Ya sé que estoy piantao… Entrevista imaginaria a Horacio Ferrer

ENTREFICCIONES. 

Por Jorge Alastra


as tardecitas de Montevideo tienen ese qué se yo…¿viste? Salgo por Arenal Grande, lo de siempre, en la calle y en mí, cuando de repente…

– Horacio, ¿qué anda haciendo por acá?

– Y bueno querido, paseando un poco, recobrando el aire de la San Felipe y Santiago que tanto extrañé estando en la otra orilla, en mi otra casa, porque soy un ser extraño; tuve dos casas simultáneas, siempre…

– ¿Por qué se me presenta como un gorrión? Le aseguro que casi no lo reconocí. Lo saqué por el clavel que lleva en el ojal; de otra manera usted sería un gorrión cualquiera confundido entre los demás.

– Es que, querido mío, no dejo de ser un gorrión como cualquier otro, solo que más viejo y cansado, pero recobrando las fuerzas de a poquito y creyendo que todavía puedo escribir algunos versos de contrabando.

– ¿Qué le despierta esta hora y este encuentro para escribir?

– Amigo mío, me despierta esto: “volé desde el más allá hasta el acá/ para vestirme de calle y tanguedad/ vuelo por el Cordón y por el Centro/ yo sé que no soy el que fui/ y si alguna vez lo fui/ y me hago verso/ y vuelo sin querer”.

– Gracias don Horacio…

– No me digas “don”, soy Horacio solamente, el que una vez tejió versos locos y los ató a otro loco del bandoneón…

– ¿No extraña a Ástor?

– ¡Pues claro! No lo he vuelto a ver y se extraña su presencia, aunque te digo que lo siento respirando al lado, es algo que no se puede evitar; está todos los días, todas las horas conmigo, y es imposible sacárselo. ¿Podrías evitar la temperatura, tu respiración, el óxido de los días?

– ¿Cómo fue escribir con él, estar al lado de uno de los mejores músicos del mundo?

– Fue tan sencillo…tan sencillo. Casi no me di cuenta de que él era él. Jamás me hizo sentir que Piazzolla era Piazzolla, jamás. Me trató de igual a igual en toda circunstancia, en cualquier momento y lugar. Él creyó en mí y no sé si a través de mí pudo creer en sí mismo, ya que aquel ser arrebatador era, en el fondo, un tierno y un inseguro de su arte. Mi presencia, como su doble casi, lo hacía asegurarse de que lo que estaba haciendo era bueno. Tanta crítica y ataques lo minaban. Y respondía, el tano, el Gato, respondía…

– ¿Cómo fue hacer “María de Buenos Aires”?

– Fue una delicia, fue un ataque de fervor. Fue hecha en poco tiempo, como una exhalación. Ástor y yo ya la habíamos escrito antes, esa es la explicación, la obra se nos presentó a nosotros. Ya estaba hecha. María…María…

– ¿Y la Balada?

– Iba por la calle y me cayó el, “ya sé que estoy piantao, piantao…” Se lo dije al tano, y lo armamos para un concurso. Estábamos en la ruina, sin un centavo. Yo creo que la obra nos hizo a nosotros, fue otra explosión.

Seguimos caminando un trecho, pero en un momento el gorrión había recobrado su forma y tomado vuelo hasta posarse en el pretil de una casa antigua, mal herida, casi a punto de derruirse. De pronto se elevó y ya no lo vi más. Yo seguí andando por cualquier calle cerca ya de Goes, pensando en este encuentro y sintiendo en la piel las palabras del maestro. Seguí andando pero…parece que solo yo lo veo, porque él pasa entre la gente y los maniquíes le guiñan, los semáforos le dan tres luces celestes y las naranjas del frutero de la esquina le tiran azahares, y así, medio bailando y medio volando, se saca el melón, me saluda, me regala una banderita y me dice:

 


 

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