Una historia real. De la compra de unos botones a encontrar a su madre

Por Valentina Canoniero


Julia Elvia Rocha Alfonso tiene 97 años, es oriunda de Maldonado. A pesar de su edad es una persona activa, creyente y mantiene un espíritu bastante dinámico.

Relata la historia de su abuelo, Rosalío Alfonso quien llegó de España a mediados del 1800 cuando tenía nueve años, escapando de la guerra hacia nuestras tierras en un barco.

Es así que luego de llegar al Puerto de Montevideo, toma rumbo a Gregorio Aznárez, en aquel entonces conocido como “Las Sierras”. Rosalío comenzó trabajando como peón en una estancia, donde dormía en un galpón, en el piso, cerca de un fogón para protegerse del frío. “Mi padre me contó que allí mi abuelo era feliz, estar cerca del calorcito lo hacía sentirse protegido” comenta Julia.

El tiempo fue transcurriendo y Rosalío, cuando tenía aproximadamente 23 años, conoció a Ubaldina Rocha. Se enamoraron y comenzaron un noviazgo, el cual no fue sencillo ya que los hermanos de Ubaldina estaban en contra por ser Alfonso un simple peón. Pero eso no los detuvo.

Luego de contraer nupcias de una forma muy humilde, Alfonso pidió prestadas tres monedas con las que compró una vaca, la cual carnea y así comienza de a poquito a comprar más ganado. Gradualmente empezó a comprar campo para así asegurarles a su familia un bienestar. Nunca imaginó que su pequeño préstamo de tres monedas haría crecer su negocio paso a paso.

Formaron una familia numerosa de nueve hijos, entre ellos la madre de Julia, Teresa Alfonso.

Un buen día Ubaldina necesitaba un par de botones para María, una de sus hijas. “Me acuerdo que tía María quería un vestido y le encargó a mi abuelo un par de botones para comprar en un comercio y darle el gusto”, cuenta Julia, recordando la historia que le contaron sus padres de tiempos tan remotos.

Frente al pedido de su esposa, don Alfonso va a un negocio a comprar dichos botones, en aquel entonces se envolvían en diario. Entre esos botones envueltos había un recorte de diario que decía: “María Mosteiro de Coronel Súarez, Argentina, busca a su hijo Rosalío Alfonso el cual no ve desde los nueve años”.

Julia no recuerda fechas exactas pero estima que esto ocurrió a principios del siglo veinte y que Rosalío no lo pensó dos veces y se embarcó a la Argentina donde se produjo el encuentro.

Julia cuenta que su mamá le relató el hecho como algo muy emotivo. A pesar de que su abuelo se reencontró con su madre y todo estuvo bien, ella no accedió a venir a vivir a Uruguay ya que no se adaptaba. La relación siguió en buenos términos pero ella decidió seguir en Coronel Súarez, lo que llevó a Rosalío a volver a la tierra que le dio cobijo y una numerosa familia.

  


 

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