y no queríamos ir al liceo. No teníamos fundamentos gremiales ni nada parecido, simplemente queríamos tener ese día libre. En esa época Guichón era un pueblo muy chico, la televisión casi no llegaba y los otros medios a los que se accedía eran los más grandes, tanto diarios como radios.  Esto significa que de alguna forma estábamos lejos del movimiento estudiantil y de los movimientos de trabajadores que había de este lado del país.

– ¿Eras buen estudiante?

– Ahhhhh…. muy desprolijo (ríe). Me gustaba ir, compartir momentos con los compañeros, actividades recreativas, jugar al fútbol, y esas cosas, pero no me gustaba estudiar. Repetí cuarto año de liceo. Terminé el liceo y me volví a San José antes que mis padres  para seguir Preparatorios. Fui a vivir a la casa de mis abuelos.

Hablamos de Preparatorios (hoy Ciclo Básico), en una edad en la que seguramente despertaste a los primeros romances.

– ¡Fue muy gracioso! Durante un tiempo tuve una novia pero ella no sabía que éramos novios (risas).  Me quedaron registradas en la memoria las famosas matinés en el cine  “Artigas”.  A mí me gustaba una muchacha,  Martha  – ¡por las dudas no digo el apellido! –, y en el cine yo me sentaba en la fila detrás de ella.  Con tocarle un pelo desde atrás ya era maravilloso (risas). Si los chiquilines de ahora leen esto van a decir: “¡pero este tipo es medio quedado!” (ríe).  Recuerdo que un día mi madre – que se enteró de mí pasión por Martha –,  me compró un monedero  ¡un monedero! (ríe)  para que se le regalara. Fui hasta donde ella estaba, le toqué el hombro, le tiré el monedero sin decirle una sola palabra y me fui. Ese fue mi primer gran amor.

– ¿Cuándo comienza a aparecer la inquietud o la vocación por la radio por estar frente al público?

– Sin quererlo en Guichón  tuve una experiencia pública porque una vez me pusieron como director de una orquesta juvenil.  Yo no tenía mucha idea – siempre tuve buen oído pero cantando soy horrible –; me dieron una batuta y fui (risas).  Fue en San José dónde tuve la primera experiencia en radio con dos amigos.  ¡Lamentable !. Fue en la radio de AM de San José y por supuesto que en ese tiempo lo tomaba como un hobby. Habíamos hablado con el director de la radio y compramos un espacio los domingos de noche. Hicimos un espacio de música, la clásica pregunta de carácter general e invitábamos a alguien de vez en cuando. En el primer programa pedimos los oyentes trajeran una mosca viva (ríe), y allá apareció un loco de la guerra – como hay en todo pueblo-,  con la mosca (ríe). Era la década del ’60 y la radio tenía mucha penetración.   Ocupaba un lugar muy importante, sobre todo en el interior – quien viva o provenga del interior  bien lo sabe –.  La radio cumplía un rol social muy importante, como vínculo entre los vecinos, información sobre el estado de los enfermos, cumpleaños, casamientos…

¿Podías conciliar ese hobby con los estudios?

– Por supuesto. Yo me había decidido por hacer Derecho porque no tenía Matemáticas. Al final me faltó una materia para terminar Preparatorios. Lamentablemente no avancé más. Muchos de los de mi generación son profesionales universitarios y por suerte les ha ido muy bien. Yo seguí en lo que a mí me gustaba…

¿Sólo estudiabas y tenías la afición radial, o además trabajabas?

– Trabajé en varios lados. Había una empresa que se llamaba Antel – pero que no era el ente – que aseguraba  televisores y daba service.  Yo recorría casa por casa intentando hacer socios.  Se pagaba una cuota por mes. Después trabajé  en una tienda, “Las Palmas”,  y  en un supermercado manejando un camión chiquito,  un Citroen con el que vendía vino. Por esos tiempos me peleé con mis padres y estuve durmiendo unos días en un boliche porque un amigo me recibió ahí.  Fui, también casi un año empleado público. Hicieron un llamado para integrarse a la Inspección de escuelas y participé en un concurso que no era demasiado exigente. Estaba convencido de que a raíz de las vinculaciones políticas de papá fue que entré. Era una tarea administrativa.  Entonces tuve una actitud muy romántica – no sé si hoy lo haría, pero en ese tiempo me mantenían los viejos –.  Entendí que no merecía estar en ese lugar y haber llegado de esa manera (por la influencia de su padre) y renuncié.

¿En qué momento la radio pasa a ocupar un lugar importante en tu vida?

– Logré que un amigo, Javier, me diera un espacio los sábados de tarde. Ahí empecé despacito. Luego conseguimos un espacio todos los días de tarde y de a poco fui forjando mi manera de hacer radio. Nos fue bien por sentido común: comenzamos a hacer cosas que eran usuales en Montevideo pero no en San José.  Por ejemplo, empezamos a transmitir de exteriores. Nos íbamos a la plaza a hacer móviles.  Era bravísimo porque se transmitía por aire, había que orientar una antena, y sintonizar bien porque de pronto se entreveraba todo. A la gente le gustó, nos empezó a ir muy bien y empecé a vivir de la radio. Al mismo tiempo con otro amigo teníamos una discoteca con la que dábamos servicio a fiestas, cumpleaños, casamientos y festivales de escuelas.

– ¿Tus padres aceptaban que te dedicaras a la radio?

– Si, no había problemas.  Siempre digo que cuando uno tiene 18 años es incendiario pero cuando pasamos los 40 o 50 somos bomberos. Por eso mismo se dio que con mi padre tuviéramos un desencuentro generacional  por cuestiones políticas. La primera vez que voté lo hice por el doctor Amílcar Vasconcellos que fue senador del Partido Colorado. Él escribió un libro inolvidable que se llama “Febrero amargo” en el que Vasconcellos anunciaba lo que pasó después con el golpe de Estado. Más adelante me integré a la lista 99 (liderada por Zelmar Michelini) que en gran parte de su trayectoria estuvo en el Frente Amplio.

– ¿Cómo te acercaste a la izquierda con la influencia paterna batllista?

– Me considero un admirador del veterano (José) “Pepe” Batlle (y Ordóñez), que fue un adelantado. Me parecía que si bien los partidos tradicionales habían contribuido mucho en la formación del Uruguay, ya tenían muchos vicios algunos de los cuales me parece que han sido ahora tomado por la izquierda. Bueno, nos acercamos a la izquierda porque queríamos algo distinto. Ayuda mucho estar vinculado al movimiento estudiantil e influyó  estar en San José por la influencia de Montevideo por su cercanía.  No sé qué opinarán los demás, pero creo que hubo un elemento importantísimo en el cambio de la gente y que permitió que la izquierda ganara las elecciones por primera vez que fue la aparición del la televisión por cable. Acá se dio un fenómeno bastante particular  y es que el cable se desarrolló antes en el interior que en Montevideo. De esta forma la gente tuvo la posibilidad de acceder a ver otras cosas, buenas y malas, por supuesto. Gracias a eso se fue dando cuenta de un montón de cosas y antes era más difícil porque los medios respondían en su mayoría a los partidos tradicionales.

– ¿Querés decir que en esa época había un mensaje hegemónico?

– Ahhh, creo que sí. La gente empezó a ver otras cosas y de otras partes del mundo.

– ¿A qué vicios de la izquierda te referís?

– Hace poco comentaba que varios de los actuales presidentes latinoamericanos fueron guerrilleros, y que ahora les  toca estar de este lado del mostrador y es una situación distinta. Yo creo que el presidente José Mujica ha logrado cosas buenas . Faltan muchas, pero lo más preocupante es que yo pensaba que algunos vicios no se daban en la izquierda. Pero también se dan. Por ejemplo, la ambición de poder no es exclusiva de ningún partido político ni de ninguna ideología sino, lamentablemente, es inherente a la condición humana.  Hoy se ve la lucha de determinada gente por estar en determinados lugares. Puede ser producto, entre otras razones, de que muchos  se sintieron desplazados y que ahora, al estar integrados a determinado organismo y tener su cuotita de poder genera esos “ruidos”.

Partiendo de tu caso, ¿es positivo o negativo que las figuras públicas vinculadas a los medios de comunicación, que manejan información privilegiada, manifiesten su posición partidaria?

– Yo me he expresado sobre mi ideología porque me preguntan. Lo digo porque si elijo algo es porque creo que va a ser mejor para la gente y para mí. Ahora, si vos te manifestás políticamente a cada rato y aprovechás tu espacio para favorecer a un partido, eso no está bien. No sé si es saludable que las figuras públicas de los medios manifiesten su posición política, pero no me parece mal en la medida en que hagan bien su trabajo. Todos somos seres políticos y salvo excepciones todos tenemos nuestros puntos de vista, nuestros partidos y nuestra ideología. En el trabajo nuestro, por ejemplo, cuando entrevistamos, hay que evitar ser tendencioso. Objetivos nunca somos, pienses como pienses, porque muchas veces nuestras preguntas van trasuntando nuestro punto de vista. Pero no hay que ser tendencioso, “no hay que flechar la cancha”.

– ¿Alguna vez te cuestionaron por expresarte políticamente en público?

– Sí, claro.  Sin embargo nunca nadie se negó a un reportaje. Hubo entrevistas pintorescas, por ejemplo con Jorge Batlle. Por su personalidad lo amás, lo querés, lo escuchás y lo disfrutas, porque tiene ratos divertidos, pero hay otros en los que los querés matar (risas). Siempre entrevistar a los presidentes es difícil. Primero, porque más allá de la opinión que se tenga de ellos, los políticos uruguayos o los presidentes que hemos tenido son muy buenos dialécticamente.  Se expresan muy bien y son muy inteligentes. A veces es difícil poder “atraparlos” (risas). He tenido algunos desencuentros con alguno, pero siempre en un tono amable.

– ¿Cómo desarrollaste tu trabajo en la dictadura siendo simpatizante notorio de la izquierda?

– Estuvo bravo. Sobre todo porque uno sabía que tenía que adaptarse. Te quedaban dos posibilidades: si te quedabas en el país sin colaborar con la dictadura tenías que sobrevivir, que es lo que creo hicimos miles de uruguayos. La otra  era irse. Durante ese período aprendimos algo muy interesante que es  hablar entrelíneas. Las generaciones más jóvenes quizás no lo sepan pero en la dictadura el sólo hecho de decir la palabra “libertad” podía tomarse como subversiva.

¿Tuviste algún problema personal?

– Aunque parezca mentira los tuve en San José y no acá en Montevideo. Yo vine a Montevideo en el año ’80. Y allá en San José, como dice la publicidad de una bebida, “nos conocemos todos” (risas). Los militares y policías de la época no entendían mucho y muchas veces me decían: “vo, ¿vo sos marxista, no?” (risas) Yo les contestaba: “no, soy batllista”. Y me contestaban “anda, flaco, ¿a nosotros nos venís a hacer letra?” (risas). Mi interpretación del battlismo me acercó más al Frente que al Partido Colorado.

– ¿Seguramente tuviste referentes radiales en San José y Montevideo?

– No sólo en Montevideo o de San José.  También en Argentina porque en San José escuchamos todas las radios argentinas. De  Montevideo escuchaba mucho a Elías Turubich que por suerte tuve la oportunidad de ser gran amigo de él. También conocí a Rúben Castillo y a Omar de Feo cuando estaba en Radio Carve. Tuvimos una época brillante de la radio: Imazul Fernández, Vicente Dumas Sottolani, más adelante Néber Araújo. Me voy a olvidar seguro de alguno y pido mil disculpas. En Argentina había varios: Héctor Larrea, Amadeo Carrizo y una persona que murió no hace mucho tiempo, que también trabajó en Uruguay, que era Hugo Guerrero Martinheitz, el “peruano parlanchín”. Creador de un estilo muy particular. En San José había un informativista y periodista muy famoso que lamentablemente murió joven – papá de varios murguistas – que fue Carlos Lacava Berardi. Siempre me acuerdo de él.

– Dijiste que Guerrero Martinheitz se destacó por un estilo particular.  ¿Crees que hay un estilo “Omar Gutiérrez”?

– ¡Phha, no sé!… (Piensa) Cuando empecé, sobre todo en la televisión en 1989, intenté ser como soy. Creo que soy como el uruguayo medio, con sus defectos y sus virtudes. No sé si hay un estilo “Omar Gutiérrez”…

Esa “uruguayez”, la del uruguayo medio que mencionás, es para muchos sinónimo de “chabacano”, de “terraja” o de “grasa”

– Ahh, sí. Decían que yo era grasa porque aparecí en la tele sin corbata, de vaqueros, con termo,  mate y cigarro. ¡Imagínense! Y encima metí música tropical. Pero es una música que representó y representa a  un sector de gente que quizás no tuviera otros lugares. Como en todo, hay orquestas buenas y malas. Pero no podemos olvidarnos que acá hubo orquestas formidables como Combo Camagüey, que estaban al mismo nivel que los grupos salseros centroamericanos.  Creo que fue un gran avance y nos fue relativamente bien,  no me puedo quejar, pero todo se dio en forma intuitiva.  Nunca hice un estudio de marketing o de mercado para ver cuál era mi mejor perfil. Bueno, alguno se va a reír cuando lea que hablé de mi perfil (se toca su prominente nariz y se ríe a carcajadas). Es obvio que a veces acertás y a veces no. Pero sobre todo en la tele hay que intentar ser lo más natural posible. Como decía hoy, no ser tendencioso y comprometerte con la vecina.

Tu estilo o forma personal de comunicarte nació primero en la radio y después pasó a la televisión.

– Es verdad. Es más, nuestro primer programa en Canal 4 era el mismo que hacíamos en la radio pero por televisión, conformado por los mismos compañeros de  Radio Oriental: el mismo operador, la misma locutora, el mismo movilero. Pero no estábamos en la radio sino que íbamos al estudio del canal

– ¿Cómo llegaste a la radio de Montevideo?

– Antes de venir  estuve en San José en varios horarios y radios. Me echaron más de una vez pero no por política (risas) y después volvía.  Empezó  en Radio Montecarlo un programa que aún existe y le va muy bien, que se llama “El tren de la noche”.  Como nosotros teníamos allá un programa en la noche empezamos a tener algunos contactos telefónicos.  Uno que nos dio una mano muy grande fue Julio Toyos, “el poeta”, un personaje muy comprometido también, a quien llamábamos de noche y conversábamos al aire con él. Después me hizo un nexo y vine a trabajar a Montevideo. Antonio Ceti fue otro que ayudó muchísimo. Había tenido una experiencia antes en Radio Carve donde no anduve bien. Me pagaron todo un mes de pasaje y comidas. No anduve bien porque era todo libretado y yo no soy egresado de nada. Sólo hago lo que me sale. Después estuve un mes en Radio Imparcial y tampoco funcionó. Cuando llegué a “El tren de la noche” y lentamente empecé a ocupar un lugar. Empecé atendiendo el teléfono –en esa época no se podían sacar las llamadas al aire –, y un día hubo un problema interno entre los directores del programa y quedé acompañando la conducción. Ahí empecé.

– ¿Cómo fue el proceso de adaptación a Montevideo?

– En realidad nunca me instalé en Montevideo, viajaba todos los días desde San José y hasta el día de hoy lo hago. Solo un mes en mi vida, por el ’85, cuando presenté carnaval en el tablado del Club Malvín, me quedé en Montevideo.

-¿Fue interesante esa primera etapa en “El tren de la noche”?

– El programa anduvo y anda  bárbaro porque tanto Panelo como Amoroso, sus creadores – a quien siempre les agradeceré la oportunidad que me dieron–, tuvieron una idea muy acertada: un programa de madrugada pero con la dinámica de uno de las ocho de la mañana. Hasta ese momento se usaba la voz engolada y eso también cambió. Al tiempo ocurre un hecho bastante particular, que era como irse de Jorge Pacheco Areco al Partido Comunista o de Peñarol a Nacional (ríe): en 1984 me fui a CX 30 con mejor sueldo. Tengo que reconocerle al grupo Romay -con el que sin dudas tenía discrepancias muy grandes en otros aspectos-,  fue la libertad de trabajo que me dieron incluso en dictadura. A tal punto que en Montecarlo actuaron en vivo, en plena dictadura, las murgas “Araca la cana” y “Reina de la Teja”, el dúo “Larbanois – Carrero”, el grupo vocal “Universo”, entre otros. Mucha gente que obviamente estaba en contra de la dictadura como estuvimos la mayoría de los uruguayos. Nunca nadie me dijo nada.

-¿A qué se debió ese “salto” a CX 30 que  en definitiva fue breve?

– Cuando yo aún estaba en Montecarlo CX 30 fue clausurada. Cuando la reabrieron le pedí a un compañero, que era operador,  que me acompañara a saludarlos. Se llama José “Pepe” Domínguez, está viviendo en Estados Unidos. Consideramos que era un medio de comunicación colega que había que apoyar. No podían creer que alguien de Montecarlo los fuera a saludar. A raíz de eso (el director de la radio), Germán Araújo, me invitó a ir. Pero ya de arranque hubo algunos problemitas. Para empezar, y aunque parezca ingenuo, yo no sabía que la radio era del Partido Comunista. Después de la guerra de Las Malvinas definieron que sólo pasarían música en español. Yo tenía un programa que se llamaba “El búho”, muy parecido a “El tren de la noche”. Para demostrar que quería hacer  cosas diferentes, el primer día los dos primeros temas que pasamos fueron uno de la Sonora Cumanaco, una cumbia, y “Rompan todo”, en inglés, de Los Shakers. ¡Se armó un lío!. En la radio no sabían lo que era la música en inglés. Y menos la tropical. Un día Germán me contó que lo llamaban y le decían: “vó, que pasó, ¿contrataste un anarco ahí?” (ríe).

– ¿Qué recuerdo te quedó de tu relación con Germán Araújo?

– Lo recuerdo con mucho cariño. Fue sobre todo un gran comunicador. Un individuo muy polémico y creo que la izquierda le debe mucho a él. Soy un convencido que si la  CX 30 hubiera tenido en ese momento la potencia de Carve,  Rural, El Espectador u Oriental, Germán hubiera sido un (dirigente ruralista Benito Nardone) “Chicotazo” moderno. Casi que presidente.

– ¿Cómo fue la experiencia de “El Búho” en CX 30?

– Buena, pero duró poco; un año aproximadamente. Terminó porque tuve un encontronazo con Germán porque una vez invité a gente del Partido de los Trabajadores. Él estaba muy caliente con ellos porque le estaban “dando palo” al Frente. Esa noche -lo recuerdo clarito-, estaba esperando para entrar al estudio Lucas Pittaluga, que fue famoso porque pasó de ser un obrero de la construcción a diputado de la (lista) 99.  Germán dijo que el Partido de los Trabajadores le hacía mal al Frente y le mandé decir a través de alguien – que no voy a nombrar porque aún está en radio y que era  su colaboradora – que yo no compartía esa visión y que, dado que yo no era el dueño de la radio sino un empleado, me iba. Y me fui. Y dije una cosa que digo siempre:  yo no soy funcionario de ningún partido político. Que me exprese públicamente no significa que sea incondicional.

¿Hubo intentos de algún grupo político de “aprovechar” tu popularidad?

– No. Pero si yo puedo ayudar a que gane mi partido, lo hago. Fui locutor de actos del Frente muchas veces.

– ¿Alguna vez te interesó vincularte formalmente a la política?

– Integré alguna lista y me han ofrecido ser candidato a intendente, pero no acepté. No es mi vocación. Figuré en el tercer o cuarto puesto pero para rellenar la lista. Se ve que no contribuyó para nada. San José parece que viviera todo el año en invierno y en una permanente helada: es todo blanco (ríe). Ahí los blancos la llevan de taquito.

– ¿Qué ventajas tiene San José por las que no te has mudado a Montevideo?

– Desde el punto de vista financiero, ninguno. Ir  y venir en auto todos los días es bastante caro. No me quejo, pero desde el punto de vista personal, es complicado. Quizás sea por la edad… (piensa) ahora uno empieza a refugiarse en su casa, cerca de sus afectos. Cada uno tiene su forma de ser y cada uno tiene su circuito. Yo por ejemplo estoy alejado del circuito de las fiestas de Montevideo. No digo que sean malas, simplemente no me gustan.

– ¿Qué hiciste después de dar el portazo en CX 30?

–  Empecé en “El Espectador”. Me dieron un espacio, estamos halando del año 1985. Era un programa a la tarde que se llamaba “Aire libre” porque empezó con el regreso a la democracia. Recuerdo una anécdota. Hubo un famoso locutor, que conducía un programa de folclore que se llamó “Tranquera oriental”, el “gato” (Alejandro) Artagaveytia, un profesor, hombre de izquierda y militante. Eran las épocas de las fonoplateas y él era un notable locutor. La gente que se quería hacer conocer en esos tiempos, así como hoy va a la televisión, iba a la fono plateas del Espectador, Carve o Centenario. “El Gato” le dio oportunidades a mucha gente. Nuestro programa iba de 15 a 18 horas y luego venía él.  En el último tramo de mi programa le pregunto si luego de la tanda podía contar cómo fueron los primeros pasos de Mercedes Sosa en Uruguay. Cuando volvimos al aire le hago la pregunta y veo que no me contesta, queda boquiabierto, con los ojos como dos huevos fritos, mudo y sin responder. “¿Qué te pasa, Gato?”, le digo. Y veo que atrás mío estaba entrando, precisamente, Mercedes Sosa. ¡Algo inesperado e insólito!. Nadie entendía nada. ¿Qué había ocurrido?  Ella había venido a ver a una amiga que había sido presa política y una de las últimas en ser liberadas del Penal de Punta de Rieles. Se bajó en el aeropuerto y se tomó un taxi y da la casualidad que el taximetrista nos estaba escuchando en “El Espectador”. Cuando Mercedes Sosa oyó que estaba “El Gato”, le dijo al conductor: “¡Phaa, lléveme para ahí!”. El hombre le aclaró: “mire que el programa termina en 20 minutos” y ella le dijo: “¡entonces apúrese!”

-Hemos hablado de muchas cosas pero nada de tu situación personal, amorosa.

– Estuve casado.  Al principio con mi esposa no  tuvimos hijos, ella no quería tener enseguida de casarnos.  Fui papá de viejo a los 41 años.  Me divorcié y tuve otra hija. Se llaman María Clara y Tamara, de 21 y 20 años. Es una linda experiencia ser padre grande, aunque veces me decían: “¡Que linda su nietita! (ríe).

 – Después de tantos años seguramente es verdad lo que dicen de que sos un acumulador de anécdotas.

– Ah, sí. (comienza a relatar sin hacer pausas).  Una vez estábamos en Montecarlo con un siquiatra y llamó una  oyente que quería hablar con él; pero no al aire. Entonces le empezó a decir que se iba a suicidar, porque tenía muchos problemas y ya no aguantaba más. No dijimos nada al aire. Él conversó con ella hasta que logró que le diera la dirección de su casa. Se fue hasta allá con otra persona y le salvó la vida. Esa fue complicada pero con final feliz. En otra oportunidad, en “El tren de la noche”, el portero me dijo que había un señor “medio raro” que quería hablar conmigo. Eran como las dos de la mañana. Fui y en el pasillo me encuentro a un hombre veterano vestido totalmente con el equipo de Peñarol: medias, championes, short y camiseta número nueve. ¡Venía a protestar por el álbum de (Fernando) Morena porque decía que lo habían embromado porque le faltaba una figurita para completarlo y no podía conseguirla! (ríe).  En la época final de la dictadura pero cuando igual todavía estaba brava la mano, en el programa de la noche de Montecarlo nos escuchaban muchos taximetristas.  Dos ellos, amigos, llamados Nelson y Ariel, se arrimaban al estudio todas las madrugadas y dejaban los taxis estacionados en la puerta. Una noche aparece un señor, que creo que estaba medio pasado de alcohol, y le dice al portero que los llamara porque necesitaba hacer un viaje y  saca un carné de la Jefatura de Policía. Me acuerdo de su apellido pero no lo voy a decir. Bajaron los taximetristas y les dijo: “me tienen que llevar”. Ahí se calentaron y anduvieron “pechereando”. A los diez minutos el portero me avisa: “Omar, se complicó la mano, este hombre se los quiere llevar presos”. Yo, por solidaridad, bajé. Y arrancamos todos caminando hacia la Jefatura, que estaba a la vuelta. El hombre me dijo “usted no tiene por qué ir, no es con usted la cosa”. Pero yo quise ir con ellos. Hasta la puerta fuimos bien sin que el tipo dijera nada. Pero fue pasar la puerta y me dio un boleo en el traste (ríe). Me dijo de todo, que era alcahuete de los Romay y mil cosas más. La historia terminó recién al otro día porque estuve toda la noche detenido. Me metieron en un calabozo donde había una barra enorme, ¡pha, estuvo complicado!.  Gracias a otro compañero, que se llama Carlos, que avisó que estaba ahí, me sacaron como a la nueve de la mañana. Pero a los taximetristas les pegaron, le hicieron de todo. En ese momento el ministro del Interior era Yamandú Trinidad y su secretario se apellidaba Sendic (risas). Al otro día me llama este Sendic y me pregunta qué había pasado. Teniendo en cuenta mis antecedentes de que era del Frente yo no iba a decir nada, porque iba a ser peor. Entonces le dije: “nada”. Y me dice: “¿cómo que nada? ¿Usted es hombre? ¿Y sus huevos dónde están?”. Me dijo que conmigo se habían equivocado, y que me querían pedir disculpas  y que el ministro de repente un día me iba a visitar y yo le contesté:  “tá, muchas gracias” (ríe).  Me comí un garrón.

-Los informes meteorológicos han pasado a ser muy importantes en la información. Hace años te hiciste el meteorólogo, anunciaste que llovía torrencialmente y no era cierto. ¿Fue también producto de la improvisación?

– Sí, sí, es verdad ( ríe). Esa vez estábamos con Néstor “Tito” Goncálvez, que En determinado  momento miro por la ventana y veo que estaba cayendo agua a mares. Empiezo a decir “está lloviendo torrencialmente en Montevideo”. Me llama Pedro, el diariero de la esquina de la radio, y me dice “vo, Canario, estás mal de la cabeza. La noche está preciosa”. También empezaron a llamar los oyentes. Yo no entendía nada. ¿Qué había pasado? Se había desbordado un tanque en el piso de arriba y estaba cayendo por la ventana de la radio (ríe). Bueno, después anduve en la Sport, en un programa de la mañana que se llamaba “Sin corbata y en sport” . Eso fue en el ’88. Ahí le hice un reportaje – que creo que es uno de los pocos que dio en democracia – a Raúl Sendic. Perdí el cassette con esa grabación así que si uno lee esto y lo tiene, se agradece si me da una copia (ríe). Sendic cayó a la radio una mañana después de volver de Cuba donde había sido operado. Hablaba con dificultades pero se le entendía bastante bien. Igualmente ya estaba bastante embromado. Al tiempo de eso vuelvo a la Oriental.

¿Cómo fue posible ese regreso?

– El conductor (argentino) René Jolivet intervino y les dijo “tienen que traer a Omar de nuevo para acá”. Fue por el ’89 . De alguna manera es fue la antesala a mi llegada a la televisión.

– La exposición pública que da la televisión es muy distinta a la de la radio, ¿cómo viviste ese cambio?

– Ah, sí, es bien distinto. Como todo, hubo gente que nos apoyó y otros que no compartían lo que hacíamos, y está bien. Son gustos. El primer programa en la televisión fue terrible porque fue una mezcla rarísima. Por un lado había un grupo estable que nos acompañó en los primeros tiempos integrado, ¡fijensé por quiénes!: Manolo Guardia, Eduardo Useta – ex integrante del grupo Tótem – y “Cuque” Sclavo. Lo que explotó la bomba del primer programa fue que intervino el grupo Casino cantando “Azuquita p’al café” y eso de que hubiera una orquesta tropical en un canal era sorprendente y poco usual.  Encima estaba el padre  Ernesto Popelka  que era muy querido y popular  y  que terminó cantando y bailando con ellos (risas). Todo esto nos mereció media página en el diario “El País” de una periodista que dijo que no entendía cómo a la gente le llamaba la atención un tipo que apareció tomando mate y fumando en lugar de apoyar a figuras como Federico García Vigil o Néber Araújo (ríe).  El veteranaje conservador no podía concebir algo así. Costó tiempo que me aceptaran.  Incluso aún hoy nos encasillan con lo grasa. Antes si eras periodista no podías decir un chiste o bailar una cumbia o un rock.

– ¿Por qué incluiste una orquesta tropical?

– Porque me gusta. A mí me gusta toda la música. Yo escucho desde (la orquesta tropical) L’auténtika a (el músico y compositor británico) Roger Waters.

¿En qué has cambiado desde sus comienzos hasta ahora?

– En lo personal me he enriquecido. Me preocupo por leer más,  informarme.  Antes lo hacía pero menos. Trato de estar al tanto de lo que pasa en el país y en el mundo. Así puedo llevar el hilo de una conversación con los invitados sobre los diferentes temas. En eso mejoré sensiblemente. Pero el espíritu sigue siendo el mismo: tratar de preguntar lo que preguntaría el vecino común y yo mismo, sea quien sea el invitado y piense como piense. En cuanto a la televisión antes había más producción nacional. Creo que la globalización tiene sus cosas buenas y también sus cosas malas. Es indiscutible  -y no es una crítica sino que es la realidad-,  que a la mayoría de los uruguayos le agrada la televisión argentina.  No comparto eso que se dice de que no hay otra cosa para ver. ¿Cómo no? ¡Claro que hay! La televisión es un medio muy influyente en cada uno de nosotros. Y tampoco se debe caer en apoyar la producción nacional solo por apoyarla, porque acá también hemos hecho cosas buenas y de las otras. Que vos seas uruguayo y tengas un programa en Uruguay no certifica que lo que estás haciendo esté bien o sea bueno.

– ¿Analizás tu trabajo?

– Ahhh sí. A mí me costó enormemente acostumbrarme a hacer un programa en de los de la mañana.  Hay cosas que no comparto y sigo sin compartir, porque yo nunca estuve en un programa donde se incluyan, por ejemplo, cocina, consejos y esas cosas.

– ¿Lo aceptas porque es una decisión empresarial?

– Ah, sí, claro. Yo acá soy empleado. Si fuera el dueño no haría este tipo de cosas. Pero ojo,  siempre trabajé con libertad, nunca me censuraron nada. Pero son modas. De todas maneras tuvimos y tenemos cosas buenas.

– ¿Hay proyectos que  te gustaría concretar?

– Apuntar para el lado de las entrevistas, de la música, ese tipo de cosas.

– ¿Qué cosas se pueden rescatar de otros canales?

– Creo que ha mejorado muchísimo Canal 5. ¡Muchísimo! Y en los canales privados hay programas muy interesantes también.  Generalmente tenemos el prejuicio de que para que sea bueno tiene que ser periodístico, y no es así. ¡La televisión es entretenimiento también! En lo personal hay dos cosas que no comparto en absoluto, aunque algunas de ellas las veo, soy sincero: los programas de chismes y la crónica policial. De los programas de chismes ya me cansé, no me gusta ver cómo destrozan a la gente. Al principio me llamaban la atención pero ahora casi ni los veo. Tengo enormes discrepancias con el tratamiento que se la da a la información policial. No estoy acusando de nada a mis compañeros. Es obvio que un estudioso del ser humano nos va a decir que todos tenemos morbo. En mayor o menor grado. Pero la crónica policial del Uruguay es (reafirma) ¡la – men – ta –ble! Sé que está vinculado con algo que hoy está en la boca de todo el mundo- y cuando digo esto me refiero no sólo a Uruguay sino a todas partes del mundo -, que es el tema de la inseguridad. No estoy diciendo que haya que ocultar lo que sucede,  pero creo que el insistir no aporta: se muestra una rapiña a las ocho de la mañana y después cada dos horas la vuelven a mostrar, ¡y otra vez la misma historia! Obviamente se hace porque da resultados desde el punto de vista del rating. Creo que los malos ejemplos son contagiosos, pero los buenos también. Siempre fue así, pero en los últimos tiempos se quiere destacar lo morboso. Además de eso, es obvio que hay distintos intereses, y acá me van a sacar la amarilla pero no importa: el interés de un empresario es su bolsillo. Y punto. Y el interés de los colegas o de nosotros mismos, además del bolsillo, va por otro lado.

– ¿Te referís a que se deberían analizar  los mensajes que se emiten?

– Creo que sí, que hay que tener responsabilidad. Nosotros acá, por ejemplo, tenemos un ayudante, Santiago, que es down. Hace reportajes y demás. Y para nosotros él es un compañero más. También hay otros proyectos con gente con cierta discapacidad que va a demostrar que puede hacer muchas cosas.  Tmbién tenemos un perro. Vive acá en el canal, y está por una razón que indica el sentido común: el uruguayo, es “bichero” y “mascotero”. Lo trajimos de un refugio y no es un perro ABC 1 como dicen los estudios de marketing (ríe). Es un perro común. Una compañera que es veterinaria y viene una vez por semana es quien lo cuida. Pero vive acá, en el canal.  Cumple la misma función que, por ejemplo, el mate, que es algo que a estas alturas forma parte de la cultura de nuestro pueblo. Obvio que no todos los uruguayos toman mate, pero la mayoría sí lo hace. Y la mayoría de los uruguayos tienen un perro o un bicho en la casa, aparte de la suegra (ríe).

– Además del mate, desde tus comienzos marcaste la presencia del cigarrillo en la pantalla.  Hace pocos años, tuviste un serio percance de salud en el que incidió ser fumador. ¿Qué te dejó esa experiencia?

– Fue en 2007. Me pasó algo que creo que le pasa a cualquiera: si mañana uno se fractura un brazo y sale a la calle con el yeso, va a decir “che, qué cantidad de gente fracturada hay” (ríe). O cuando te compras un auto y ves por todos lados la misma marca.  Ahora, por ejemplo, tengo un “Tiida”, ¡y está lleno de esos! (ríe). Es algo a lo que antes no le diste bolilla hasta que te tocó vivirlo y observás que hay mucha gente que vivió algo parecido.  Con esto que me pasó es igual.  Aunque han pasado cinco años – estuve internado dos veces más después por cosas  menos graves, creo que no le había dado la importancia debida. Lo que tengo se llama EPOC que quiere decir “Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica”.  Es de por vida. Como dice Jorge “Toto” Da Silveira (imita el tono nasal del comentarista deportivo): “hay que hacer los deberes, ¿eh?” (ríe). El también tuvo una experiencia límite con un accidente automovilístico y se salvó de asco. Si le preguntas a cualquiera que haya vivido situaciones límites, todos te dicen que repensaron un montón de cosas. En lo personal, lo primero que me sorprendió, fue el afecto de la gente. Me acuerdo que un amigo me dijo: “mirá, te soy sincero, a mi vieja no le gusta lo que hacés, no comparte tu estilo, no te mira, pero cuando se enteró que estabas muy grave, rezó por vos”.

– ¿Tuviste miedo de morir?

– Creo que todos lo tenemos cuando pasa algo así. Lo que sucede es que yo no me di cuenta de lo que me pasaba. Yo fumaba muchísimo – tres cajillas por día –, y un día me empecé a sentir muy mal. Viajé a San José muy mal y el doctor, que se dio cuenta enseguida, me dijo: “tenemos que ir al sanatorio”.  Nunca pensé que me iban a dejar internado en el CTI. Algo sospeché cuando me sacaron las placas ese mismo día. Lo insólito es que en el camino al sanatorio iba fumando (ríe). Bueno, me río ahora pero en verdad fue una estupidez lo que hice.

El gobierno de Tabaré Vázquez encabezó una campaña  antitabaco y tomó medidas legales radicales respecto de su consumo que al principio tuvieron resistencias fuertes.  ¿Qué opinás de esas medidas?

– Me parecieron muy bien. Porque los que tenemos adicciones – en mi caso al cigarro – hay cosas de las que no nos damos cuenta. Por ejemplo, que no sólo te estás perjudicando a vos mismo sino también a otros. Estás incomodando a otros. Y no hay que olvidar que mi derecho termina cuando empieza el tuyo. Pasa algo parecido con el terrible problema del alcohol en los jóvenes, aunque me parece que la solución no es prohibirlo, porque puede ser peor. Hay una experiencia añeja, con “la ley seca” de Estados Unidos. Por otro lado está el polémico tema de la legalización de algunas drogas. En lo personal aún no lo tengo muy claro, tendría que preguntarles a los técnicos. Pero capaz que si se legalizan algunas drogas no sólo logramos un mejor control, sino que podés evitar el negocio de la droga.

– A propósito del rating, ¿seguís las mediciones de tus programas? ¿Te preocupan esos indicadores?

– Sí, me preocupan. No me muero por eso, pero sin dudas si uno está haciendo algo y ves que no te ve nadie tenés que replantearte el trabajo o dar un paso al costado. Hace muchos años que estoy en esto, y creo que el éxito de cualquier propuesta depende de sorprender. En un país como el nuestro, tan chiquito, sorprender todos los días es casi imposible. Pero hay que intentarlo.

– ¿Hay algún tipo de programa que te hayas quedado con ganas de hacer?

– Todo lo que he querido hacer, lo hice. Pero además, a estas alturas de la vida, por razones biológicas, es obvio que en la televisión no me queda mucho tiempo. Por esa frase de que “todos cumplimos un ciclo”. En ese sentido la radio te da muchas más posibilidades. La televisión es más desgastante. Y además de tener que intentar sorprender es más difícil. A eso se suma la locura del rating, la competencia. Yo nunca hablé del rating en mi vida, ni cuando sabía que me iba muy bien ni cuando sabía que me iba muy mal o regular. El otro día me enteré que en la mañana nos va bárbaro hasta que empiezan las finales de (el certamen) “Bailando por un sueño” y toda esa historia. Te enchufan todo eso y ahí marchamos. Esa es la realidad.

Desde tu punto de vista de hombre de izquierda, ¿cómo analizás el panorama electoral para las elecciones de 2014?

– Yo me adhiero a la teoría de que si Tabaré Vázquez es candidato tiene serias posibilidades de volver a ser presidente. Pero también es verdad – desde mi modesto punto de vista-, que el mundo de ahora es distinto, que éste Frente Amplio no es igual al que era cuando empezamos. Y eso lo veo problemático.  Como decía, por esa, a veces exagerada, ambición de poder, la cuotita de poder, la “chacrita” o el clientelismo. Hay muy buena gente en todos lados, no sólo en el Frente.  A mí me parece que si queremos mejorar la prioridad es tener políticas de Estado en áreas fundamentales. Yo no sé nada de política, pero por ejemplo, se logró un tibio acuerdo en la Educación. Eso es un gran paso. O algo que no se podía entender en un país como el nuestro, que somos cuatro gatos locos, que es lo de las patentes. Ahí se dio otro paso. Creo que deberíamos tener políticas de Estado por ejemplo respecto de la energía y la inseguridad. En este sentido lo que le pasa a Uruguay le pasa a todo el mundo. Nosotros antes en San José dejábamos las puertas abiertas y decíamos “acá no pasa nada”. Y sin embargo, a la larga, nos empezó a pasar lo mismo que le pasa a las grandes ciudades. Como sociedad es lo mismo porque si lo ponés en proporción en Uruguay decíamos: “no, lo que pasa como en Río o Caracas o Buenos Aires, acá no pasa”, pero finalmente pasó. Quizás sea la parte mala de la globalización.

 

El retiro después de la vida activa: “Supongo -por la experiencia de amigos mayores que yo-,  que debe ser uno de los momentos más difíciles de la vida. Además el retiro significa que entrás en una especie de recta final, que espero sea lo más larga posible (ríe). Sobre todo debe ser difícil para los que durante toda nuestra vida hemos sido bastante inquietos. Y cuando digo inquietos me refiero a ir de un lugar al otro, trabajar, estar en actividad. No me veo sentado todo el día. Capaz que termino en eso… no lo sé…  espero que no”.

Importancia del sexo en la vida: “Es interesante pero no es fundamental”.

Visión sobre la muerte: No tengo muy claro qué pasa con nosotros después de la muerte. Soy cristiano pero no católico, a pesar de que fui monaguillo en Guichón (risas). ¡Si seré viejo que me acuerdo de las misas en latín! (risas). Pero bueno, supongo – o al menos hasta ahora lo creo – que nos morimos y “tá”. No estoy nada convencido que pueda existir algo después, como vida en el más allá o eso de la reencarnación. Me parece que no hay nada. Pero respeto todas las creencias. Lo que sí deseo fervientemente, y eso no sé de quién depende, es que pueda morirme cuando ya no pueda valerme por mí mismo”.


 

 

 

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