Historia. El último combate de Encarnación Benítez


Por Daniel Abelenda

MAYO 1818: LOS PORTUGUESES TOMAN COLONIA DEL SACRAMENTO

“Quieren insultar a los hombres de bien, que expusimos el pecho a las balas y dardos de los enemigos, mientras ellos se entregan al ocio, y sólo trataban de sus propios emolumentos”

Francisco Encarnación Benítez, en carta a José Artigas.

A veces, la estatura histórica de un hombre se puede medir por la virulencia exhibida por sus  propios enemigos. En este caso, hablaré de uno de los capitanes o tenientes de Artigas (“el menos estudiado de todos ellos”, según la opinión del Profesor Jorge Frogoni Laclau).

Y efectivamente, hasta hace bien poco,  la personalidad de Francisco Encarnación Benítez, era casi desconocidas para los uruguayos (desde 2014, una colonia del INC en el Depto. de Soriano lleva su nombre y en la ciudad de Carmelo se propuso el año pasado, un parque en su honor).

Su incondicional adhesión a la causa artiguista –y particularmente al reparto de tierras del Reglamento de 1815- lo convertirán en blanco de las críticas de varios de sus contemporáneos.

Uno de ellos, Pedro Feliciano Cavia, le dedica unas duras líneas en su famoso “Libelo contra el Protector Nominal de los Pueblos Libres, José Artigas”, publicado en Buenos Aires en 1818, y que diera origen a la llamada “leyenda negra” de nuestro máximo héroe. En un párrafo, Cavia describe a Encarnación Benítez, como “el feroz preboste (capitán) de Artigas en los pueblos de Soriano y Colonia.”

¿Qué había hecho “El Pardo” -como se lo conocía- para merecer tal calificación de este  exiliado unitario? Pues no otra cosa que intentar aplicar el “Reglamento Provisorio de Fomento de la Campaña y Seguridad de sus Hacendados”, firmado por El Protector en Purificación, el 10 de setiembre de 1815.

Como es sabido, esta audaz reforma agraria, levantó resistencias del sector latifundista (orientales, españoles, bonaerenses y riograndenses) pero continuó aun luego de iniciada la segunda invasión portuguesa (julio 1816), repartiendo “unas 400 suertes de estancia en toda la Provincia Oriental, y unas 40 o 50 en el Departamento de Colonia”, según el estima el citado historiador Frogoni Laclau.

Para 1818, los portugueses al mando de Carlos Federico Lecor, ya habían ocupado Montevideo, y batían con un ejército de 10.000 soldados venidos de Río Grande, Rio de Janeiro e incluso Portugal, a las huestes artiguistas, inferiores en número, en armamento y en aliados (Artigas se enemista con el Directorio de Buenos Aires y el caudillo entrerriano Pancho Ramírez).  Y no podrá contra tantos y tan poderosos enemigos. Sólo la valentía y el heroísmo de hombres (y anónimas mujeres) como Encarnación Benítez hizo posible que la resistencia continuara hasta enero de 1820 (batalla de Tacuarembó) la última, que pierde otro bravo capitán, Andrés Latorre.

En esta “guerra contra Artigas” (así la llamaron los portugueses) el control de Colonia era un punto de gran importancia estratégica, pues su puerto aseguraba los ríos Uruguay y Paraná, cortando a las fuerzas artiguistas del resto de las provincias de la Liga Federal.

Así, el 2 de mayo de 1818, con el apoyo de parte del vecindario que rechazaba a Artigas (como Melchor Albín, estanciero de la zona), y el riograndense Vasco Antunes (abastecedor de la escuadra lusitana) más la aparición de una flotilla al mando del Capitán de Fragata Brito en la bahía, hizo posible que la “Nova Colonia do Sacramento” (fundada por Manuel de Lobo en 1680) pasara –por última vez- a manos de los portugueses, casi sin oposición ni más violencia.

La reducida guarnición patriota fue hecha prisionera, y los que pudieron huyeron a la campaña.

Entre estos, la división que comandaba Benítez (que no llegaba a 200 hombres, casi todos de caballería), debieron replegarse hacia “las costas del Río San Juan, a unas 5 leguas” (25 kms.) al oeste de la ciudadela coloniense, reforzada ahora por una batería de artillería traída en los buques, junto con 600 hombres del 1er. Batallón de Cazadores del Coronel Manoel Rodríguez.

Desde Montevideo, el mismísimo Lecor envío un bando a la población, prometiendo paz y mejores tiempos, y nombró Gobernador al General Pinto de Araújo Correia; todo lo cual habla de la importancia militar que estos asignaban a Colonia, un “pueblo que está casi en ruinas, y no debe pasar de las 150 almas…”, según consigna el flamante gobernador.

Pero Encarnación no se rinde, y el día 12 de mayo, ataca la plaza, siendo rechazado por la notoria superioridad de las defensas y la artillería de los portugueses, debiendo retirarse otra vez.

Evaluando su notoria superioridad, el General Sebastián Pinto toma la iniciativa. “… traté de sorprender la división del Caudillo Encarnación Azote y terror  de la Colonia y todos los Pueblos de la margen izquierda del Río Uruguay, revestido este asesino de los poderes de Artigas, asolaba la campaña con sus degollaciones, cuya historia no puede oírse sin horror. Tomé mis medidas, y al amanecer del día 25, me hallé sobre su campo en la costa del Río San Juan. Se puso en defensa con su destacamento de 140 soldados de caballería, pero nuestros Escuadrones los arrollaron y batieron en pocos minutos. Encarnación y un Fraile que lo acompañaba en sus correrías, y algunos soldados, quedaron en el campo; los demás fueron hechos prisioneros, a excepción de unos pocos que se escondieron en los montes…”

Sin embargo, el horror de la guerra de que habla el propio Pinto,  no terminará en este -casi ignorado en los textos- “combate del San Juan”, con la derrota y muerte de Encarnación Benítez. Finalizada la lucha, ¡los portugueses llevan su cadáver a Colonia!

En un párrafo que resume todo lo cruel y “bárbaro” (al decir de Barrán) que fuera el Siglo XIX, y particularmente estos años de la invasión luso-brasileña, el general vencedor termina su informe al Barón de la Laguna, en un tono casi eufórico: “V. E. no puede formarse una idea del contento y alegría de este Pueblo y de todos los habitantes por la muerte de Encarnación y destrucción de sus fuerzas. El Pueblo se iluminó por tres días; todos corrían con placer a ver el cadáver de aquel Monstruo. Tal era el terror que había infundido en estas Comarcas la barbaridad de este hombre Sanguinario.” (mayúsculas en el original).


 

 

 

 

 

 

 

 

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