Perú: montaña, selva y arqueología


Desde Perú, por Daniel Noya

Dejamos Ecuador y atravesamos una selva espesa entreverada con montañas y lo hicimos por altos caminos de ripios en donde el verde domina la escena. El bus parece no temer a las curvas y durante las mismas no hay un descenso de velocidad. Nos preguntamos si llegamos a Perú o quedamos en la selva. Curva tras curva fueron quedando atrás y así aparece la frontera llamada La Balsa. Si uno está un poco distraído, cruza la frontera sin hacer los trámites. La salida de Ecuador es una casita muy humilde. Hacemos el cruce por un puente y llegamos a Perú. Los militares de la frontera me sellan el pasaporte por 60 días y no por 90. Los militares fronterizos parecen no gustarles mi cara y por eso me dan la oportunidad y el margen de conocer su país en ese tiempo. Por lo que pude saber, buena parte de los viajeros hace el cruce de frontera a Perú por la costa por el camino al surfista pueblo de Mancora. Luego de toda la burocracia viajera de sellos y permisos, de la clásica charla futbolística en la antesala del Mundial de Rusia 2018 y de las posibilidades de Perú y Uruguay en el torneo, es que entro al nuevo país.

Llego a Perú y mi primera parada es el hermoso pueblo de San Ignacio. El pueblo me recibe con una marcha festiva de sus estudiantes y también con los sabores de la espectacular comida peruana. Parece que se viene muy lindo Perú!!! Hay Que adaptarse nuevamente al cambio de moneda y a una nueva realidad. Es un lindo desafío. Es como cuando conocemos a alguien nuevo; lo miramos, escuchamos, estamos atentos y con una pequeña dosis de nerviosismo y ansiedad por conocer lo nuevo. Es un buen punto de partida para lanzarse a conocer y estar abierto a lo nuevo. San Ignacio es el trampolín para conocer el norte de Perú. Igualmente eso no significa no conocer el lugar y ya desear irse de ahí. Salgo y recorro sus calles. Las miradas me invaden y tengo la sensación de ser el único extranjero en el pueblo. Mi primer objetivo en Perú es llegar a la ciudad de Chachapoyas. Es un perfecto punto de partida para de ahí conocer muchos lugares. Para esto tomo un transporte a la ciudad de Jaen y de ahí otro al objetivo. En Jaen tengo que esperar y lo hago en un pequeño bar familiar cercano a la humilde terminal. Como un económico menú de ceviche a 3 soles y espero a la salida del bus. Las señoras que me atienden (madre e hija) me preguntan si me pueden invitar con una sopa. La respuesta, como no podía ser de otra manera, es positiva y todavía me dan para el viaje un refresco de botella. Ellas me dicen que es la forma de ayudar a los viajeros. Dejo mi bar preferido de Jaen y sigo viaje a mi destino. Viajamos en un pequeño bus y a mi lado va una niña con su abuela. Las miradas y las sonrisas sirven de puente y buen comienzo para la charla. Hablo con la niña y en un momento ella le dice algo a su abuela y hace referencia a mí como “el gringo”. Debo admitir que no me gustó. Uno tiene esa carga negativa del concepto y uno inmediatamente dice “yo no soy yanqui”. Vinculamos ese concepto con la negatividad y el prejuicio al estadounidense. Uno piensa y sostiene “yo no soy gringo, soy de América Latina”. Con el enojo disfrazado le pregunto a la niña que es eso de “gringo”. Y ahí la niña rápida e inteligente dice que es el raro, el desconocido. Para esa niña hasta un limeño, un mismo peruano podría ser un gringo. A partir de ahí pude aceptar más positivamente cuando escuchaba esa palabra en referencia a mí. Recuerdo cuando en Cajamarca, íbamos caminando por una feria de campesinos y una chola hace referencia a mí y como el gringo, y yo le contesto con un “gracias” bien fuerte y alto. Ella soltó una risa hermosa y agrego “el gringo me entendió”. Yo también me río y pudimos por un momento hacer las paces con el término.

 Llegamos a Chachapoyas de noche. Guardo la ansiedad por recorrerla y salgo a la búsqueda de hostel. Igualmente en este recorrido en busca de hospedaje ya veo una ciudad hermosa con aire de pueblo y con una hermosa peatonal que conduce a la plaza de armas, que por desgracia están refaccionando y no puedo conocerla. Es una ciudad con mucha luz y con aire colonial muy presente. A la mañana siguiente puedo comprobar esto y la ciudad sale en la mañana repleta de colores y aromas. Chachapoyas tiene construcciones hermosas en su centro histórico y sus fachadas están cubiertas de mucha piedra y ladrillo. Los balcones están repletos de flores y los colores caen desde las ventanas altas en forma de telas, adornos o la misma ropa que se seca al sol.

A la mañana siguiente, sobre las 7:00 de la mañana, me despierta un ruido ensordecedor que me hace vestirme rápidamente y agarrar la cámara y salir. Es un desfile de la ciudad que recorre sus calles con música y baile. Voy acompañando la procesión y se van sumando todas las personas que aparecen. Destaco a un personaje que me llamó de sobremanera la atención. Es un muchacho que va con una botella de algún alcohol y va sirviendo y atendiendo las necesidades de los músicos. Es el aguatero del desfile. Paso por al lado y me convida. No puedo ni quiero rechazarlo y acepto. Nunca había tomado un alcohol tan fuerte como desayuno.

En la provincia de Luya, cerca de la ciudad de Chachapoyas, encontramos los sarcófagos o estatuas funerarias conocidas como Karajía. Este tipo de enterramiento corresponde a la cultura Chachapoyas (500 – 1470). Es la tumba en forma de cápsula ubicada en los resguardos que se encuentran en la montaña. Aquí se colocaban los cuerpos junto con ofrendas y se construía la pared con piedras y barro creando verdaderos mausoleos. Estos eran finalizados con estas esculturas antropomorfas. Estas antiguas tumbas monumentos funerarios tienen hasta 2,50 metros de alto y sus cabezas están coronadas con cráneos. Estos sarcófagos están localizados en la parte superior de un acantilado que da  a un hermoso valle. El llegar a estas esculturas es una tarea imposible si no se hace con todo el instrumental de ascenso de montaña, cosa que lo hace aún más hermoso, enigmático y atrapante. El hecho de que estuvieran colocados en lo alto de un barranco permitió que se conserven y que no caigan en manos de delincuentes, cazadores de tesoros o personas que simplemente destruyan sin motivo. Los sarcófagos son huecos y en el interior del sarcófago semi abierto se encuentra una momia envuelta en sus telas mortuorias. Junto con la momia se encontraron también objetos de cerámica y otros tipos de ofrendas. Con la técnica del Carbono 14 se pudo precisar la fecha de datación de la momia: 1450 d. C aproximadamente.

Tras la ida en transporte desde Chachapoyas hasta Luya y de Luya a Cruzpata, comenzamos la caminata de 1 hora hasta Karajía. Lo particular es que estuve a poco de no verlo y volver por el camino. Esto se debe a que se encuentra en lo alto de la montaña y puede pasar desapercibido. Regreso a Cruzpata y visito el pequeño y rústico museo del pueblo, custodiado por los herederos de los antiguos Chachapoyas. Antes de la caminata tuve un pequeño inconveniente. Llego a Cruzpata en un carro. Hablo de un auto particular que va levantando gente y oficia de mezcla entre taxi y bus. Llegamos, bajamos del carro y a los minutos veo que me falta el celular y que quedó en el auto. Hablo con unas señoras del pueblo que están en la plaza donde el auto nos dejó y me dicen que conocen al chofer y que hay una señora que es la tía. Hablo con la señora y ella muy amablemente lo llama desde su celular. El chofer atiende y le dice que el celular quedó en el auto que luego de unos viajes regresa a Cruzpata y ya de paso me vuelve a Chachapoyas. Ya me quedo un poco entreverado pero había que hacer la caminata. Hago la caminata, conozco Karajía y regreso. Entre más idas y vueltas, el chofer comunicándose con su tía señala que no llega pero que nos espera en la pequeña terminal de Luya para entregarnos el celular. Voy en otro auto hasta allí y para mi sorpresa no estaba. Había un grupo de choferes charlando y tomando unas copas y no me quedaba otra que acercarme, borrar lo más posible mi acento de turista, y preguntar por él. La respuesta es que no saben nada de él, y me señalan al tío que también es chofer. El tío no me da respuesta alguna. Todo esto entre risitas y miradas cómplices entre ellos. La calentura empieza a aparecer y a dominar el escenario. Le pregunto a uno si lo puede llamar. Lo hace pero lo tiene “apagado”. Me dirijo al tío.

– Por favor dígale a su sobrino que aparezca o llamo a la policía.

– Llame, le va a venir bien.

La respuesta me deja más caliente y luego de eso salgo directo a la seccional. Explicamos todo y me mandan de regreso a la terminal pero acompañado de un policía. Hace todas las preguntas de rigor a los colegas de nuestra buscado chofer y logra hacer que lo atienda por teléfono. Seguramente cuando el otro chofer llamó, marcó cualquier número. El policía me dice que está aquí en diez minutos. Entre tanto el policía llama a sus superiores y explica la situación. En ese momento aparece el chofer y me hace entrega del celular. Le explico que tuve que llamar a la policía debido a su ausencia y a que sus compañeros ponían caras y hacían comentarios que me hicieron pensar en que no iba a aparecer. La situación fue solucionada pero es claro decir que el celular es clave para mi viaje, Ahí tengo fotos, mapas, contactos y es mi forma de contactarme con Montevideo. Es como una especie de brújula y astrolabio para los viajeros y navegantes de los siglos XV y XVI. Es mi primer pequeño – gran inconveniente del viaje. Lo recupero y vuelvo en carro a Chachapoyas. Ahora el celular lo guardo en la mochila como forma de que no se escape del bolsillo y tenga que hablar con policías y tíos desamorados.

Chachapoyas es un lugar donde hay espectaculares balcones y miradores a las montañas. Es así que visito el cañón del Sonche. Estamos hablando de un lugar mágico donde la profundidad del cañón es de más de mil metros. Este es un lugar atractivo que no puede faltar en nuestro paso por el norte amazónico del Perú. Salgo de Chachapoyas de mañana temprano en un transporte, recorremos apenas unos 8 km para llegar a nuestro destino. Para llegar al cañón nos dirigimos al poblado de Huancas. Sus habitantes son maestros en los trabajos textiles y de cerámica. Son los herederos de la antigua cultura Huanca, quienes resistieron ante el avance del Imperio Inca. Una vez en huancas y tras recorrer sus calles y descansar en su plaza, descubro que hay otro mirador que está más lejos. Elijo primero ir a este. Comienzo la caminata al mirador de Huanca Urco. Camino largo rato bajo un sol que me derrite pero el esfuerzo y el sudor dejado por esos caminos vale la pena y llego al mirador. Quedo fascinado y por largos minutos también mudo. Veo y entiendo el concepto inmensidad. Este mirador, se ubica al norte del pueblo de Huancas a unos 2700 msnm y Huanca Urco proviene del vocablo quechua que significa Cerro Sagrado. Las colinas interminables y el cielo despejado del Sonche me van a quedar grabado para siempre. Para terminar me encanta leer acerca de la formación del cañón e imaginarme este escenario creado por una violenta meteorización de las rocas, que permitió cortar la estructura de una montaña para darle espacio a los ríos Sonche y Utcubamba.

Me encuentro con un gran grupo de jóvenes voluntarios de una universidad junto con la alcaldesa de la zona quienes estaban haciendo tareas de reparación y mantenimiento. Llego, converso y me convidan la famosa chicha peruana. Aquí también conozco a dos personas espectaculares: Giovanni y Pietro. Dos amigos; el primero es de Lima y el segundo es de Italia. Son amigos y ambos están paseando conociendo el norte de Perú. Me dicen que están en un auto contratado con un tour y que están yendo para el mirador del Sonche y me invitan a subir e ir juntos. Pienso en ese camino y ese sol y me subo de inmediato. Igualmente subo por su simpatía y buena onda. En el auto comenzamos con las clásicas preguntas viajeras y siempre me gusta ver las caras cuando digo que hace medio año que estoy viajando. La belleza del lugar es gigantesca y cuando uno está acompañado de buena gente, lo es aún más.

Recordé cuando estaba en la plaza de Vilcabamba en Ecuador y unos viajeros franceses me hablaron de un pueblo hermoso en Perú: Nuevo Tingo. Es raro en mi pero me deje llevar por la recomendación y voy a Nuevo Tingo. Me termina de convencer ya que es un pueblo que queda bien cerca de la ciudadela de Kuelap. Salgo de Chachapoyas en dirección a Nuevo Tingo. En el transporte tengo un malentendido y no me bajo en el pueblo, sino en la misma entrada a las aerosillas para llegar a Kuelap. Estoy con los 15 kilos de la mochila grande más la mochila chica y pregunto a una señora de un local callejero de ventas de frutas y de bebidas si puedo dejar mi equipaje. Pregunto si puedo y también el precio. Para mi sorpresa me dice que es gratis. Estos gestos son regalos que nos van llenando el corazón en este viaje.

Si hablamos de Kuelap hablamos de la antigua cultura Chachapoyas (500 – 1470). Es una Cultura que la ubicábamos en la región amazónica del actual Perú. Kuelap, descubierto por el mundo occidental en 1843, es el sitio más representativo y simbólico de la cultura pre incaica de los Chachapoyas. Kuelap es el lugar sagrado de los antiguos Chachapoyas. Es un viejo centro religioso amurallado. Este centro religioso con viviendas, fue habitado hasta la época inca tras su conquista y luego se habla de un cierto abandono tras la conquista española. El icono del lugar es el Templo mayor también conocido como el tintero. Tiene forma de cono trunco y tiene más de 13 metros de diámetro y 5 de altura. En la parte superior hay un agujero por donde hacían las ofrendas. Se han descubierto huesos humanos, de animales, semillas, piedras preciosas, artesanías. Kuelap se encuentra a unos 3000 metros y posee una vista estratégica por sobre toda la región. Kuelap está coronado por una gran muralla de 800 metros y en algunos lugares con 20 metros de altura. En su interior se encuentran más de 400 edificaciones y terrazas agrícolas escalonadas. Si estas por el norte del Perú su visita es obligatoria. Un detalle que hace más lindo al paseo es que se llega mediante cable carril y las vistas son impresionantes. Buena parte de la visita la hago con mis amigos Giovanni, Pietro y Carlos. Los dos primeros, como ya dije, aparecieron en la visita que hice al Sonche y Carlos apareció en Kuelap y resultó ser un uruguayo que vive hace años en Perú. Tanto Giovani como Carlos se ofrecieron a estar para cualquier cosa y me brindaron sus casas en Lima, si es que visito la capital. Terminamos tomando unas cervezas muy cerca de las ruinas y luego bajamos por el cable carril con una alegría extra gracias a las cervezas peruanas que tomamos invitados por Giovani. Dejamos el centro de Kuelap y debemos buscar un lugar para pasar la noche y salgo a Nuevo Tingo en busca de un lugar para dormir. Antes retiro las mochilas con la amable señora y como agradecimiento compro agua y frutas. Consigo un hospedaje muy barato y más lindo y ahí me quedo. Dejo las cosas en la habitación y salgo a su plaza. Voy con el mate y me siento en un banco de la plaza y a los minutos ya estoy rodeado de niños y todos sus ojos iban dirigidos a ese vasito gordo con un palito. Admito que me encanta llevar el mate a todos lados como forma de generar el encuentro. El mate genera miradas y preguntas.

En el hospedaje me recibe Juanjo, su dueño. Una persona muy amable y simpática que como recibimiento armó una gigantesca fogata en su patio. Todo oscuro y el fuego brillando en los viejos muros del hospedaje. El hospedaje está vacío prácticamente. Hay una pareja de suizos que viajan por Sudamérica en bicicleta. El suizo habla un fluido español pero sus apreciaciones me molestan profundamente. Habla de muchas cosas de las culturas que visitaron por Sudamérica y siempre de forma despectiva y hablando de culturas y formas atrasadas. Habla todo con su cabeza y su mundo en Suiza. Me quedo con la idea de cómo hay gente afortunada que puede y quiere viajar por el mundo pero que esto no es sinónimo de tolerancia, no significa que tengan un apertura mental o que respete las diversidades del mundo. Me quedó la idea de que hay gente que viaja con una vara midiendo cultura, países y gente. En el mundo de los viajeros encontramos un universo muy heterogéneo y plural. En cuanto a Juanjo, la cosa es bien distinta. Me recibe muy amablemente y me cuenta de su vida llena de dinero y de lujos en Lima y de cómo se animó a dejar ese mundo familiar y armar el hostel en este lugar del norte peruano. Juanjo se va en mitad de la noche y vuelve al rato absolutamente borracho pero sin perder la simpatía. La fogata estuvo toda la noche prendida. Dejamos Nuevo Tingo y marcamos nuestro nuevo destino: Leymebamba. Para eso me voy caminando al pueblo llamado Tingo y así me entero que hay dos poblados llamados así: Nuevo Tingo y Tingo. Como dice su nombre, este pueblo es bastante nuevo. Me cuentan que los pobladores del Nuevo Tingo antes vivían en Tingo, un pueblo muy cercano, pero que prácticamente desapareció por un deslizamiento de tierras hace un tiempo. Tingo sigue existiendo pero vive muy poca gente, la mayoría subió a la montaña al Nuevo Tingo. Hago el camino a pie por un camino de tierra y todo en bajada para llegar a la ruta y hacer dedo o tomar un transporte. Llego a Tingo y son pocas casas, estructuras edilicias que están sin techos ni paredes y un puesto de militares. Estoy con la pesada mochila y me tiro en el camino a esperar como salgo de ahí. Me da un poco de miedo la presencia de los militares. Pasa el tiempo pero lo que no pasan son autos que me levanten. Al rato pasa un transporte y decido tomarlo; antes pregunto el precio y el chofer me dice un precio más bajo que el que me dijeron en Nuevo Tingo. Subo.

Mi nuevo destino es Leymebamba. Es solo para pasar el día y seguir viaje. Llego a Leymebamba y es un lugar pequeño y hermoso. La plaza es el centro de la vida en este lugar. La rodean restaurantes, hospedajes y la iglesia con sus dos torres de piedras. La piedra domina el lugar. Luego de comer salgo a buscar precios de buses que me lleven a Cajamarca y una vez solucionado esto disfruto el lugar. Consigo un bus a muy buen precio a Cajamarca a las 22:00 horas llegando a la ciudad inca sobre las 7:00. Me parece perfecto. Ahora si a disfrutar del lugar. Leymebamba lo ingresé a la lista por su famoso museo sobre las momias.

Lo primero que hago es ir al Museo de Leymebamba y para esto subo a un carro taxi ya que son 4 kilómetros y el sol está muy fuerte. El Museo Leymebamba fue inaugurado en el 2000 y tiene en su interior a más de 200 momias y sus respectivas ofrendas funerarias. Las momias y sus ofrendas fueron recuperadas en 1997 de la Laguna de los Cóndores. Estamos Hablando de una zona de difícil acceso donde la selva manda y donde estos tesoros estaban a merced del vandalismo de los huaqueros y de los buscadores de tesoros quienes venden luego al mejor postor. La conservación de los restos humanos de la Laguna de los Cóndores es extraordinaria. ¿Cómo se podría explicar tal conservación en un área de tan fuertes lluvias y humedad? A pesar del clima y del agua que cae en cascadas, la conservación se da gracias a las condiciones de las llamadas chullpas; construcciones de piedras que protegen a las momias y que poseen un microclima seco y frío, que contribuyó a la preservación de los restos orgánicos. Los estudiosos hablan de la enorme habilidad de los embalsamadores de la Laguna. Trabajaban la descomposición de los cuerpos vaciando la cavidad abdominal por el ano y tapando el orificio con un tapón de tela. Y además de los trabajos en el cuerpo, los embalsamadores finalmente lo envolvían en diversas capas de telas que actuaban como aislante. En los diversos enterramientos también se encontraron, junto con los restos, quipus. ¿Qué es un quipu? El Quipu era una herramienta que utilizaban los Incas – y antes los grupos preincaicos – para llevar el registro y la contabilidad. La palabra Quipu proviene del quechua se traduce como nudo. Se han encontrado quipus muy antiguos, incluso algunos que datan del 2.500 a.C. Un Quipu tenía una cuerda central la cual salían distintas cuerdas de diversos colores, tamaños y formas.

Tengo que volver a Leymebamba y decido hacerlo caminando. Llego y tengo que esperar a la noche para tomar el bus. Y la mejor forma que encuentro es esperar descansando en la hermosa plaza central. En la plaza hay muchos niños y estos están preparándose para jugar al futbol. Son niños de entre 6 y 10 años y de a poco se van acercando a donde estoy; primero se les va la pelota y vienen a buscarla y luego ya se acercan directamente. Me miran y me preguntan. Me encanta esa curiosidad sin vergüenza. A los pocos minutos ya estamos todos jugando al futbol.  Toda la plaza nos mira y generamos risas y lindas miradas. Incluso nos miran desde un balcón de un hospedaje los ciclistas suizos pedantes y críticos. Jugamos por largo rato y es muy divertido. Uno rápidamente se pone la camiseta y ya se mete en el partido y a los pocos minutos ya estaba con mi mejor idioma rioplatense y despertaba risas y caras de “¿Qué dice este tipo?” Son las 22:00 y nos vamos a Cajamarca a conocer la ciudad del Inca Atahualpa. Desde el bus saludo a todos mis compañeros del fútbol y a sus familias.


 

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