Raymond Carver o la necesidad de hablar poco.

Por Juan Manuel Martínez (*)


Raymond Carver es un gran cuentista. De los mejores. Leí dos de sus libros –De qué hablamos cuando hablamos de amor y Catedral-, y todos o casi todos los cuentos me inquietaron. Además me gustaron mucho, pero quizá eso sea lo de menos, un efecto secundario y personal.

Porque cuando se lee a Carver lo primero que invade es el peligro, la sensación de que más tarde o más temprano algo terrible va a pasar, ineludiblemente. Pero no siempre pasa o, mejor dicho, pasa por debajo. La literatura de Carver tiene como eje central la omisión, lo que no se dice aunque esté presente y pueda palparse y olerse. Una de sus grandes virtudes es lograr estirar el suspenso de un relato sin necesidad de grandes maniobras, simplemente mostrando un poco de cada cosa, limitándose a un horizonte más bien reducido. Claro, probablemente por eso nunca escribió una novela, aunque dudo mucho que quisiera hacerlo. Cada escritor tiene su medida.

En sus libros la atmósfera lo cuenta todo, y esa atmósfera nunca está compuesta por descripciones grandilocuentes y detalladas, más bien todo lo contrario: frases cortas, sencillas, diálogos cotidianos de familia, precisiones como al pasar sobre un mueble, un electrodoméstico, un gesto corporal inconsciente que no parece significar nada trascendental. Valiéndose de estos elementos, Carver construye pequeños universos donde familias norteamericanas de clase media exhiben sus miserias como si de una vidriera se tratase, mostrando los residuos putrefactos del famoso sueño americano: alcoholismo, matrimonios que se caen a pedazos, incomunicación y falta de interés mutuo entre padres, hijos, hermanos, amigos, etc.

Pero Carver no es un escritor solemne; en sus relatos muchas veces hay momentos de belleza, una belleza desesperada, sí, pero que finalmente sirve para equilibrar los aspectos más ruines de los personajes y mostrarlos más humanos aun. Un momento bellísimo se da al final del cuento Parece una tontería, incluido en Catedral, donde los dos padres comparten su desamparo con el pastelero quien, en la recta final del cuento pasa de ser un cínico acosador a transformarse en la única persona que les puede brindar un momento de comprensión, la comprensión del que también está desesperado y atraviesa la vida de rodillas. (Recomiendo leer este cuento y también la versión incluida en De qué hablamos cuando hablamos de amor, mucho más corta y con un final muy distinto.)

También es notable la capacidad de Carver para el humor. A veces la miseria de los personajes que aparecen en estos cuentos es tan pomposa que se vuelve imprescindible alejarse un poco de esa solemnidad, mostrar el costado absurdo de tanta oscuridad, como ocurre en el cuento Una conversación seria, donde un hombre visita un día después de navidad a su ex esposa y sus hijos para darles los regalos, y todo termina en una discusión entre los dos adultos que adquiere un tono de capricho infantil, con la mujer gritando porque quiere hablar por teléfono y el hombre yéndose con el cenicero de plata como trofeo de guerra.

Pero decía, una persona es muchas a la vez, así como son muchos sus estados de ánimo y sus reacciones, y en ese sentido Carver logra que a sus personajes se les sienta la respiración y el pulso: toman giros inesperados, aparentemente inexplicables, que por lo general no cambian el sentido al relato, sino que siguen ampliando el panorama interno del personaje y el de sus relaciones.

Así a estos cuentos les calza a la perfección la muerte de un hijo, una cena de parejas amigas que se desvirtúa de forma absurda, la aparición de un cadáver en un río mientras los hombres que lo vieron siguen pescando y comiendo, hasta la desazón de un hombre que se abandona vendiendo todos sus muebles al precio que los quieran pagar. Ninguna situación parece fuera de lugar en la literatura de Carver, porque cada escena humana, por más burda que aparente, es igualmente rica en drama para quien sepa ver entre líneas. Y Carver sabía.


(*) Juan Manuel Martínez tiene 20 años. Actualmente vive en Las Piedras. Escribe cuentos y poemas, tiene un blog donde sube textos llamado Nueva Roma (caidalibreparados13.blogspot.com). Participa en el proyecto y antología de poesía ultra joven En el camino de los perros como poeta antologado.

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*