“Verte y festejar también”. Don Osvaldo en Uruguay

La banda liderada por Pato Fontanet se presentó nuevamente en nuestro país, en una noche marcada por la emoción.


Por Ginny Lupin

Tomar el 104 Costanera el Sábado 19 a las 7 de la tarde, no es una buena idea a menos que tu destino sea Landia. En la hora de trayecto que nos separa del lugar, el ómnibus de línea (lleno) comienza a asemejarse a un micro contratado en donde el logo de Callejeros y los tetra briks de vino cambian la rutina del transporte capitalino. Es que en apenas unas horas, la banda argentina Don Osvaldo se presenta en el escenario del Parque Roosevelt, y pasados 4 años de sus últimos shows en nuestro país (con dos Teatro de Verano agotados en abril de 2015), las expectativas son altas.

Formada a finales de 2010, Don Osvaldo es una continuación del fenómeno Callejeros; banda que, desde Villa Celina, supo revolucionar el medio argentino a principios de los 2000.

Tras su separación, Pato Fontanet (voz) y Christian Torrejón (bajo), inician un nuevo proyecto bajo el nombre de Casi Justicia Social, manteniendo así la sigla CJS asociada a Callejeros. Por 4 años se identificaron de esta forma, hasta que en 2014 pasan a llamarse Don Osvaldo, homenajeando a su referente y “amuleto de la suerte”: Osvaldo Pugliese. Es así que, sin cambios en su formación original y con mínimas variantes entre sus músicos invitados, Don Osvaldo continúa agotando fechas a lo largo y ancho de Argentina.

En su material disponible (el álbum Casi Justicia Social de 2015 y los tres singles editados en 2018: Siento Un Pensamiento, Lo Que Se Dice Y Lo Que Se Hace, y Evolución); mantienen el sonido que arrastra multitudes desde los orígenes de Callejeros en 1995: La voz rota de Fontanet, el protagonismo de las teclas y los vientos, junto a la temática social y reflexiva de sus letras, conforman la fórmula de un éxito que siguen cosechando.

Pasadas las 21, hora fijada para el comienzo del show, y finalizada la presentación de la murga Doña Bastarda como encargados de calentar la noche; el público corea los clásicos de la banda con más fuerza de la que emitirán los parlantes apenas minutos después. “No puedo más, tengo un nudo en la garganta”, explica emocionado un fanático a mi izquierda.

En un Landia sin carpa, a cielo abierto, los gritos, saltos y expectativa se ven brevemente opacados por el estallido de la pirotecnia. El humo se esparce, removiendo recuerdos crudos para la banda y sus seguidores y demorando así el comienzo del show. Rápidamente la seguridad identifica a la chica que, ajena a la fiesta o predispuesta a arruinarla, nos retrotrajo por unos minutos a épocas oscuras del rock. José Palazzo, creador del festival Cosquín Rock y productor de la fecha, toma el escenario para pedir al público la responsabilidad que un recital exige. Porque eso implica un espectáculo de esta índole; más allá de una celebración a la música, la responsabilidad que artistas, productores, público y entorno debemos asumir para que ésta sea disfrutable.

El productor no debe mencionarlo, pero todos estamos recordando esa noche de 2004, donde los riesgos y los cuidados necesarios para evitarlos, no estaban tan claros.

“Acuérdense de luchar por lo imposible, porque lo posible se agotó”, exhortaba Fontanet a sus seguidores durante un show en el Estadio de Obras (2004). Casi 15 años después, en Landia suenan los primeros acordes de Rocanroles Sin Destino y aquel imposible (o improbable) por el que sus seguidores nunca dejaron de luchar, se hace realidad. Pato Fontanet sube nuevamente a un escenario, esta vez con una camiseta de Gardelitos, campera deportiva, bermudas y una pulsera de macramé en su mano derecha. Canta con los ojos cerrados y se inclina hacia el público, como para sentirlos más cerca. Fueron 2 años sin pisar un escenario (hasta Junio de 2018 cuando la banda regresa a la ruta para agotar 10 shows en Córdoba); en este tiempo, privado de libertad, Fontanet transitó momentos personales muy duros. Pero hoy, nuevamente utilizando su instrumento, voz que supo identificar a una generación a ambos lados del Río de la Plata; comparte la felicidad del regreso con sus seguidores.

La banda llegó a nuestro país con su formación tradicional: Pato Fontanet, Christian Torrejón, Alvaro Pedi Puentes (ex Jovenes Pordioseros) y Crispin Pedrellos en guitarras y Luis Lamas (Ojos Locos) en batería. Como músicos invitados participan del show: Juano Falcone en percusión, Gabriel Gerez en teclados, Facundo Fernandez en violín y Leopoldo Janin en saxo.

Durante los 26 temas, separados por dos intervalos de excesiva duración, la banda recorre canciones propias y de Callejeros; en una lista predecible, con escasas variaciones para con sus últimos shows.

Fontanet bromea con el público y la banda, el rock se funde con el tango y el blues; y cada músico invitado tiene su momento de protagonismo, transitando distintos climas que son acompañados por gráficas proyectadas en el telón de fondo. La estética es importante para Don Osvaldo, quienes diseñan un arte específico para cada etapa de su gira, el cual plasman en afiches y escenografía.

En el vivo, los temas adoptan un cariz más instrumental que en las grabaciones. Los músicos parecen conducir su propio ‘jam’, modificando y estirando las bases originales, propuesta a la que Fonanet se amolda con su voz tan fácilmente reconocible. El público disfruta, con momentos para el pogo, los aplausos, las lágrimas y la nostalgia. Las banderas no dejan de ondear en ningún momento. Tampoco se detienen los aplausos, ni los agradecimientos del vocalista, quien destaca como siente el cariño de su público.

Pasadas las 12, el recital llega a su fin de la mano de Ilusión (Callejeros) y Suerte (Don Osvaldo). Temas que, según Fontanet, son a esta altura más del público que de los músicos.

“Suena Don Osvaldo, lo tengo tatuado atrás del corazón. Me cuida la espalda del que quiera gobernarme la razón”. La relación entre los seguidores y la banda es así: son su voz, los acompañaron como Callejeros y lo hacen ahora con Don Osvaldo. Crecieron junto a la banda, construyeron su identidad a través de sus temas y hoy festejan al verlos nuevamente en vivo.

Los músicos se despiden y el público inicia lentamente el éxodo hacia los ómnibus que esperan en la puerta del predio.

El 104 Plaza Independencia es un panorama completamente distinto que el que vivimos a la ida. Caras de sueño, molestia por viajar apretados, la protesta de aquellos que quedan afuera. Pero las sonrisas permanecen, ya no con la ansiedad de la previa, pero si con la emoción de haberlo vivido. Porque Don Osvaldo volvió a Uruguay, demostrando una vez más, que su voz sigue sonando fuerte y clara en este lado del charco.


 

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*