“En guerra” y “La guerra silenciosa”. Por Luis A. Fleitas Coya


Por Luis A. Fleitas Coya

En guerra (Francia, 2018. Dirección Stéphane Brizé. Con Vincent Lindon) / Sala Cinametaca, o  La guerra silenciosa (Complejo Alfabeta)

Casi un calco Es notable, pero si se sustituyera la fábrica de autopartes de automóviles francesa por la compañía del gas uruguaya (Montevideo Gas), y a la empresa alemana por Petrobrás, esta película -que curiosamente se exhibe en Cinemateca con su título original En guerra y en el Complejo Alfabeta con el título La guerra silenciosa-, parecería estar contando casi literalmente el conflicto sindical planteado por estos días en estos lares, pues el cierre de la fábrica francesa Perrin  por decisión del grupo empresarial alemán Schäfer o  Dimke (la traducción es un tanto confusa al respecto), al cual se oponen ocupación mediante sus 1.100 trabajadores, se parece en mucho al cierre de actividades de la empresa del gas en Uruguay anunciado en estos días por la empresa brasileña Petrobrás, lo que provocó la ocupación por parte de sus empleados.

Las coincidencias son tales que incluso, en el conflicto de la película, hay un fallo judicial que le da la razón a la empresa en cuanto a la legalidad del cierre, y en el conflicto uruguayo hubo en fallo judicial que declaró ilícita la ocupación. En la película, en el conflicto interviene un Consejero Presidencial, una suerte de delegado del Presidente de la República y del Ministro de Trabajo (mal traducido como Ministro de Empleo), y en el conflicto criollo interviene  y media el Ministerio de Trabajo.

Esto nos permite situarnos en el punto de vista exacto de la película, que no es el ideológico, político o filosófico, y que podría conducir a los vaivenes discursivos y analíticos de la lucha de clase, de la guerra entre capital y trabajo, de mercado versus intervencionismo, o hasta de las perversidades e inhumanismos del capitalismo. Afortunadamente el film supera esas tentaciones y escollos a la hora de contar una historia como esta y se centra en un moderno conflicto en el mundo del trabajo de nuestros días, en el que las aperturas o cierres de empresas son resueltas por grupos económicos o empresas allende las fronteras. Eso que parecería ser un mal de nuestras economías tercermundistas y que hemos vociferado hasta el cansancio que nos pasa por subdesarrollados y dependientes, esta historia viene a mostrar que es universal, pues ocurre nada más ni nada menos que en la Francia desarrollada, en el corazón mismo de la esplendorosa Europa.

De modo y manera pues, que de lo que se trata en este film es del drama agónico que constituye para los trabajadores de cualquier parte del mundo, que se cierre su fuente de trabajo, y que de la noche a la mañana se queden sin su actividad laboral que le da una orientación y un sentido a su vida cotidiana, sin sus ingresos que constituyen su sustento y el de su familia, sin seguridad social, etcétera. Ese drama se agudiza cuando, como ocurre en esta historia, el cierre de la fábrica ni siquiera es resuelta por un patrón o empleador con el cual discutir o hacer sentir las medidas de lucha directamente, sino por un centro de poder económico ubicado en un nebuloso lugar en el extranjero y al cual parece imposible acceder, contactarse o impactar con un paro u ocupación.

Esa cruzada utópica es la que avizoran e intentan estos 1.100 trabajadores franceses a través de sus dirigentes sindicales, y más específicamente a través de la acción y la prédica resuelta del lider  Laurent Amédéo (Vincent Lindon), cuando caen en la cuenta que ninguna solución lograrán con los gerentes locales.

Quién es quién Uno de los mayores aciertos del film, es ubicar con precisión el rol y el papel que juega cada parte o grupo en el conflicto. Así, la masa de trabajadores no está mostrada como un grupo compacto u homogéneo, sino que luego de la unidad inicial y a medida que el conflicto se extiende y se suceden la ocupación, las manifestaciones callejeras, los enfrentamientos con la policía, y las soluciones no aparecen,  se hacen patentes por lo menos tres subdivisiones gremiales: la principal que encabeza Laurent mostrada como la más coherente y firme en llevar adelante las medidas de lucha, la minoritaria de quienes son proclives a negociar mejores “bonos” o “compensaciones” por egreso superiores a la indemnización por despido legal y terminar la ocupación,  y la de quienes dudan oscilando entre una y otra posición. A medida que la película avanza se suceden las discusiones internas dentro de los trabajadores, y el director Brizé tiene la gran capacidad de mostrar esas discusiones directamente y sin tapujos, con las fortalezas y las debilidades de cada una, de manera vehemente y apasionada, pero evitando la confusión o las excesivas extensiones, de una forma tal que las argumentaciones y las posturas son muy claras. Esta habilidad es la que permitirá un desarrollo narrativo muy coherente y que permitirá la secuencia temática y el desenlace final.

Por la empresa, los directivos y gerentes de la empresa local, francesa, son mostrados como un mero instrumento en manos del grupo empresarial alemán, sin capacidad alguna de autonomía o determinación, y cuyo único propósito es seguir las directivas que les han encomendado en cuanto al cierre y liquidación de la fábrica y en maniobrar para lograr ese fin procurando tener alejado del conflicto a los alemanes, utilizando todos los subterfugios para ello, prometiéndoles a los trabajadores que van a llamar al Presidente del Consorcio alemán sin hacerlo, o haciéndolo para traer respuestas meramente evasivas como que está en Estados Unidos.

Cuando el conflicto avanza más allá de lo previsible y luego de varios meses la ocupación se traslada a otra fábrica del mismo grupo empresariales también en Francia pero a 600 kilómetros de la fábrica situada en Agen,  ahí el grupo empresarial da el brazo a torcer y su presidente alemán finalmente accede a reunirse con el gremio de trabajadores en Francia, en una reunión de antología. Este presidente alemán y su grupo de asesores, intentan mantener la discusión dentro de límites civilizados y racionales propia del nivel de empresarios y profesionales que los asesoran, al punto que el presidente comienza invocando su aprecio por Francia como hijo de una francesa, pero poco a poco esa apacibilidad sucumbe frente a la angustia de los obreros que es puesta sobre la mesa cuando se les anuncia la irreversibilidad de la pérdida de sus puestos de trabajo porque el grupo empresarial no acepta la propuesta que traen los trabajadores y el Consejero Presidencial francés, cerrando todo posible camino. Los asépticos conceptos de falta de  rentabilidad y de legalidad del cierre, aunados a la inconmovible actitud empresarial, parecen como glaciares imposibles de trasvasar por las sencillas necesidades humanas, base argumental de los obreros, que al finalizar la reunión, estallan, ya en el tramo final de la película.

El Consejero Presidencial es una especie de delegado que actúa tratando de colaborar en la negociación para hacer llegar el punto de vista del Presidente de la República y del Ministro de Trabajo, pero a diferencia del rol que en nuestro sistema laboral tiene el Ministerio de Trabajo que en nuestro país participa en las negociaciones y tiene un rol decisorio en caso de desacuerdo en los Consejos de Salarios, aquí el Consejero Presidencial se lava las manos, pues anuncia desde el inicio que el Poder Ejecutivo no tiene atribuciones para intervenir ni para decidir. Los delegados obreros le enrostran que entonces no sirve para nada, lo que es cierto, y hay que ver la habilidad retórico-política con la que el Consejero se mueve, pese a ser una figura puramente nominal en el conflicto y en su evolución, como se verá en el curso de la historia, lo que la película se encarga de dejar bien en claro.

Cinema verité e impecable ritmo narrativo.  Para contar una historia  compleja en cuanto a posiciones, argumentaciones y evolución de la confrontación, de una manera directa y fácilmente asequible, la película parte de dos premisas básicas:  por un lado, no se detiene en ningún detalle sobre aspectos personales de los protagonistas y sus relaciones, salvo lo que tenga que ver con el conflicto; la únicas excepciones son en relación al protagonista central el lider sindicalista Laurent Amédéo, de quien se muestra someramente su relación con su hija, y luego el nacimiento de su nieto o nieta. Por otro lado, la película ciñe su objeto exclusivamente al conflicto laboral, bien preciso en todos sus detalles y circunstancias.

Para ello se vale de un procedimiento caro al cine francés, el del cinema verité  (nacido en la década del 50 y principio de los 60 del Siglo XX, con cineastas como Rouch, Morin, Godard, y con enorme influencia posterior),  utilizando la cámara de mano y un estilo documentalista al servirse de informativos de televisión para ir pautando el desarrollo de hechos, y recurriendo incluso a la cámara de un  teléfono celular para filmar a través de una ventana la escena más dramática de la película. Pero lo importante es que el resultado de la utilización de esas herramientas, es un impecable ritmo narrativo que no decae ni conoce de distracciones, teniendo en vilo al espectador durante todo el desarrollo de la película hasta el último instante, pese a que a priori se pueda tener una posición un tanto escéptica en cuanto a que discusiones y posicionamientos en torno a un conflicto laboral, con todo lo conocido y trillado del tema, pueda mantener sostenidamente la atención.

Contribuyen no poco las actuaciones de todo el elenco de actores, muy parejo, y sometido a una disciplina de verismo y naturalidad expresiva que funciona a la perfección, para mostrar las turbulentas asambleas y discusiones internas, así como las reuniones con la patronal y los enfrentamientos con ésta en todos sus niveles, groserías y palabrotas incluidas.  Así la película sorprende  por la total ausencia de vedettismos actorales, e imbuye y consustancia al espectador con los congestionados rostros y gestos de obreros en su desesperación y en su ira, con la apacibilidad y los desconciertos de los empresarios,  con la sensatez maniobrera del Consejero Presidencial,  y nos imbrica con total espontaneidad en una trama que fluye y  atrapa.  Y esas excelencias actorales no son solo de Vincent Lindon, una vez más, notable (como en El precio de un hombre), sino que se extienden a todo el resto del elenco, sin dudas. La crítica señala que el director, junto a los actores profesionales utilizó personas que no lo son y que además habrían intervenido en un conflicto similar o igual al que pinta la película; si es así, igualmente cabe remarcar la muy buena dirección de los mismos, que logra  su objetivo.

Es al director Stéphane Brizé (El precio de un hombre, Un affaire de amor, Algunas horas de primavera), al que le caben todos lo elogios, porque es quien logra llevar adelante esta  película, engarzando técnica cinematográfica, actores y un eficaz lenguaje narrativo, con evidente talento. Es cierto que su cine tiene puntos de contactos con el Laurent Cantet de Recursos humanos , y como ha sido señalado, hasta con el cine social del británico Ken Loach. Pero tildar a su película de película política, es desmerecerla.

Mensaje final. Es cierto también que el final de la película es un tanto maniqueo, pero se salva del panfleto por su planteo lacónico, descarnado, impactante y brutal, y  porque su finalidad no es otra que darle un giro sorprendente a los hechos,  reafirmar la epicidad del héroe principal ante el fracaso de las negociaciones, y conferirle un sentido final al asunto. Podrá calificarse de un tanto simplificadora, pero funciona en tanto culminación emotiva.

Ese final de todos modos no solo no enturbia, sino que pone un broche adecuado a una película vibrante,  que la inteligencia de su director logra llevar a buen puerto evitando los cantos de las sirenas  ideológicas y políticas, ubicando el conflicto en su verdadero y descarnado centro como es lo que significa para un hombre –todos los hombres, cualquier hombre- perder su trabajo. Como lo sostiene en la película el líder obrero, Laurent, mucho más que pérdida de los ingresos, es amputar parte de su dignidad como ser humano, parte de su sentido de la vida, y parte de su ubicación en el mundo. Es un fenómeno suficientemente estudiado y conocido que la desocupación es una de las causas más frecuentes y más importantes de la depresión como enfermedad psíquica, entre cuyas consecuencias devastadoras muchas veces está la autoeliminación.

La película logra demostrar en toda su magnitud ese drama en el mundo actual, donde decisiones tan profundas y dolorosas las toman empresarios, corporaciones o grupos con  intereses económicos extraños y ajenos incluso a un país, lo que deshumaniza aún más esas resoluciones, así como su incidencia en el sentido del trabajo y de su pérdida. En pleno  siglo XXI,  era de desarrollo tecnológico, de las comunicaciones, y del conocimiento, parece ser todavía materia pendiente de la sociedad humana y particularmente del sector empresarial, aprender y asimilar que los trabajadores, los seres humanos, no son objetos ni mercancías, y que menos aún pueden ser receptáculos impasibles de decisiones económicas que los afectan tan profundamente en sus vidas.

El film alcanza sus objetivos sin caer en justificaciones ni en mensajes políticos, meramente mostrando hechos, argumentaciones, discusiones. Al punto tal que incluso, pese a que la película muestra claramente el camino de la heroicidad del líder sindical y de que la lucha sindical no ha sido en vano, el espectador tiene la percepción de que la más sensata posición, aunque no sea  simpática y huela a traición, resulta ser la de la porción minoritaria de negociar mejores compensaciones económicas además de la indemnización legal por el despido, pues eso hubiera permitido terminar un conflicto que no tenía futuro dado que el cierre de la fábrica era irreversible, en condiciones mucho mejores condiciones.

Igual, no es cosa menor que el cine de nuestros días muestre la dignidad de la lucha gremial en pos del trabajo, a contrapelo del mundo empresarial que tiene otros intereses e incluso de los vaivenes y tolerancias a las que se ven enfrentados los estados y sus gobiernos de turno, pues nadie que no sea el colectivo de los propios trabajadores puede hacerse cargo y luchar por los intereses de ellos mismos. Esa verdad de Perogrullo amerita recordársela a quienes vociferan contra sindicatos y agremiaciones, así como su necesidad histórica, pues hace más de ciento cincuenta años los sindicatos nacieron justamente para eso, para velar por los derechos y los intereses laborales del ser humano individual, ese al cual cercenarle el trabajo, puede matarlo.

Que eso se logre a través de imágenes y sonido, meramente contando una historia, no ocurre todos los días.

Una muy buena, emotiva, vibrante película.


 

 

 

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