Entre siestas y malvones. Por Blanca Villasonte


Éste y otros textos que se irán publicando en estos días fueron escritos en 2018, durante el taller Escritura del sentir, de Uni 3, una universidad de educación no formal. Ni Óscar, ni Cecilia, ni Blanca, ni Eduardo, ni Mónica, ni Helena, ni Cristina, (ni las demás personas que participaron de este taller) son escritores. Incluso, muchos de ellos nunca habían escrito ni una sola línea. Desde el primer día ellos aceptaron mis premisas y mis condiciones: el taller era para escribir desde la experiencia y el objetivo principal, era entregarse a la hoja en blanco para intentar alcanzar alguna verdad. O la verdad de cada uno, que, en definitiva, es a la única a la que nos podemos acercar. Escribieron sobre el amor, sobre la muerte, sobre la nostalgia, sobre la soledad, sobre la infancia, el dolor, la desilusión, los sueños, los maestros, pero sobre todo, escribieron sobre lo que ellos quisieron. Y de a poco empezaron a abrirse, a no tener miedo a decir, ni a escribir, a entender que poner en palabras las heridas es una buena forma de sanarse o que narrar un lindo recuerdo es la manera más efectiva de hacerlo eterno.

Estos son algunos de sus textos. Y los invito a leerlos, porque estoy orgullosa de ellos y porque realmente vale la pena hacerse este regalo.

Soledad Gago


Entre siestas y malvones. (Una historia desde un lugar, hace tiempo…)

Por Blanca Villasonte                                                        

Es la hora de la siesta. Yo juego a ser grande.  Quiero contagiarme de la coquetería de los mayores. Necesito engalanarme. Zapatos con tacones robados con sigilo y carteras que guardan secretos de adultos, forman parte del atuendo.  Me falta un detalle que dé realce a mi figura y color a mis manos. El patio con malvones me ofrece su gracia y su color. Tomo prestados algunos pétalos rojos, naranjas y blancos.  Los pego sobre mis uñas y me siento grande. Desfilo por una estrecha pasarela. Voy y vengo. Procuro no hacer ruido, es la hora de la siesta y los vecinos tienen que dormir.

Por un momento me siento madre de pequeñas criaturas, resuelta y poderosa. Sueño que voy de compras y que doy atención a los requerimientos de mi hogar. Soy grande y pienso como grande, hasta que una voz verdaderamente adulta, me llama a la realidad. Es hora de dormir la siesta y abandonar la pasarela rodeada de malvones.

La tarde transcurre lenta. Yo quiero seguir jugando. No quiero dormir. Afuera me esperan los tacones, la cartera y los malvones. El patio queda regado de color. Es injusto todo esto.  De nuevo niña y obligada a dormir una siesta para no hacer ruido.

Miro por la ventana. El patio me sigue esperando. Le prometo que en un rato vuelvo. Le digo que el abandono momentáneo es obligado, por causa de una siesta obligada. Cuento los minutos a mi manera, porque en realidad no tengo muy claro cómo se cuenta el tiempo. Sólo quiero jugar. Volver a ese mundo adulto no comprendido del todo, que me permite usar tacones y lucir muchos colores prestados por los malvones.

Amo mucho a esa flor sencilla, que hasta hoy me permite  seguir tejiendo sueños.


 

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