Entrevista / homenaje. En las manos de Águeda Dicancro

Por Santiago Pereira (*)


Una libertad con “ataduras”

Se formó en la Escuela Nacional de Bellas Artes. Se graduó de ceramista en el Instituto Pedro Figari, en donde además hizo torno y dibujo industrial. Con el maestro Eduardo Yepes estudió escultura en hormigón y yeso. Hizo orfebrería y esmaltería sobre metales. Trabajó en escuelas públicas dando clases de plástica. Muchas de sus obras fueron confeccionadas con materiales que ella misma recolectaba en la feria de Piedras Blancas. Realizó un posgrado de cerámica en México. Participó de las bienales de Venecia y de San Pablo con obras de alto compromiso social. Ganó varios premios, fue varias veces jurado del Ministerio de Educación y Cultura y hasta recibió a Pablo Neruda en una de sus exposiciones. A sus 81 años de edad, Águeda Dicancro es una de las escultoras uruguayas de mayor reconocimiento internacional que se autodefine como una trabajadora del arte mimada por la crítica.

Es media tarde y luego de tocar varias veces el timbre de una casa del barrio Cordón, me abre la puerta una señora excéntrica, de ojos exageradamente delineados y ropa violeta desde los pies hasta la cabeza. Es Águeda Dicancro. El color violeta es el color que ama aunque según dice es para nada escultórico. “Tengo pila de ropa violeta, parezco suicida”, me dice dejando en evidencia su fuerte personalidad. Para cuando cruzamos un patio atiborrado de esculturas, la charla ya había comenzado con el tópico del cuidado que hay que tener en el arte entre lo decorativo y lo poético. El ruido a metal de la enorme caravana que colgaba de su oreja siempre acompañó el ritmo creciente de la conversación, e incluso a veces hasta puso un punto.

 — ¿Cómo fue el proceso de encontrar su propia voz dentro del arte plástico?

—Fui muy mimada por los críticos y maestros, y uno en realidad es parte de mucha gente. Yo le llamo “el apoyo de los anónimos”. Cuando María Luisa Torrens apenas vio mis trabajos dijo: “Tú sos una artista monumentalista”. Cuando empecé a cortar cosas en trozos, un crítico que sigue mucho mi obra dijo que lo que yo hacía era arte fractal, y me pareció adecuadísimo. Entonces uno se inscribe intuitivamente en una cantidad de movimientos sin darse cuenta. Por mi parte traté de ser bastante autónoma y creo que lo que hice fue muy distinto a todo lo que había. Ahora hay internet, claro, y es más fácil ver de todo lo que ofrece el mundo, pero antes uno estaba muy alejado y tenía que sacar jugo de su propio hígado.

— ¿En sus obras cuánto hay de poesía y cuánto hay de mensaje social?

 — Yo veo todo grande, cuando hago las maquetas siempre pienso “qué fantástico quedaría esto si lo agrandara”. Y aunque me cuesta más hacer una obra pequeña, ahora estoy más minimalista, me lanzo a la forma más pura y poética. Es por eso que estoy haciendo cosas pequeñas; porque además hay que pensar que el hábitat de ahora es mucho más pequeño que el de antes. Yo hacía esculturas que tenían tres metros y medio porque siempre quise mostrar fuerza, vigor, mensaje. Siempre pensé en la sociedad, en el hombre, en la angustia de vivir. Porque la gente dice: “¡Ay, pobre, se murió!”, pero el que vive no se la lleva muy completita.

— ¿Cómo cree que percibe la gente sus obras?

 —Cuando fui a Estados Unidos me di cuenta de que estaba haciendo obra suntuosa, esculturas para gente que tiene poder adquisitivo y tiene ese collar ahí que luego lo usa de tanto en tanto en una fiesta. Entonces yo me dije que tenía que hacer otro tipo de obra. Hacer una obra que camine, que esté en las casas, que esté en los parques, que tenga otra trascendencia. Ahí fue que cambié la cabeza. Lo que me encanta es probar y probar y probar. Cuando se logra que la obra sea abierta y que a la gente le inspire algo o vea lo que tú no viste, ahí lograste un buen trabajo. A veces me asombran las deducciones que hace la gente cuando ve mi obra. Recuerdo cuando hice una escultura para la casa de una arquitecta y la empleada se quedó mirando y dijo: “¿Qué quiere decir esto?” Y yo le pregunté: “¿Y a ti que te parece?”. “La mujer partida”, me respondió. Y fue muy cierto y me impresionó mucho, porque yo tenía una amiga que estaba con un problema así. Creo que el subconsciente te lleva a plasmar cosas de tu realidad o la realidad de otros y que estamos en la impronta de lo que vivimos y palpamos todos los días. El artista logra lo que realmente se propuso cuando muestra una obra sin firma y la gente sabe que es de él. Eso cuesta mucho trabajo, claro, pero más cuesta estar vigente con los años. A mí me resultaría más cómodo seguir haciendo exactamente lo mismo que hacía hace treinta años, pero la gente con cada muestra te pide más. Y yo también me pido más. He destruido muchas cosas, tanto que tengo gente amiga que me dice: “Cuando vayas a romper avisame por favor”.

—En sus obras más importantes hay un mensaje comprometido con las situaciones sociales que vivió nuestro país. Hábleme del famoso mural y el tendedero de cinco metros.

 —La época de la dictadura la viví encerrada. Nadie presentaba en los salones. Hice un mural que lo llevé a la Bienal de Venecia y creyeron que era el holocausto, y en realidad era por los desaparecidos de acá. El mural tenía cien figuras, todas con escrituras que eran cédulas de identidad y en la que también estaba la mía. Cuando eso se metió en el horno se achicharró y quedaron las cabezas como arrugadas. También hice una secuencia de árboles blancos que iban desde opacos a transparentes. Entonces me pareció muy romántico poner esos árboles al lado de un mural donde la gente está calcinada. Ya en democracia me invitaron a la Bienal de San Pablo. Cuando me dijeron cuál era el tema me emocioné, porque era sobre la vida y el hombre. Yo tenía hechos unos cien árboles partidos en dos, porque en la dictadura mucha gente se había partido en dos; pero me faltaba hacer otra cosa. Entonces hice un tendedero de ropas (“Atadura”). Ver volar la ropa con el viento es lo más parecido a la libertad. Pero por otro lado tenés los palillos ahí sujetando a la ropa. Y eso es nuestra sociedad. Aunque uno diga que es libre, uno no es libre. Ser libre sería decir yo no pago luz, no pago impuesto, no pago nada. Y eso no es así porque siempre tenés que estar sujeto a algo.

— ¿Qué sintió la primera vez que ganó un premio?

 —La primera vez tendría unos diecisiete años y fue la aceptación de una pieza mía en el Salón Municipal. Mi maestro saltaba porque me habían elegido una obra. Fue muy bueno. La otra cosa muy buena fue cuando hice un rosario gigante para una exposición en Punta del Este. La obra me había llevado bastante tiempo, y con María Torrens le pusimos el precio de un cuadro de Cúneo así no lo compraba nadie. Una tarde cae una pareja con “yorcitos” y vestidos muy sencillitos, unos argentinos coleccionistas de esmaltes. La obra les pareció imponente y la compraron. Fue una emoción, me enloquecí cuando vi la compra de esa magnitud. Yo recién era iniciada y eso para mí fue como un premio.

— ¿Se puede tener familia y dedicarse al arte?

 —Es difícil porque siempre te vas a topar con gente histérica como uno. Y en Uruguay hay más artistas que ciudadanos corrientes. Entonces yo me largué a ser libre y cada loco en su lugar. Hay gente que puede hacer las dos cosas, tener una familia y tener suerte en lo artístico. Esas son de las cosas que de repente dejé en el camino. Pudo haber sido diferente pero uno no está eligiendo las cosas. Es un tema que si se lo piensa dos veces es egoísta, pero de repente en una sociedad que haya alguien que sea egoísta no pasa nada. Me gusta mucho hablar con gente más joven, me encanta aggiornarme con la música, me encanta el ballet moderno y lo exótico. Me encanta Zitarrosa. Me encanta Gardel. Yo vivo para el mañana, no vivo para el pasado y me molesta mucho la gente que dice: “¿Te acordás de aquello?”. Mi vida fue muy sacrificada: el peso que tuve que levantar, las cosas que de repente no me han quedado como quería, la gente que no me consideró. Yo fui obsesiva, me metí de lleno en el arte y solo miré para el frente como esos caballos que le tapan los ojos. No es sencillo vivir, pero yo viviría otra vez lo que he vivido. De repente algunos retoques le haría.

—Con todas las posibilidades que tuvo y tiene de estar trabajando en otras partes del mundo, ¿por qué eligió quedarse en Uruguay?

 —Porque lo quiero, porque tengo mis afectos; porque nací acá, soy de acá. En México casi me quedo y no me quedé. Creo que hice bien, acá estoy con toda la familia. No tenés que estarte mucho en un lugar porque después no sos de acá ni sos de allá. Me ofrecieron un sueldo para quedarme en Nueva York y hacer joyas. Y yo no quise quedarme en Nueva York ¿Qué voy a tener? ¿Un auto más lujoso? ¿Un freezer más caro? ¿Qué hacés con eso? No tiene nada que ver conmigo. Lo único trascendental es poder mirarme y sentir que parte de lo que me propuse lo logré: el respeto a mi obra y el respeto como persona.

 


(*) Entrevista realizada en el taller de Águeda Dicancro. Montevideo, Cordón, 2014

Fotografía: Arte informado. https://www.arteinformado.com

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