El pianista Homero Francesch inaugura en el Solís la temporada 2017 del ciclo “Grandes intérpretes”. “No considero que porque alguien sea artista, sea distinto a otro”

Homero Francesch es uno de los grandes pianistas uruguayos. Su último recital en Montevideo fue en 1971. Ahora vuelve al Solís, luego de cuatro décadas de carrera internacional, con el concierto “Bach: Variaciones Goldberg BWV 988. Homenaje a Santiago Baranda Reyes”. Las entradas están a la en venta en Tickantel y boletería del teatro. El artista contó a Granizo detalles de su larga vida frente al piano y cómo vive este regreso a Uruguay.


 

s uno de los grandes pianistas uruguayos y después de cuatro décadas de carrera internacional regresa a su país. Su nombre está asociado a las principales orquestas y directores del mundo, desde la Filarmónica de Viena con Leonard Bernstein a The Academy of St. Martin in the Fields con Sir Neville Marriner pasando por la Filarmónica de Berlín y la New York Philharmonic, entre tantas otras. Tiene una amplia discografía para sellos como Deutsche Grammophon, Tudor y Naxos. La pasada temporada volvió a Uruguay después de 25 años para tocar con orquesta. Su último recital en Montevideo había sido en 1971 y ahora retorna al Solís para interpretar uno de los pilares de la literatura musical de todos los tiempos: las Variaciones Goldberg de Johann Sebastian Bach. Con este recital el célebre pianista uruguayo rendirá tributo a su maestro Santiago Baranda Reyes.

En Montevideo tuvo como profesor de piano a Santiago Baranda Reyes. En 1967 el Servicio Alemán de Intercambio Académico (DAAD) le concedió una beca de estudios en Alemania. Al finalizar la beca continuó estudiando en Múnich con Ludwig Hoffmann y Hugo Steurer. En 1978 obtuvo el premio discográfico alemán Deutscher Schallplattenpreis. Ha dado conciertos en las principales ciudades europeas, Estados Unidos, Canadá, Japón, Australia y América Latina. Se ha presentado como solista con las principales orquestas del mundo: la Filarmónica de Berlín, la Filarmónica de Múnich, la Orquesta Estatal Sajona de Dresde, todas las orquestas sinfónicas de radio en Alemania, la Filarmónica de Viena, la Orquesta Nacional de Francia, la Orquesta Real del Concertgebouw, la Sinfónica de Londres, la Filarmónica de Nueva York, la Sinfónica de Cleveland, la Real Orquesta Filarmónica de Liverpool, la Filarmónica de Varsovia, la Sinfónica Nacional de la RAI y la Orquesta Tonhalle de Zúrich.

Ha tocado bajo la dirección de maestros de la talla de Leonard Bernstein, Kurt Masur, Sir Colin Davis, Gary Bertini, Herbert Blomstedt, Riccardo Chailly, Eliahu Inbal, Neeme Järvi, Zdenek Macal, Rafael Frühbeck de Burgos, Marek Janovski, Michael Gielen, Witold Rowicki, Karl Richter, Hiroshi Wakasugi, Sir Neville Marriner, Sir Charles Mackerras, Charles Dutoit entre otros.

La compañía discográfica Kontrapunkt editó, interpretadas por Francesch, todas las sonatas y conciertos de piano de Mozart. Para el sello Deutsche Grammophon ha grabado obras de Bach, Mozart, Bartók, Henze, Mendelssohn, Ravel, Schumann, Stravinski y Chaikovski. Para el sello Tudor Recording AG grabó obras de Mozart, Chopin, Ravel, Domenico Scarlatti y Carl Reinecke.

Participó como invitado en varios festivales como: el Berliner Festwochen, el Festival de Salzburgo, el Festival de música de Schleswig-Holstein, el Festival Beethoven de Bonn, el Wiener Festwochen, el Festival de música de Rheingau, el Festival de piano de Ruhr, la Primavera de Praga, el Festival George Enescu de Bucarest, el Festival Internacional Cervantino de México, la Schubertiada, el Festival de Aix-en-Provence, el Kasseler Musiktage, el Festival de Ópera de Savonlinna en Finlandia, el Festival Duszniki Chopin de Polonia y el Festival Bach en Londres (junto a Leonard Bernstein).

También ha formado parte de numerosas producciones televisivas de música. Entre otras: el concierto de piano en Sol mayor de Ravel (que obtuvo el premio «Italia» de 1973); la Fantasía coral de Beethoven con la Orquesta Filarmónica de Viena dirigida por Bernstein; Tristán de Hans Werner Henze con la orquesta Sinfónica de la WDR de Colonia, dirigida por el propio compositor, un concierto con The Academy of Saint Martin in the Fields dirigido por Sir Neville Marriner en la que se interpretó el Concierto en D mayor de Haydn y el Concierto en D menor de Mendelssohn; y varios recitales solistas con obras de Mozart, Ravel, Rajmáninov, Isaac Albéniz, Manuel de Falla, Villa-Lobos y Alberto Ginastera.

Es profesor de la Universidad de las Artes de Zúrich (Zürcher Hochschule der Künste – ZhdK) donde da clases a solistas. Ha sido jurado de numerosas competencias internacionales de piano. Entre 2004 y 2009 fue director artístico de la Sommer Akademie Lenk de Suiza y desde 2006 ocupa el mismo cargo en la Viersener Musiksommer.

¿Cómo surge el gusto por el piano?

Como en muchas familias, donde un padre o una madre dicen “éste nene tiene que aprender un instrumento” (risas). En mi casa había un piano. A veces tocaba un poco y un día mi padre, cuando yo tenía seis años, dijo “yo tengo un amigo que es maestro de piano, que lo conozco de la juventud”. Y me llevaron con él. Era Baranda Reyes y fue mi gran maestro. Mi papá tuvo una suerte muy grande porque me puso con un amigo que era muy bueno, un gran profesional. Para mí fue una bendición haber estudiado con él.

¿El amor con el piano comenzó desde el primer momento o se fue construyendo?

Se fue construyendo, como usted dice. Él como maestro tuvo un gran poder de motivación en mí. Además lo hizo de manera muy inteligente, no aburriéndome sino dándome siempre la posibilidad de, no como un juego, sino que  estaba pensando para un niño. No era algo seco. Fui avanzando mucho. Al principio era correlativo a la escuela pero sucedió hubo algo que se abrió en mi vida, cuando tenía 12 o 13 años, que fue que empecé a ganar pequeños concursos aquí y allá para pianistas jóvenes. Y eso me motivó mucho. Que ya en Secundaria tomó preponderancia, y era muy difícil para mis padres que yo tomara en serio el liceo.

¿Y en qué momento decidió volcarse al piano totalmente?

Hice todo el liceo. Pero era muy difícil combinar ambas cosas porque estaba todo el día al piano. Cuatro o cinco horas por día más tres clases por semana. Y encima ir al liceo todos los días. No irse a examen fue difícil (risas). Un año me fui a examen por faltas. A los tropezones pero lo hice. La decisión por el piano no fue tan clara. Hice Preparatorios de Abogacía e iba a seguir mis estudios pero los interrumpí porque me salió una beca que me permitió hacer estudios universitarios musicales en Alemania. Una beca del gobierno Alemán. Me fui con 19 años.

Y ahí se abrió todo un mundo nuevo…

Sí, en ese momento el piano ya pasó a ser mi profesión. No había opciones. Me fui solo. Tenía bastante miedo (risas). Comencé por aprender el idioma durante unos meses. Todo muy bien organizado por el gobierno alemán. Luego, ya con el conocimiento suficiente, hice una prueba de admisión en la Universidad Musical de Baviera, en Munich. Y empecé a estudiar. Estuve cuatro años. Y desde el momento en que me gradué ya empecé a tocar. Justamente en el último semestre concursé y me abrió las puertas para empezar a tocar. Y toqué bastante. Sobre todo en los países sajones como Alemania, Austria, etc. Me ayudó mucho que no tenía problemas económicos, si bien no recibía grandes honorarios, me alcanzaba para vivir. Y en la Universidad empecé a trabajar así que podía tocar y a la vez enseñar a  los principiantes. Estuve así unos cinco y luego me dediqué a tocar.

Usted tiene un largo camino en la música, ¿qué conciertos recuerda particularmente?

Uf, fueron muchos… (piensa). Generalmente son grandes conciertos. El debut con la Filarmónica de Berlín, la Orquesta de Ámsterdam, la London Symphony Orchestra, la Filarmónica de Viena, que puede hacerlo con Bernstein. Eso fue algo que marcó mi vida. Porque a mi edad poder tocar con ese hombre fue un gran galardón. Y luego la Filarmónica de New York. Eso fueron los puntos más importantes.

¿Y los que menos disfrutó o no salieron como usted hubiese querido?

Bueno, tuve que dar un concierto el día que mi padre murió. Me llamaron a Europa y me dijeron que papá había muerto. Y di un recital, en ese estado. Fue muy duro. Fue el momento más difícil, tener que trabajar en esas condiciones fue espantoso.

¿Por qué resulta tan difícil a veces transmitirle a las nuevas generaciones el gusto por la música clásica?

Los que vienen a estudiar conmigo ya están entusiasmados. Y no hay que hacer esfuerzo en eso, aunque sí en otras cosas como que se tomen el estudio seriamente o en trabajar mucho en esos años. Porque a veces se dejan influenciar por otras cosas y piensan que ese estado va a durar siempre. Y cuando terminan la matrícula se aterrorizan. Porque están en una gran Universidad, donde todo tiene los problemas resueltos, con cuatro o cinco años tranquilos, con buenos amigos y buena música. Estudian en una estructura inusitada. Es una sensación fantástica. Pero de repente un buen día se termina. Con eso lucho con la gente.

¿Hay estudiantes talentosos pero con poco profesionalismo que por eso mismo no llegan a más?

Muchos. Son los más. Y también los que no tienen tanto talento pero trabajan duro y llegan. Son los menos.

¿Qué debe tener entonces un buen pianista?

A ser un buen pianista pueden llegar. A ser un excelente pianista, no. Un profesional respetable y digno, sí. Es como todas las profesiones. Hay médicos que son muy buenos y hay otros que son excelentes. Es lo mismo acá. Pero en una profesión donde se es artista creo que eso se ve más aún. Descollar es muy difícil. Hay muchas líneas. Usted puede estar muy bien e irle bien pero estar bastante atrás. Le alcanza para vivir y tener conciertos seguidos. Hay gente que puede vivir de lo que hace en la música popular pero quizás no está en los primeros lugares. Sucede en todas las profesiones. Tengo colegas que además dan clases o van a tocar a cárceles, u hogar de ancianos, y se las arreglan.

¿Qué le permite la amplia trayectoria? ¿Por ejemplo el repertorio o el lugar donde tocar?

Ni siquiera yo puedo elegir el lugar donde tocar. Es como cuando estás en un buen estado como actor y quiere hacer determinado filme pero no te invitan. Invitan a colegas. Esto es lo mismo. Si usted quiere tocar con la Filarmónica de Berlín debe esperar años. Y aunque usted ya haya tocado con ellos. Yo toqué varias veces con ellos. Pero de pronto en algún momento pasan cinco o seis años y tienen otras prioridades y no te llaman. Y hay gente que toca todos los años porque tiene el marketing necesario. De todas formas para mí es un gran honor que ellos me inviten.

¿Cómo se prepara por ejemplo para un concierto como el que dará en el Solís?

Es un concierto muy importante por el repertorio que voy a tocar. Es una de las obras más difíciles, son meses de preparación. Aunque si está aprendido son unos días, dos semanas. Pero este programa es de un peso enorme. Vas a escena y tocas entre 75 y 79 minutos sin parar.

Las manos son sus herramientas, ¿tiene un cuidado especial con ellas?

Evito cargar cosas muy pesadas. Hago alguna gimnasia que no sea de peso, más bien la parte motora del cuerpo. Trato de vivir una vida normal porque si pone demasiado cuidado en una cosa, le pasan más cosas. No creo que un bailarín esté cuidándose donde pisa por no torcerse un pie. Mire, ¿sabe una cosa? Ésta profesión se incorpora naturalmente a la vida de uno. Entonces pierde la sensación de ser un elegido, porque no lo es. No considero que porque alguien sea artista, sea distinto a otro. Tengo las mismas emociones que tiene cualquiera al trabajar. Y considero que está bien que sea asa.

¿Cuántos conciertos al año da?

No más de 50, ese es el máximo. De pronto toca cinco o seis juntos y luego pasa un mes y vuelve a tocar nuevamente.

¿Y qué consume desde el punto de vista cultural?

Me gusta muchísimo el cine. Soy un apasionado del cine. Y leo mucho. También me gusta mucho el tenis. Aunque no puedo practicarlo (risas). Lo miro mucho. Pero también estudio y trabajo. Ahora vivo y en parte vivo en Suiza. A las 10 empiezo a trabajar, estudiar y tocar por dos horas. Luego hago una pausa al mediodía y retomo por dos o tres horas más en la tarde. Cuando tengo que tocar son más horas.

¿Cómo surge esta posibilidad de volver a tocar en Uruguay?

Bueno, es una especia de reencuentro y estreno. Reencuentro porque hay bastante gente de que me ha dicho que va a ir al concierto. Yo toqué en noviembre con la Filarmónica aquí, y ese fue el momento de la confrontación primaria. Hacía muchos años que no tocaba aca. Y emocionalmente volver a tocar acá es algo distinto. Es realmente como si tocara por primera vez. No tenía nervios porque lo dominaba, pero mucha emoción. Y la sensación de empezar de una vez. Impaciencia.

¿Logra disfrutar de un concierto? ¿O la concentración absoluta, el rigor y la técnica no se lo permite?

Pasa todo eso. Uno no lo puede desglosar. Es todo eso. Tiene la sensación de responsabilidad, de estar bien, de estar despierto. Concentrado. Son 30 variaciones que se tocan. Pero al mismo tiempo hay momentos en los que uno puede relajarse. Que no son de “peligro”. No todo es peligro en este trabajo (risas). Lo más lindo es cuando todo se ha hecho de manera bastante digna y uno llega al final. Entonces ve que hay un feedback del otro lado.

¿Es muy riguroso con usted mismo?

Ah. Sí. Siempre. Uno está siempre desconforme. Porque uno ve cosas más grandes de lo que son. Si hay una pifia aunque sea mínima  el público quizás no la registre, pero para uno es una catástrofe. Eso es lo que sucede siempre.

¿Va a ver a colegas?

Constantemente.

¿Y tiene eso de marcarles sus errores?

No, creo que cuando es otro uno tiene una generosidad mayor. Yo no sufro de celos y veo cuando el otro está en problemas. Pero no tengo necesidad de decírselo porque todo el mundo se da cuenta (risas).

¿Es un ambiente donde hay muchos celos profesionales?

Debo decir que tengo una gran suerte en el sentido de que los colegas que tengo acá todos me han demostrado un gran cariño. La gran mayoría van al concierto. La otra vez luego del concierto me demostraron una gran simpatía. No tengo ese problema. Pero también es un recibir y dar. Si uno se comporta de determinada manera no hay motivos para problemas. Y el que lo tiene, el problema de celos, que es un defecto personal, tratará de que no se le note. A mí no me pasa. Creo que cada uno tiene su lugar.

¿Por qué paso tanto tiempo para volver a tocar a Uruguay?

Porque nadie me invitó. Simplemente eso. Hubiera aceptado cualquier invitación, pero se olvidaron. Me dolió pero ahora están haciendo con creces que me olvide. Así que no puedo decir que no haya cambiado.

¿Qué sigue habiendo en usted de aquel niño que con seis años empezó a estudiar piano?

No soy nada igual. Me gustó mi infancia pero no quisiera volver a ella. Cambié, evolucioné desde el punto de vista de apreciación de las cosas. Y de seriedad con mi trabajo. Es imposible mirar para atrás en ese sentido. Pero me sigue entusiasmando sentarme al piano. Lo sigo disfrutando, pero no con la intensidad de los  últimos años. Quiero mezclar lo personal, ver amigos, ir a conciertos de amigos y al mismo tiempo tocar y estudiar alguna cosa. Quiero tener otra vida. Porque llega un momento en el que es importante no perder algo, pero no es lo más importante. Es como un matrimonio viejo, no se puede prescindir de eso pero lo quiere más tranquilo (risas)

¿Piensa en el retiro?

Sí. Lo pienso siempre. Lo haré cuando ya no tenga la fortaleza para seguir. Uno se da cuenta enseguida de eso. El que no se da cuenta es el que no se quiere dar cuenta. Lo he visto en colegas. Y también he visto gente que lo hizo bien, con gran dignidad. Porque después de haberlo tocado tantas veces, con cosas que a la gente le ha gustado, no hay que ir a un escenario para que te tengan lástima. Y yo estoy muy atento a eso, lo voy a a hacer antes de que pase. Que la gente diga “qué lástima, podría haber seguido”. Y se ve bastante en otros artistas.


(Fotografías de Javier Noceti)

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