Hace falta un poco de poesía. Por Luis A. Fleitas Coya


¡Señores, se nos acabó el año! El que conmemoró los cien años del fin de la horripilante primera guerra mundial,  o de nuestra segunda constitución, la del colegiado –sí, en el Uruguay hace cien años limitamos los desbordes presidencialistas de uno solo colocándole al lado a otros nueve-, o más modestamente -y no tanto, espere un poquito-, de la inmortal fundación de la cuna de este cronista, el pueblo Corrales hoy ciudad José Pedro Varela; el del mundial de Rusia y nuestra previsible eliminación en cuartos de finales contra el ulterior campeón, Francia, el año de la prisión de Lula y del triunfo del impotable  Bolsonaro.  No salió la candidatura de Mujica, por un pelo,  pero apareció la de Juan Sartori que vino a aterrizar entre nosotros para explicarnos a los ignorantes orientales que el Uruguay nace con él;  e Ida Vitale se enteró por teléfono que le dieron el premio Cervantes dotado de 125.000 euros cuando la llamó el Ministro de Cultura de España y a sus 95 años le espetó que los españoles estaba igual de locos que en la época de la conquista. Sí señores, el tiempo, los aniversarios, todo lo permiten conmemorar, todo lo permiten festejar, lo grande y lo pequeño, lo histórico y lo anónimo, lo exultante y lo anodino, todo se  pone al alcance de nuestro irrefrenable deseo de brindis.  Se nos acabó el año y como siempre, tuvimos de todo,  grandezas y bajezas, fuimos capaces de lo mejor, de lo peor, y de lo más o menos, y,  copa en mano, brindamos y comimos, no como si se terminara el año sino el mundo,  como en aquel recordado cuento de Landriscina sobre los festejos de Navidad y  Año Nuevo, engullendo a troche y moche y en pleno verano, calorías propias de temperaturas bajo cero.

Pero, punto final, dimos vuelta la página y aquí estamos,  el año ha muerto viva el año, ya pleno 2019, en carrera.  En carrera, decimos y proclamamos, pero no bien nos damos cuenta de lo desconcertante de nuestro optimismo, nos detenemos. Pensamos.  ¿Carrera hacia qué?  Nuestro natural punto de vista tributarista del futuro y hedonista, gira de pronto el periscopio hacia prometedoras visiones:  arenas, sol, olas, brisas que nos acarician. ¡Ah, la playa, la playa! Se nos dan vuelta los ojos. Caminatas y bronceados, espuma, shorts, siluetas,  la inigualable sensación del mar besando nuestros pies. Le agregamos libros, música,  asados, amigos…  Casi, casi, una imagen del paraíso asalta nuestra infatigable fábrica de deseos, la inefable, la sempiterna, la inacabable imaginación.  Juntamos ropa como para seis meses, juegos para entretener a improbables jugadores, bebida y comida como para una tropa,  música, discos, libros que no leeremos ni en dos años, adminículos por si acaso o por las dudas, aprontamos bolsos, valijas, mochilas como para cruzar el oceáno, cargamos el auto de nafta, -aire, aceite y agua revisados-, y allá vamos, rutas y paisajes, allá vamos.

Es la hora de convocar a la que trastoca nuestra lógica serena, la que todo lo permite, la poesía –perdón, Ida-.

No será Brideshead pero sí La Pedrera

          revisitada, la   vuelta al Desplayado,   

          la eterna ruta hacia el Chuy,  soberbia

         de  olor a baraturas y a nafta brasileira.

         

         El calor, la caipirinha,       

         Rocha con sardinas,

         con arroz  y con  palmares

         bagayos de free shopps  con cédula uruguaya,

         mejillones, camarones, calamares.

         

         El año ha comenzado

         se avizoran nuevas rachas,  ventarrones,

        tranquilos  citoyens,  

        la plancha entre las olas,

        chubascos o…  elecciones.

 

        ¿Sanguinetti nos espera con la luz encendida?

        ¿Carolina nos lleva a la diversidad?

        ¿Novick & Zubía, los Giuliannis  de la patria?

        Oremos  en el altar de lo que vendrá,

        al inescrutable mañana,

       o a sus macanas.

 

The End.


 

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