Soy leyenda: 50 años del Festival de Woodstock

El viernes 15 de agosto de 1969 comenzaba el festival de música que marcaría a todo una generación y sería el punto más alto del movimiento hippie. Sería tres días de paz y música que el mundo no olvidaría.


Por Nicolás Hidalgo

-Che, hay un festival que dura tres día.

-¿Cómo tres día? ¿Y en dónde es?

-En una chacra gigante

-¿Y en dónde duermen?

-Y no sé… ahí ¿quieren venir?

-¿Cómo un festival que dura tres día?

Hugo Fattoruso abre los ojos de sorpresa al recordar esta anécdota en la serie documental Historia de la MPU. Era el 9 de agosto de 1969 y la que le cuenta del festival era una amiga que venía con Hugo y Osvaldo en el avión que llevaba a los hermanos Fattoruso a Nueva York para encontrarse con Ringo Thielmann, en donde formarían OPA. “No fuimos a Woodstock porque nos dio miedo” remata con toda sinceridad Hugo.

Se podría decir que este miedo que cuenta el Fatto era producto de una mirada poco acostumbrada de nuestra sociedad uruguaya de fines de los sesenta, que no terminaba de entender lo que estaba pasando en el país del norte. Pero lo cierto es que antes de convertirse en el mito que hoy conocemos, el Festival de Woodstock daba miedo. ¿Alguien podría confiar en un recital en el medio de la nada que nació a partir de un aviso en un diario? “Jóvenes con capital ilimitado buscan oportunidades de inversión y propuestas de negocios interesantes y legítimas”. Ése fue el aviso que comenzó todo; lo publicaron en el en el Wall Street Journal dos jóvenes de familia millonaria: John Roberts y Joel Rosenman. Entre las propuestas que recibieron estaba la de armar un estudio de grabación en Woodstock, donde los músicos famosos de la zona pudieran trabajar tranquilos, retirados de la civilización (Woodstock queda a unos kilómetros de esa gran urbe que es Nueva York). La idea era de Michael Lang y Artie Kornfeld: dos veinteañeros que empezaban a hacer sus primeras armas en el negocio de la música. Los cuatro jóvenes se asociaron para formar una empresa: Woodstock Ventures, con el fin de organizar un festival de rock que recaudara los fondos para la construcción del estudio.

La primera movida fue alquilar un campo en el pueblo de Woodstock, en el condado de Ulster, pero los habitantes del lugar prohibieron el concierto por el miedo que causaría la llegada de estos peludos al lugar. A las cansadas, y sobre la fecha del comienzo del festival, los organizadores lograron alquilar una granja en Bethel, propiedad de Max Yasgur. El lugar no tenía ningún servicio básico y el acceso para llegar era terrible. En apenas tres semanas tuvieron que montar las instalaciones y el escenario, conseguir el sonido, la seguridad y el resto de la infraestructura. Con estas perspectivas se imaginaran que nada podía salir bien. Pero todo esto no es nada comparado con el hecho de que el festival fue pensado para que fueran 50.000 personas, los organizadores vendieron 150.000 entradas a US$18 cada una, y terminaron yendo medio millón de almas (es un cálculo estimado ya que nadie con exactitud sabe qué cantidad de público fue). Dos días antes de comenzar ya había cincuenta mil personas esperando que arranque la música. Después no pudieron cobrar más entradas: “este es un concierto gratis desde ahora”, anuncio el coordinador John Morris desde el escenario a las pocas horas de iniciado el festival. La gente venía de todos lados; la carretera había colapsado y los autos quedaban ahí mientras miles y miles de jóvenes seguían su ruta caminando para llegar al recital. El sentido común ante la llegada de la muchedumbre hizo que los intereses económicos de los organizadores se resignasen ante el miedo (otra vez el miedo) de que pasase algo malo al tratar de impedir que toda esa gente ingresara sin haber comprado entrada.

Con todo este caos no pretendan creer que los artistas que iban a dar el recital empezaran a la hora que estaba estipulado y que el sonido fuera el mejor. Ya en el comienzo del show, el viernes 15, el cantante Richie Havens tiene que estirar su actuación porque la banda Sweetwater, quienes iban a tocar después, se habían quedado en la trancadera de autos en la carretera. El segundo día la lluvia hizo del predio un barrial de 240 hectáreas, y nadie murió electrocutado de milagro. Escaseaba la comida, las colas para conseguir agua eran interminables, los baños colapsaron, se tuvo que alquilar helicópteros para trasladar a los músico, la Fuerza Aérea suministró víveres y medicina con sus helicópteros (los militares no eran bien visto por el público así que desde los parlantes del festival se apaciguaba los ánimos diciendo “están con nosotros, no contra nosotros”), la prensa informaba de los “desastroso” del festival, los organizadores tuvieron una pérdida de dos millones de dólares… en fin: nada bueno.


¿Nada bueno? Es curioso como determinadas cosas cuando se hacen en el momento y en el lugar preciso se produce la magia. El festival estaba destinado a pasar a la historia no sólo por sus grandes actuaciones (32 artistas, entre ellos Janis Joplin, Santana, Hendrix, Joe Cocker, Joan Baez, The Who, Creedence, Crosby, Stills, Nash and Young) sino por la convivencia de su público debajo del escenario. La comunidad hippie brillaba en todo su esplendor y transformó todo eso que podía salir mal en un gran encuentro cultural. La película dirigida por Michael Wadleigh, que ganara el Oscar al mejor documental en 1970, tuvo el gran acierto de mostrar no sólo lo que pasaba con los músicos, sino todo el entorno y las vivencias de los que habían ido a ver el show. Los cines en el mundo mostraron esto para horror de los padres y la fascinación de sus hijos. Película que por supuesto llevó su sountrack a un disco que muchos jóvenes llevaron para escuchar hasta el cansancio en sus casas.

La mayor parte del mundo estaba conociendo los valores y forma de encarar la vida de una nueva generación. Fueron tres días de Paz y Música que hoy, 50 años después, está grabado en el imaginario popular como un momento único e irrepetible. Esos momentos que se convierten en leyenda merecidamente.


 

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