El Yimy Yanga. Por Luis A. Fleitas Coya


          Los torneos de fútbol de verano vienen a satisfacer algo así como una ansiedad nacional y masculina, soterrada pasajeramente en las doradas arenas de las playas y en el oleaje del mar de enero. Efectivamente, los torneos amistosos con clásicos incluidos, y hasta los sub 20, vuelven a conectarnos con las transmisiones de fútbol por radio y televisión, campeonatos,  notas y reportajes, opiniones periodísticas, goles, atajadas, offsides. penales  y arbitrajes, pases y polémicas, y todo el mundillo y los personajes tan singulares del ámbito futbolero.

Es que los hombres somos difíciles de desconectar. Las familias, los hijos, y los seres humanos normales en general, son capaces de aislarse por un tiempo de todo, y que playa, paseos, helados, lectura, música y similares pasen a ser el nuevo centro del universo. Pero los hombres…, basta que una lucecita futbolera se encienda en el horizonte para que la locura por la globa, apenas aletargada, regrese desaforada con todo su esplendor y con todas sus nimiedades.

El gran drama de nuestra existencia –de los hombres, me explico- pasa a ser entonces, que, alejados de la civilización,  no tenemos televisión o si lo tenemos, no hay conexión por cable para poder ver los partidos en vivo. Ahí hacen su aparición salvadora lugares como el Yimy Yanga.

Era algo difícil de definir. A simple vista y aparentemente era una suerte de restaurante o local de comidas, ubicado frente a la calle principal,   pero bien mirado resultaba no más que un carrito de chorizos al que habían adornado o disimulado adosándole una fachada de troncos, un piso de madera al frente con bancos por asientos y mesas rústicas también en madera, pasarela hasta la calle, y techado de paja, que ofrecía chivitos, panchos, hamburguesas, chorizos al pan,  cerveza fría y refrescos. Sin embargo su máximo atractivo y lo que lo convertía en un lugar de peregrinación y de culto masculino, era que tenía una pantalla gigante por la cual pasaban los partidos de fútbol  en directo,  que anunciaban en un pizarrón escrito con tiza, colocado al nivel de la calle para que alterara el pulso de transeúntes y automovilistas, hombres, claro. El local no abría durante el día sino solo  desde la tardecita, y especialmente los días de partido. Era su veta comercial y la explotaba desembozadamente como lo hace cualquier negocio, empresa chica o multinacional, con sus nichos de mercado estudiados, calculados y diagramados por especialistas en marketing y otras yerbas comerciales contemporáneas. El Yimy, por cierto sin especialistas ni estudios de mercado, tenía su nicho asegurado, pues los días de partido eran legiones los clientes hombres que aparecíamos de improviso copando y acomodándonos en los incómodos y duros bancos de tablas bastas dobladas y con rugosidadades y nudos, colocadas sin ningún miramiento para los consumidores ni para su comodidad, conceptos modernos que en el Yimy no interesaban en lo más mínimo. Tampoco pidiéramos mayor refinamiento en su oferta culinaria.

Pero no nos dejemos llevar por comodidades y prejuicios típicamente urbanos. Estamos en La Pedrera, es enero y por suerte nos separan solo unas cuadras de la playa y  240 quilómetros de Montevideo. Gracias a templos como el Yimy Yanga, los hombres de esta zona de La Pedrera revivimos siguiendo los vaivenes de la pelota, y los azares del juego en las noches tibias o con brisas o despiadadamente ventosas, embutiéndonos un choricito al pan  y bebiendo  una cerveza fría, gritando los goles y  comentando en voz alta para todo aquel que nos quiera oír, qué gran estafador es el juez,  para qué se dedicará a dirigir fútbol el técnico en lugar de dirigir algún equipo de jugadores de conga, por qué no se jubilará tal o cual jugador,  y, que perdonen lo contrarios, qué grande y glorioso sigue siendo el Chino Recoba, porque nadie, pero nadie nadie , ¿eh?, le pega como le pegaba él.

Este año al regresar a La Pedrera me encontré con que desde la calle solo se divisa la entrada del local tapiada por unos tablones desprolijos. El Yimy  cerró sus puertas,  ya no existe. Se me estrujó el corazón.


 

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