Música somos. Por Cristina Galvéz


Cuando estoy en silencio, llego a ese lugar donde todo es música.

Rumi.

Llegué a la poesía por la música. Y llegué a la música por las heridas. Fue a los doce años, cuando estalló mi adolescencia y pasé varios meses encerrada en mi cuarto, despierta hasta altas horas de la madrugada, fumando a escondidas de mis padres, prendiendo inciensos y a veces escribiendo. Tenía un pequeño reproductor de CD´s y una carpeta enorme, que fue creciendo con el tiempo, con una variedad de música increíble. En esa época escuché sobre todo a Silvio Rodríguez, reproduje muchas veces casi cada canción de cada uno de sus álbumes. Yo lo había conocido incluso estando en el vientre, me lo presentaron mis padres y, mientras fui niña, era parte del ambiente musical durante los paseos o viajes en auto. Pero hasta entonces, no lo había escuchado de verdad; tuve que hacerlo desde otro lugar de mí que no existía antes.

Le entregué a esas canciones más que mi plena atención. Desmenucé cada palabra, cada letra, deshice cada arpegio. La música y la tristeza que atravesaba en ese momento me hicieron descubrir muchas cosas de mí y del mundo. Fue como cruzar de una orilla a otra, siendo la música el agua que me hacía nadar y la sabia que me transformaba. Se fecundó una semilla que llevaba adentro.

Por esa época también escuché mucho The Cranberries, banda que hasta hoy sigue siendo una de mis favoritas. Yo nunca había imaginado algo como la voz de Dolores O`Riordan: era un pájaro alzándose al cielo; un ángel que sobrevolaba la ciudad nocturna con las alas manchadas de hollín; un dolor líquido, del mismo color de los arándanos; luego, algunos sonidos eran como chimeneas industriales sobre un cielo impoluto. Y eso era poesía.

El inglés me había sido muy difícil en la escuela. Pero el gusto por la música anglosajona  creó en mí la necesidad de explorar el idioma: saber qué decían esas canciones de las que no me podía desprender, pero también saber cómo lo decían, por qué las frases estaban construidas de una manera distinta y cómo esa otra relación en las palabras creaba un efecto particular. De esa forma aprendí inglés, y hoy sigo encantada con este idioma, tan diferente al español pero, a su manera, tan fascinante.

Años después, hubo épocas signadas por determinada banda sonora. Con mamá debimos haber escuchado más de mil veces ese disco doble con éxitos de Mecano, pronunciando juntas cada sílaba mientras hacíamos el mismo recorrido de todas las mañanas hacia mi colegio: cuando me des-per-té y vi a otro tío a-cos-tao, de espaldas a-mi-lao, me dije el pavo es-te-quién-es… Hoy la dulzura de esa voz es la dulzura de esa rutina, un circuito del recuerdo, una película que debe haber quedado grabada en mi ADN.

Asocio mis primeros años de universidad al rock argentino. En los lugares nocturnos que frecuentaba se escuchaba Charly, Spinetta, Fito, Los Rodríguez y Calamaro, entre otros. Hoy esas canciones me remiten inmediatamente a determinados amigos, estados de ánimo, bares de Caracas que hoy no existen tal como los conocí: el “Rajatabla”, en Bellas Artes; el “Cordon Bleu”, en Plaza Venezuela; “El encuentro de los artistas”, en el callejón de la puñalada o “Las tres G”, en Ciudad Universitaria, todos relacionados con el entorno universitario. Existía una energía casi eléctrica en la ciudad, una juventud vibrante nos hermanaba, sin importar la edad cronológica. Hoy, ese recuerdo parece ser el de otra ciudad.

En la época más difícil de mi vida -que se condensó en dos meses de zozobra y profundo dolor-, escuché hasta el cansancio una canción de Lhasa de Sela. Fue cuando mi padre enfermó de cáncer repentinamente y, de una aparente lesión en la cervical que fue agravándose hasta no permitirle estar en pie, pasaron a decirnos que sólo le quedaban unas semanas de vida. Nunca había cuidado más amorosamente de alguien, al punto de que mis necesidades básicas, como la alimentación y el sueño, quedaran relegadas a un segundo plano. Entregué a cuidarlo todo mi ser, en una forma de comunicación profundamente carnal y a la vez espiritual; sabía que acompañaba a mi padre en su trascendencia a otro plano, sentía la presencia de la muerte en mi casa, a nuestro lado, como un familiar más. La canción de Lhasa hablaba, al menos para mí, de esa trascendencia, de esa cúspide donde amor y dolor eran la misma cosa:

Con toda palabra

Con toda sonrisa

Con toda mirada

Con toda caricia

Me acerco al fuego

Que todo lo quema

La luz de tu cara

La luz de tu cuerpo

Es ruego el quererte

Es canto de mudo

Mirada de ciego

Secreto desnudo

Me entrego a tus brazos

Con miedo y con calma

Y un ruego en la boca

Y un ruego en el alma.[1]

Pasé mucho tiempo sin poder escuchar esa canción de nuevo.

En ese tiempo asistía con algunos amigos muy queridos al taller de poesía que dictaba Armando Rojas Guardia en su casa –para entonces en la urbanización El Marqués-. Poco después de la muerte de mi padre, leímos en el taller a San Juan de la Cruz y a Ernesto Cardenal. Hablamos sobre Thomas Merton, Solentiname y la Teología Mística Cristiana. Unos versos de Cardenal se grabaron para siempre en mí, dada mi reciente y cercana relación con la muerte, que empecé a entender como un evento cósmico, más que como una tragedia personal. Convertí ese fragmento de “Coplas a la muerte de Merthon” en un himno (en algún momento me propongo trazar una “bitácora vital poética”, refiriendo los textos y autores que más me han deslumbrado).

Donde los muertos se juntan oh Netzhualcoyotl

o ‘Corazón del Mundo’

            Hemingway, Raissa, Barth, Alfonso Cortés

el mundo es mucho más profundo

                  Hades, donde Xto bajó

                                                  seno, vientre (Mt. 12, 40)

                                                        SIGN OF JONAS

las profundidades de la belleza visible

donde nada la gran ballena cósmica

llena de profetas

                      Todos los besos que no pudisteis dar

                                                                  serán dados.[2]

 Así como necesitamos alimentarnos correctamente para que nuestro organismo funcione de la mejor manera, es preciso otro tipo de alimentación, una más sutil, para salvarnos de la inanición espiritual. Las palabras y la música –lo que contienen las unas de la otra, y viceversa-, son de un poder inimaginable: construyen una arquitectura interna, cuentan nuestra historia, son combustible, herramientas para abrir trechos dentro de aquello que nos sucede; son elementos para crear nuestra propia narrativa.

Cada relación sentimental también tiene una banda sonora. De las películas que viste con la otra persona, de lo que bailaron, de lo que sonaba cuando salieron, del gusto musical compartido o de lo que escuchabas y te hacía pensar en ella.

Más allá de las relaciones de pareja, cada encuentro está signado por palabras, por ritmos y melodías. Nuestra memoria está hecha de palabras y de música. ¿Cómo suena lo que decimos? ¿Cómo suena lo que nos decimos, lo que nos contamos?

Soy de las que piensan que, aunque la tecnología ha traído muchas facilidades y beneficios a nuestra vida cotidiana, ha significado también, por diversas razones, un retroceso espiritual. Hoy en día está casi perdida la experiencia de conseguir un disco; de hacer una inversión –en el caso de no recurrir a la piratería- en un álbum que, sabemos de antemano, se convertirá en algo importante; de apreciar el arte y sentir el olor del papel del cancionero; de aprendernos el orden de las canciones; de escuchar una y otra vez nuestras favoritas y descubrir la magia en aquellas que quizá, al principio, no nos gustaban tanto. Es una relación que puede ser parecida a la que se entabla con un libro al dedicarle parte de nuestro tiempo, sobre todo de nuestro tiempo en soledad. Esos momentos constituyen pequeños y sagrados rituales.

Una canción puede ser un gran hallazgo, un retrato de un momento o proceso vital específico. Podríamos construir un mapa de nuestra trayectoria psíquica a través de canciones. Algo que me encanta de Montevideo, donde vivo desde hace tres años, es la cantidad de músicos que suben al transporte público. Lo increíble es que, casi todos, son realmente buenos. Gracias a estas personas, descubrí  o re-descubrí temas que me movieron profundamente. Casualmente, esas canciones dieron en el blanco de situaciones que atravesaba en el momento, ampliaron el significado de las mismas, ayudaron a trastocar estados de ánimo y pensamientos para convertirlos en conciencia.

Para quienes tenemos la bendición de siempre sentirnos expuestos al dolor, de contar con esa fibra descubierta, el mundo a veces es un lugar difícil de habitar, con toda su belleza pero también con todo su horror. La música y la poesía –lo que hay de la una en la otra- son redes de contención, canales para no desbordarnos, caminos que transitar cuando nos perdemos, asideros en la tormenta.

No obstante, a veces perdemos la fórmula. A veces, eso que nos ha salvado en distintas ocasiones, pierde todo su poder. A veces nos enfrentamos al silencio, y no hay música que suene más fuerte que él.

Así como el silencio entre las palabras, en el arte o en la vida diaria, está cargado de significado, dentro de la teoría musical una “pausa” o un “silencio” constituyen el orden, el “esqueleto” de una pieza. El silencio es una nota que no se ejecuta, pero que aporta valor y sentido. De la misma forma, hay grietas de silencio en nosotros, en nuestra historia, a través de las cuales observar, en las cuales quedarnos el tiempo necesario.

Bien sea dirigido a la música, a la palabra, al silencio, el acto de escuchar es análogo al acto de contemplar. Tal como los contemplativos de Solentiname, es posible acceder a un conocimiento profundo a través de la receptividad. No es tan fácil para nosotros, al estar inmersos en el hervidero de las ciudades, en lugar de estar en la serenidad del monasterio. Pero tenemos, aquí, toda clase de melodías que dibujan nuestro trayecto en la vida, que crean orden en el caos; nuestra propia composición de sonidos y de pausas, dolorosa y bella.


[1] De Sela, L. (2003) “Con toda palabra”[CD]. The Living Road. Warner Music Spain S.L.

[2] Cardenal, E. En Antología. Buenos Aires: Ediciones Carlos Lohlé, 1971.

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