Sé que en la sombra hay otro: fotorreportaje a Gonzalo Baz

Entrevista de José Arenas / Fotografías de Paola Scagliotti


Hace un rato nomás que Gonzalo Baz acaba de llegar de una entrevista en la radio. Todavía no se le han ido los nervios y confiesa que estas instancias lo ponen nervioso. Quizá las preguntas cara a cara y el hecho de que Paola ande por ahí sacando fotos parezca una manera de interrogatorio. Pero intentamos destruir ese clima charlando con él y con Dani Olivar, su compañera y socia en la tarea editorial que llevan a cabo con “Pez en el hielo”, una editorial joven que ya ha dado títulos centelleantes. Entre ellos, los de sus propios libros que los han colocado como algunas de las voces más interesantes de la literatura joven.

El ventilador enorme y sonoro nos alivia un poco del calor que cae lluvioso y pesado sobre la calle Requena y el árbol que hay frente a la ventana abierta pone un poco de tranquilidad verde de primavera. Luego, unos vasos de cerveza helada. Ya cada uno encontró su lugar.

La casa estalla de libros; lecturas propias pero, además, es el búnker de la editorial. Los libros que se derrumban de las bibliotecas dan sensación de vida. La letra goteando por todos lados.

Luego de “Animales que vuelven” (Pez en el hielo, 2017) Gonzalo Baz quedó pegado a la expectativa de un escritor sólido con verdadero material para contar. Los textos del libro son realmente, artlianamente, un cross a la mandíbula. A partir de eso ha participado de algunas antologías también, pero hasta aquí nos trajo su reciente novela, “Pasajes comunes”, que acaba de editar Criatura Editora.

Con un clima lóbrego y atrapante, “Pasajes comunes”, es la crónica/ relato de la vida en un complejo de viviendas montevideano. Pero también es un libro de crecimiento, de necesidades adolescentes, de misterios pobres en un contexto de país que se incendia para siempre. El 2002 es una mala época para ser. Especialmente para ser adolescente. Todos allí tienen una voz en la memoria y, especialmente, algo qué contar, aunque más no sea a través del poroso recuerdo del narrador que quiere reconstruir ese espejo roto, como diría alguien.

A partir de esta dolorosa novela creada con verdadera belleza y ternura hablamos con su autor.

Viendo algunas características de la novela, ¿puede haber alguna forma del horror, o del terror, narrada en ese lugar cerrado y en ese tiempo específico?
Sí, creo que sí. Sí. ¿Te pareció?

Me hizo acordar a Mariana Enríquez…
Bueno, Mariana Enríquez me gusta mucho. La he leído bastante y me gusta ese lugar del terror que sale de otro lado, medio social. Eso me interesa. Y creo que en el complejo sí hay algo de lugar cerrado donde pasa todo internamente que, a mí, siempre me generó algo perturbador. Y hay algo con la verticalidad también, con las miradas desde arriba, que creo que eso aparece en el principio. Siempre sentí que cualquier cosa que pasara en el complejo iba ser vista por alguien, que nunca sabías quién era, y eso generaba algo siniestro. Vista y escuchada, porque el complejo, al no tener tránsito de autos lo que fuera, todo lo que pasara ahí estaba recontra registrado. Y eso está un poco en la escena de “los papeles de Marcelo”…

Y con esa construcción del complejo, ¿hay una especie de visión Otra del mundo? ¿Ahí termina todo?
Sí. Para mí, esa arquitectura que en realidad está pensada por milicos, que no tiene espacios públicos y demás. Le genera, sobre todo a la gente que se crió ahí, que pasó su adolescencia, le marcó mucho su subjetividad. Hay una cosmovisión de la gente que vive ahí. El lugar no tiene contexto, el contexto es el propio complejo. Sí, creo que hay algo de moldear subjetividad que está en la arquitectura y en la planificación.

A su vez, todo lo que recala en el complejo, tiene una idea de caer ahí como basura, de algún modo. Las ratas, el agua que se estanca, la gente que se fue ahí temporalmente y quedaron, todo es medio límite…
Bueno, eso capaz que tiene que ver con la época que describo que es la crisis, donde estaba todo hecho mierda. La clase media súper empobrecida y un montón de temas que tenían que ver con un momento económico y político del país concreto.

Y la “narrativa de la crisis” ¿es una obsesión dentro de tu literatura?
No sé si es una obsesión, pero siempre aparece. Sí, puede ser, porque está en varios cuentos. De hecho ahora escribí un cuento que es para publicar en otro lado y aparece esa época. Tengo, sí, como una tendencia a volver a esa época y supongo que es justamente por eso, es la época de la adolescencia donde hacés tu educación sentimental y afectiva. Y que ese sea el contexto, te marca para siempre. Creo que le pasa a escritores de nuestra generación.

Hay, quizá, un inicio de una narrativa de esa época…
Creo que lo estamos elaborando. Es tratar de entender de dónde salió toda esa forma de ver el mundo. Es una época rara la crisis; es la posdictadura, pero no es la posdictadura inmediata que tenía algunos puntos de agarre. Estaba el punk, y había cosas en el under. Después se acható todo, no había nada para hacer. Lo que tenías para hacer era estar en la calle. Por lo menos yo lo viví así. Es una época rara. Después vino todo el gobierno del Frente Amplio, el progresismo, la parte económica de levante que también es otra etapa.

Y el contexto social ¿se conecta, de alguna manera, con la presencia constante que hay de la muerte en la novela?
Esa es, capaz, otra obsesión. Está la muerte ahí. Creo que eso sería por algo más mío, biográfico, que me llama a darle vueltas a ese tema. Al tema de la muerte.

De todas maneras, las dos cosas juntas hacen una narrativa interesante…
Puede ser sí. En “Animales que vuelven” está el cuento ese, “Los pendejos”, que arranca con la muerte de un pibe por un balazo que se le escapa a un amigo de él, jugando con un arma. Que tiene que ver con una época, con un contexto, con estar al pedo jugando con un chumbo.

Otra cosa que aparece siempre en tu literatura es volver, reencontrar y reconstruir el pasado, simbólica y concretamente, la obra en sí va a ese lugar y a la vez los personajes se reconstruyen…Claro, me pasa a mí escribiendo y les pasa a los personajes. Me interesa mucho lo que se genera con las ficciones de la memoria. Como que no me copa tanto a mí sentarme e imaginar un personaje, una historia, sino más recordar y de los agujeros que aparezcan, de las zonas oscuras de la memoria, escribir ficción. Que en realidad es lo que hacemos todos, toda la vida; hay ficciones en las familias, en los barrios, uno mismo se inventa cosas. De ahí un poco la estructura fragmentaria del libro. Van apareciendo fichas de recuerdo que ayudan al narrador a construir la historia del barrio. En realidad, la mayoría arranca conmigo recordando, la novela empieza pensando en imágenes que me volvían del barrio y ahí dije “ta, voy a empezar a escribir”, y hablando con amigos que vivieron en el complejo que me contaron cosas de las que yo no me acordaba en las que yo estaba implicado, y ahí se fueron construyendo los fragmentos. Y hay una parte en la que cuenta a los amigos, no tanto al narrador, que ahí sí es como puramente ficcional porque no hay forma de saber lo que pasó. Es especular con una ausencia, con saber qué hizo un amigo después que no lo viste más.

Como una trampa de la memoria…
Termina siendo eso. Una construcción colectiva de recuerdos que quizá no pasaron.

Y esa fragmentación, ¿también está en los personajes?
Sí, siempre está todo mal. No sé de donde viene eso, pero sí, siempre hay muchas dislocaciones. Gente que se va, que vuelve y que, al volver no encuentra lo que estaba buscando. Un desacople entre lo que se imagina, se recuerda y, luego, lo que realmente está. Por eso el narrador en realidad no vuelve al complejo, quiere contar la historia sin volver y termina siendo otra cosa.

El complejo, como laberinto, ¿maneja una idea de perdición?
Claro. Sí, el que entra al complejo no entiende los códigos del complejo. Y los que viven ahí sí los entienden pero no los pueden hacer suyos y andan deambulando por ahí, buscando una forma de entender. Hay algo de laberinto que tiene eso, todo es muy interior y además, nunca hay un lugar dónde llegar dentro del complejo. Podés transitarlo todo el tiempo pero nunca vas a llegar a un lugar.

Y en relación a tus otros textos, ¿hay una necesidad de narrar una ciudad distinta, de los bordes?
Las narrativas nacen siempre de lugares, y yo viví en muchos barrios de Montevideo. Y sí, siempre andar buscando lugar dónde vivir y a partir de eso empezar a escarbar en los recuerdos del lugar hace que siempre esté reflexionando sobre la ciudad y, Montevideo, depende de la época en que vivís, son ciudades distintas.

¿Parte de tu literatura está basada en buscar una ética y una estética de los espacios?
Una ética no sé. Pero sí puede ser que haya una búsqueda de algo así. Los espacios son súper importantes. Hay una búsqueda estética que tiene que ver con los lugares. No sé si voy a seguir haciendo eso pero hasta ahora es lo que me ha dado ese impulso de seguir. No tanto los personajes y las situaciones, sino la relación con el espacio que también tiene un montón de cosas que son políticas. Va por ahí.


 

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*