No sé cómo llamarlo. Una visita al Memorial de Auschwitz


Desde Cracovia, por Mariella Fernández

Quiero hablar y no tengo esa capacidad… Quiero gritar, necesito gritar o quizás no. Quizás solamente necesito hacer un profundo silencio y escuchar las voces y los gritos susurrados que brotan de las paredes a mi alrededor.

No es invierno, pero el frío cala hondo y siento los huesos cristalizados por ese frío. No es un frío físico. Es el frio humano que los hombres tenían para poder actuar de esa manera horripilante contra otros seres humanos.

Entro y salgo de  cada habitación, de cada barraca, entro en la siguiente con la esperanza de que el horror sea menor, pero con el total convencimiento de que será mayor.

Siempre me pregunté qué superpoder pediría si apareciera un genio de la lámpara que me ofreciera tener uno. Nunca tuve una respuesta o al menos una única respuesta. De repente en este lugar lejano del mundo entiendo que querría poder borrar esa parte de la historia de la humanidad, poder devolver la vida a toda esa gente. La vida que tenían antes, ni mejor ni peor, la que vivían conforme a sus decisiones y esfuerzos, sacarlos del martirio en el que fueron introducidos por el solo hecho de ser “diferentes” a juicio de unos seres que, ellos sí, eran notoriamente diferentes.

Veo a mi alrededor mucha gente que como yo resiste las ganas de gritar, de pedir que eso termine, de llorar a gritos reclamando consuelo. ¿Estamos todos acá realmente o son aquéllos otros que verdaderamente sufrieron y tienen a través de nosotros la posibilidad de materializar lo que quedó guardado, enterrado, incinerado?

Se confunde el hoy con el ayer pero espero que el ayer no se transforme en mañana. Quiero pedirles a todos los que están a mi alrededor que trasmitamos esto de alguna manera, que podamos gritar e imponer al mundo que esto no puede repetirse en ningún otro lugar.

¿Qué duele más? ¿Todo lo que pasó, esos seres salvajemente tratados, asesinados con morbosidad atroz o el saber que nada terminó y que esto se repite y se repetirá, y que nadie aprendió nada? Duele saber que tantas muertes, tantas esperanzas destruidas, tantas historias impedidas de desarrollarse no sirvieron para nada.

Sin embargo, en algún lugar de mi espíritu mientras recorro este lugar, mientras miro a través de las nubes las fotos de esas personas que tienen ahora un rostro para mí, siento que si cada uno nos lo proponemos tenemos que poder desviar el destino.

Es media mañana pero la oscuridad más atroz nos rodea. Vienen mil preguntas sin respuesta pero hay una pregunta que viene  a la mente de los cientos de visitantes, ¿Cómo tanta gente no pudo reaccionar a esta destrucción masiva de cerebros y de cuerpos?

¿Cómo crecen y maduran estos monstruos? En algún momento comienza este proceso. ¿Cómo se detecta el inicio de un proceso así? No hay científicos, sabios, politólogos, sociólogos, sicólogos, mujeres y hombres comunes que puedan alertarnos ante el incipiente mensaje de estas atrocidades. Existe la ciencia basada en evidencia. No hay suficiente evidencia para poder detectar a tiempo estos flagelos.

Camino sobre esas calles impregnadas de muerte, de gritos ahogados, de dolor, de esperanzas que no entiendo como algunos podían mantener. Camino respetuosamente pidiendo perdón a todos ellos por mi parte de culpa como integrante de la Humanidad. Les prometo cosas que ya no sirven para nada, prometo que no volverá a pasar cuando no tengo la potestad de hablar por el resto. Pero, ¿qué puedo decir? Necesito consolarlos, decirles que pasé una vida esperando el momento de estar acá y entregarles mis respetos, mostrarles que aprendí a ser valiente pensando en ellos, que sé que nada de lo que me pase o me ha pasado es semejante a todo lo que sucedió acá.

Acá siempre está oscuro, es una noche eterna, es un silencio negro que no puede iluminarse. Siempre hace frío, un frío que va más allá de la temperatura real y de todos los modernos términos que usan los informes meteorológicos. Nunca amanece, nunca aumenta la temperatura, nunca cesa el llanto, nunca hay un fuego encendido que nos conecta con la paz.

Nada de lo que veo es desconocido, todo pude haberlo visto y leído a lo largo de todos los años en los que he tratado de entender el por qué. Pero los gritos mudos, la angustia, las presencias invisibles que me acompañan en este recorrido y me cuentan su dolor, lo esperaba… pero supera lo imaginable.

Esto es AUSCHWITZ.


 

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