“Reversible”, un libro bífido


Por Sergio Schvarz

“Se necesita para resurgir sumergirse más, hundirse en la conciencia;
bucear en las carencias, errores, claudicaciones, quietismos y cobardías.
Solamente llegando al fondo, a la ceniza, renace el ave fénix”.

Epigramas filosóficos, Nº 24, Alejandro Daniel Michelena

Hace tiempo, mucho tiempo, que no veía un libro de poesía tan diferente, tan singular. Para empezar son dos libros en uno: Urdimbre y Hacedario, que se lee de atrás hacia adelante (en realidad hacia el centro, donde convergen ambos). Allí se utilizan tipografías de distinto orden y tamaño, y además usa una forma no tradicional, más cercana a la escuela surrealista, con juegos de palabras (un juego plástico y en relación al sonido de las palabras), incluso con algunos neologismos. Hay allí un relato fragmentado y descompuesto, una “dialéctica bestial/ del engranaje”.

Se trata de un libro objeto, donde la edición, el maquetado y la presentación a la imprenta la realizó el propio autor, una expresión artística-plástica, donde el poeta y docente en literatura Ismael Smith mezcla (y se nos lo advierte desde el prólogo) los dibujos con la poesía, formando parte de la propuesta poética (hechos por el ilustrador Roberto Saban). Forma parte y la complementa. El verso es libre y autónomo, y además, notoriamente busca interactuar con el lector, que éste sea partícipe de la lectura como una forma de re-creación.

Es evidente, además, que hay un meta lenguaje que juega y se relaciona con las cosas por sí nombradas.

Desde la dislexia del autor, pasando por las licencias gramaticales y los empecinamientos de los “correctores ortográficos”, llega este libro para sacudir la modorra y la grisura montevideana, y hacernos sentir y pensar. El propio autor me dijo que “fue un trabajo enorme, pero que me dejó muy feliz”, puesto que debió pensar en el todo del libro, y al tener en sus manos la edición en papel, y compartirlo, significó la satisfacción de la tarea cumplida, sobre todo gracias a la preventa del mismo, que posibilitó su edición.

Urdimbre

Sin embargo, hemos de decir que al principio es todo extrañamiento, como si no supiéramos de qué nos está hablando, hay aspectos confusos. Además, como la tipografía tiene variantes, se dificulta un poco la lectura (parecería hecha más para ser leída en voz alta, ante un auditorio). El hecho de que haya un sinnúmero de faltas ortográficas, que no se corrigieron ex profeso, hacen detener, entrecortar, la lectura corrida del poema. A favor de este método podemos decir que nos obliga a leerlos por dos veces, por lo menos, para sobrepasar estos escollos y desde la forma del poema ir hasta el fondo, a lo que (nos) dice. Y aquí también se puede hacer (Rayuela dixit) una lectura lineal o por orden de creación, ya que nos lo sugiere numerándolas, como si fuera un telar y nosotros, con las manos, compusiéramos la urdimbre a nuestro antojo.

En esta parte hay 1) poemas oscuros, metafísicos, que nos muestran una individualidad que indaga y cuestiona un yo real, como en Alienación 3 punto 0: “Morimos lentamente/ sobre un lienzo de espanto…/ -con suerte ǀ a veces ǀ los despojos/ y el olor de la sangre/ se confunden/ y una leve llovizna nos seduce”; hay 2) poemas de amor, donde se mira desde él mismo, mientras ama, y cómo le impacta el otro (la otra) a él, pero todo pasa por el tamiz de su sentimiento, como en La niebla: “porque la niebla/ a veces/ nos dibuja distintos/ nos aproxima/ en bordes diluidos…”, y además, por si fuera poco: “Nos hace PERCEPTIBLES/ -también-/ a la distancia…”, y hay 3) poemas combativos, militantes —los menos, por cierto— que salpican esta parte y la otra del libro con poemas donde se centra en la lucha contra la injusticia, que debe ser dada siempre y en todas las condiciones, aunque no es necesariamente poesía política.

“Urdimbre” se compone de diSección 1: obsesiones; diSección 2: principio de incertidumbre (II. Margen de incertidumbre: “Tu nombre y yo:/ frente a la/ muchedumbre/ del olvido” (lo demás, no importa); diSección 3: entramado PERFOMÁTICO: ; diSección 4: POEMAS reciclados (1998-2004), que son más bien poemas metafísicos, salvo el VII: “desde “lo ajeno”/ te dibujo:/ despojo lo mirable de su carne/ y sos:/ el hueco de LUZ en las vísceras del alma…” (pág. 38).

Hay también pequeñas cachetadas, como para reaccionar: “MORDER, en la sequía-/ HASTA QUE LLUEVAN LÁGRIMAS:/ DE AMOR O DE DOLOR/ -ESO NO IMPORTA-/ MI HUMANIDAD PRECISA DE TUS DIENTES.

Sin embargo, hacia el final de los poemas —en general— decaen en fuerza, se terminan diluyendo. A veces, por supuesto, este resultado es el mejor para el poema, pero no siempre (como en Cosmogonías, que tiene dos partes diferenciadas en cuanto a la forma y al discurso poético, y que termina en la nada, desvaneciéndose. No concluye, plantea la duda, la imaginación del lector puede, o no, completar el sentido, de la misma forma que esos versos nacieron de la imaginación del autor y compusieron la idea).

Hacedario o “el  que hacer de la poesía”

A todo lo anterior hay que agregar que hay una audaz exploración y experimentación poética que, por supuesto, conlleva algunos riesgos, sobre todo en cuanto a su comprensión: “¿Tú tienes experiencia? Entonces, hazla. Y/o muéstrala”. Por ello no es raro encontrarnos con la explicación de esa necesidad de lo nuevo, de lo exótico, en Obviedad; “Escarbando en la hoja/ El ojo invade/ Territorio en el juego/ Del pleonasmo: /Metáfora que branquia el líquido en la forma/ Enlabia la humedad en poros/ que se exploran:/ Tallan la epifanía del pretexto: /Cuando toda palabra/ FuÉ también/ un Neologísmo/ -ASÍ-/ el POEMA”.

O por ejemplo este excelente poema: de CAFÉ SIN AZÚCAR (2004): “Incrustado en un muro/ de ladridos/ y la palabra/ perro/ aveces muerde…// silencio invertebrado/ garganta/ las costillas/ y no hay primer milagro/ que llene el hueco mudo:// la mosca con sus alas de serrucho/ hace tic tac/ a la hora en adjetivo:// la digestión  en su  saliva/ es la   metáfora”.

Hay espacio también para una ácida ironía, como en Dialéctica VIII (el hambre…): “el gato del vecino/ abierto de entrepiernas/ maullando en la parrilla:// son siete ojos/ babeándose/ en estómago:/ así es el hambre:/ /DIJO/ / pero:/ sin gato / sin parrilla/ sin vecinos / sin muelas//sólo ojos/ maullando como moscas/ y/ buen/ provecho (!!!), o en el nombrar al hombre que construye, el Sunca-Man, donde se denota una preocupación social (Plusvalía, pág. 18).

En Heredad, es lo que somos a partir de lo que fuimos, de ese modo podemos ser lo que seremos, desde “los rostros transitados que nos visten/ truenan desde los ojos/ y nos Nacen”. Pero siempre en la medida de que “somos hablados por los nombres de otros”.

No hay que olvidar que “la mirada se pierde/ en la fonética de un cuerpo”, y allí anida el amor. Pero también hay algo de locura en estos textos, como un hablar sin filtros, una imagen que retrotrae a un psiquiátrico, en el lugar donde “NO/ hay/ silencio/ donde dormir las voces”, ese continuo hablar interno, incesante, insistente.

Esa libertad, es expresada en la forma libre de los versos, en su estructura discontinua, que parece querer hablar de varias cosas a la vez, o de estados de ánimo alternos, que están en diferentes planos de la realidad (de la mente, de la figuración espacial) y también los que están fuera de la realidad tangible de las cosas, de la alteridad, donde todas las cosas se superponen.

El poeta va a la palabra, a su sonido (figurado o pronunciado en voz alta), a la representación mental del sonido de la palabra, incluso a una serie de palabras y/o  construcciones gramaticales que se repiten varias veces, como obsesiones: epitafio, umbral (de greda, ¿en construcción?), andamiaje, elipsis, silencio y el peso del silencio, exorcismo, pujar, horadar, abismo, soledad… Es decir, hay un nacimiento, un paso y un peso vital y una presunción de muerte como final.

El amor, después de todo, es luz, como en Poema luminoso, y es búsqueda, donde “ir hasta el hueso/ escudriñar la transparencia” (dice que hace esto pero no muestra, sin embargo, lo que ha encontrado), y, además, “cuando no alcanzamos a tocar algo, lo miramos”. Y también hay irreverencia, como en el poema Oda a la masturbación femenina, porque la poesía debe, necesariamente, nombrar todas las cosas y echar luz sobre diversos temas sin sonrojo ni prejuicios, sintetizados en una imagen: “sentencia de alquimista/ entre los labios”, donde encontraremos, allí, la fuente de la eterna juventud o podremos transmutar la umbricación en oro.

En Vampirismo, por ejemplo, ve a la mujer —como objeto de deseo— desde su óptica particular. Es por eso que practica una especie de vampirismo que busca su propia satisfacción, y que llega a estar “como un adicto/ a/ vos/ que se tiembla”. Habla del amor nombrando el cuerpo del otro, de la otra, por medio de cual él es el que siente, y ese sentir es el estar vivo. Porque para vivir hay que amar, o sin amor no puede existir vida, apenas un estar, un dejarse estar.

Pero también, dentro de la poesía social, militante, “un hastío prensil/ nos parte el ojo/ nos diseca la lengua/ nos muerde en sus entrañas”, y podemos leer las claras alusiones a la guerra contra los palestinos (sobre todo por la ilustración que nos ejemplifica), esa guerra cruel que les va quitando su territorio a cada suspiro, o con cada metralla. El nombrar las cosas, o la gente, nos la trae de vuelta, como al gallego Más Más, del que “ni siquiera sabíamos el nombre…”, pero sí de su coraje, de su entereza cuando debió soportar el vendaval y el calvario de la tortura.

Y para terminar, nos reafirma cuál ha de ser la función poética: “…militar en las causas milenarias: taladrar en el tímpano y sus fuelles: rescatar la memoria de la arcilla: zurcir en la sinapsis inconclusa: tayar en nuestros actos minuciosos: rehacer en el quehacer de nuestro Verbo: / l a  p o e s í a /”.

 


(Reversible – un libro de (poesía)2, Ismael Smith, Atico ediciones, 2019, 96 pp.)

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