Enrique Estrázulas. Por Hugo Indart


Su imagen ha sido una constante de nuestra ciudad, más allá de aquellas temporales ausencias, debidas a su vinculación con el mundo de la diplomacia. Ese caminar lo llevó a establecerse en lugares que van desde la vecina Buenos Aires hasta la tropical República de Cuba, habiendo pisado también suelo europeo; y siempre marchando juntos el diplomático y el artista. Es así que, entre otros recuerdos, elegimos verlo, en la capital porteña, capitaneando, desde la Embajada, los encuentros en torno a la figura de Gardel; del mismo modo, estando en La Habana, lo vemos dando a  conocer una obra como “El gato y el sacristán”, guión teatral que –con algún cambio en el nombre– supo vestir la cartelera montevideana en la temporada 2009.

Enrique Estrázulas se fue hace muy, muy poco; nos va a costar mucho hablar de él en pasado; es mejor pensar que ya ha de haber llegado a aquel “último piso” del que hablaba Piazzolla y estará tomándose algunos tragos -mientras hablan de magia y de cercacercanías- con Alfredo Zitarrosa, con Juan Capagorry -el entrañable Capita-, con su amigo y admirado Juan Carlos Onetti, con Borges y con tantos y tantos amigos del alma, de la vida y del arte. Desde aquí, levantamos el vaso: ¡salud!; ¡salud para siempre, Enrique!

Pepe Corvina

Sin la menor duda, estamos hablando de uno de los grandes artífices de la palabra escrita. Suena difícil eso de hacer arte tomando como instrumento la palabra, esa herramienta de comunicación que, con toda naturalidad, utilizamos  a diario y que, a veces, no valoramos en su verdadera dimensión. Por esa desvalorización es que incluso suele sufrir el daño, la deformación de un mal manejo cotidiano generado por esnobismos, por modas que, afortunadamente, en muchos casos suelen ser pasajeras. Pues esa herramienta coloquial, en apariencia tan simple, es el instrumento que utilizan los escritores para hacer arte. Vaya talento especial que se requiere. Y vaya si Enrique Estrázulas ha sido una clara muestra de ese talento; y sensibilidad.

Abrir cualquiera de sus libros es reafirmar lo que decimos. Como muestra, no podemos sustraernos a la tentación de compartir con los amigos algún pasaje de su magistral novela “Pepe Corvina”.

“En el fondo del mar las algas se asombraron, las mojarras huyeron y bandadas de peces llegaron a curiosear los visitantes del aire. Mi sueño fue una gran pecera con su fragata destrozada al fondo.

Hubo una contracción de anémonas, una rápida huida de cangrejos, un entreabrirse de ferrugientos mejillones, un ámbar encendido de golpe, tenue ondular de vegetales verdes. Dejando una estela de burbujas, Alejandro, Carlín y Nicanor bajaban pataleando.”

Pensamos que esto puede ser una invitación para que aquellos que aún no han entrado en contacto con “esta ficción alucinante sobre el mar y la locura” no pierdan un minuto más y se entreguen al disfrute de lo que Antonio Machado definiera una vez como “el milagro de los genios de la palabra”.

Podemos evocar cualquier otro fragmento; siempre va a ser un  impecable momento.

“La eterna media luz fue violada, llenada de burbujas, invadida por cuadrúpedos caídos de la tierra.

Alejandro dio vuelta los cofres. Nicanor desparramó monedas y Carlín sacudió los vegetales. Se abrieron en abanico inmemoriales páginas. En el claroscuro de los rincones la intocada soledad fue interrumpida. Lotos avergonzados se dejaron mirar.”

No es casual que iniciemos la charla sobre este grande de nuestras letras evocando la novela que -en opinión personal, pero que sabemos compartida por muchos- se podría definir como su mayor creación, en ese mágico mundo de la ficción.

Este texto, además de su impecable calidad literaria, muestra un aspecto del Estrázalas-hombre que lo identifica con todos aquellos que sentimos la fuerza del pulso tanguero y, más específicamente, gardeliano.

En este relato -como en tantos escritos del autor- está la presencia de Gardel; y la evocación puede sorprendernos en la propuesta de una sugerente alusión que pone de manifiesto la creatividad del escritor. Invocando el tango “Compañero” (Filiberto-Maroni), del repertorio gardeliano, el personaje confiesa: “Yo canté en el baño las viejas letras deprimentes, las que solo uno pudo hacer sublimes: Que me olvidés te lo ruego / no me llevés en tus venas…”

Pero también puede traerlo con el llamado concreto y específico.

Ese indio, “que vivía en el último rancho que quedaba en la cuadra”, es el encargado de una puntual referencia. “En ese rancho, decía el viejo, había dorado asados con sus propias manos para el famoso dúo Gardel – Razzano, a la sazón “El Morocho y el Oriental” y un desconocido cantor (maravilloso) que nunca registró una placa: se llamaba Pepo, a secas.”

Propongo despedirnos de este espléndido texto con la palabra del propio autor:

“Mi extraña novela “Pepe Corvina” nació de unas cuartetas que escribí sobre un imaginario pescador.” (1)

Una pasión

Enrique Estrázulas fue un apasionado gardeliano; así lo manifestó cada vez que tuvo ocasión, y -detalle nada menor- así lo mostró en su obra. Quien camine por las calles de sus relatos va a tener repetidos encuentros  con el Tango… y con El Mago.

Nosotros vamos a proponer, en esta evocación del artista, visualizar este aspecto, ya que a todos nos llega de una manera muy especial, y en la certeza de que cualquier trozo que se pueda elegir para ilustrar este perfil -de cualquiera de sus obras- es, al mismo tiempo, una muestra del nivel literario de este creador. Vale decir que podemos así calibrar al Estrázulas escritor escuchando al Estrázulas gardeliano.

Y para sostener la autenticidad de su condición gardeliana vamos a remitirnos a su propia voz.

En una edición de octubre del año 2000 figura, entre otros textos, un guión cinematográfico llamado “Nunca fui Gardel”. En la introducción, Estrázulas plantea algunas características del libreto, y explica el por qué; así, por ejemplo, sostiene que es una ficción lo que escribió y no una “cuidada biografía”; dice que entendió “más cinematográfico el misterio de su vida que hurgar en la verdad histórica (o en las distintas verdades históricas)”. Hace algunas precisiones destinadas a la dirección, como el hecho de que se necesitarían dos actores para encarnar al Cantor; uno para los comienzos y otro para el “Gardel definitivo”. Y así sigue, pero, para el enfoque que estamos haciendo, vamos a fijar la mirada -porque resultan particularmente significativas- en las primeras palabras de esta Introducción.

“Gardel fue una pasión que retoñó en mi niñez y se transformó luego en una admiración razonada, fundamentada en el hecho de que -conociendo naturalmente los secretos de la poesía y la música de las palabras- este cantor y compositor abarca tanto el lirismo como la sobriedad, tanto el llanto como la explicación. Gardel es mitología; tal vez el único cantor mitológico de América Latina. Y con esta evidencia indiscutible eludo la tentación de abundar en elogios.”

Solo para que se tenga una idea de la estructura literaria, elegimos -al azar- un fragmento cualquiera del guión.

EXTERIOR. DIA

Montevideo. La playa de los ingleses, actualmente “La Curva del Ensueño” con la presencia y el vaivén del río ancho como mar. Un “Ford A” de los años treinta, aparentemente manejado por Gardel, recorre la larga curva y sigue hacia Malvín. El auto se detiene en Rimac casi la Rambla en la puerta de un chalet estilo francés de los años 20. El hombre baja del auto y sabemos que es una caricatura de Carlos Gardel, que no es Gardel, sino un imitador físico. Se trata de Bonapelch, que timbra en el portón varias veces hasta que sale el verdadero Gardel. Ambos están vestidos idénticos, con ranchos de paja iguales.

 Gardel- ¿Qué hacés Bona? Parecés mi doble. Creí que era yo mismo que venía a buscarme… ¿Me llevás al teatro?

Bonapelch- A eso vine… puntualmente.

Gardel- Sos un fenómeno, aviador. (Entra al auto). Manejá despacio porque hay viento… Hay viento pero no hay apuro.

Bonapelch- No te preocupes, mago… tenemos tiempo. (Arranca. Salen).

Gardel- (Viajando. Rambla desierta. Mar) Decime, Bona… ¿Vos querés parecerte a Gardel o querés ser Gardel?

Bonapelch- Mirá… yo quisiera ser Gardel pero no puedo.

Gardel- Mirá que es jodido ser Gardel… te lo digo por experiencia.

Bonapelch- ¡Qué va a ser jodido! ¡Es lo máximo!

Gardel- Si te lo presto una noche… de mañana salís disparado…

Al final del guión figuran las referencias que nos hablan sobre la fecha y el lugar de concepción de esta pieza.

15- 1-  99

7- 2- 99

La Habana (2)

Seguimos leyendo

Tal como hemos afirmado, meterse en la literatura de Estrázulas requiere tener preparada la sensibilidad tanguera para el inevitable encuentro. Vamos a ver qué nos plantea la novela “Espérame Manon”.

Este es uno de los textos de Estrázulas que denuncia el palpitar tanguero ya desde el título. ¡Cuánto tango se encierra en ese nombre femenino! Él por sí solo ya evoca una pieza. Con la música de Arturo De Bassi, dice Antonio Podestá: “Pena/pena dulce que llevo escondida/que me alumbra la vida, Manon/Me la ha dado tu orgullo y la llevo/como una caricia sobre el corazón” Por supuesto que se impone la visión de “Escúchame Manon” (versos de Chanel para el ya existente “Indiferencia”, de Pracánico y Frollo) en la impecable interpretación de Pugliese. También está “Griseta” (González Castillo/Delfino), aquella coqueta, sentimental y pizpireta francesita que “soñaba con Des Grieux” y “quería ser Manon”. Y la memoria no puede (ni quiere) ahuyentar aquello de “Una vez” (Castillo/Pugliese) “Pudo llamarse Renée/o acaso fuera Manon…”

La historia -con su fuerte carga de erotismo- se vive en Colonia, Montevideo, Buenos Aires y París. Constantemente el mundo del tango está marcando los momentos de la novela. Ezequiel quiere dejar de ser un “músico de tugurio” y decide irse a París a “probar suerte con su bandoneón”. La sola mención de la capital francesa, así como de la Place Pigalle, el Quartier, el Barrio Latino, Monmartre, lleva al lector a un ambiente con espíritu de tango. Y ese espíritu flota en toda la narración. Así cuenta Manon que, mientras Luna mantenía una larga discusión telefónica, “yo prendí el ventilador y me acosté con los “Idilios” de Chénier que había encontrado en la casa.” Es imposible leer este texto sin pensar en “Cuartito azul” (Mores/Battistella); “aquí fue donde sollozó la amada mía/recitándome los versos de Chénier”. Battistella unió para siempre al tango con el bucólico André Chénier.

Promediando la narración, en París, en la Savoyarde, “esa iglesia que el tiempo va evaporando”, se vive un momento a puro tango. Esa noche, entre “Mi refugio”, “Danzarín”, “A fuego lento”, “La guitarrita”, “Recuerdo”, “Sur”, hace su aparición El Mago; esta vez en su condición de compositor. “Hablábamos sin mirarnos, en voz baja. Ezequiel anunció “Volver”, de Gardel.” (…) “Volver” giraba en las claraboyas, bajaba hasta los candelabros, se estiraba y se cerraba en aquel bandoneón que avizoraba lejanías.”

Pero los comienzos del libro también cuentan con la presencia del Cantor; ¡y de qué manera! El autor utiliza su imagen para plantear una drástica, inexorable sentencia.

“- Puede ser -dijo el murciélago- Pero el que no me gusta nada es Gardel.

– ¿No le gusta Gardel? -se sorprendió Ezequiel-.

– Estaba cantado –interrumpí-. La soberbia nunca toleró la excelencia. Al filósofo no le gusta que lo superen.”

Y pisando los tramos finales del relato vale la pena detenerse en la Savoyarde, durante otra presentación, para disfrutar de una sutil, eclesiástica y tanguera pincelada de Estrázulas; el tango evocado sugiere la imagen del Cantor. “El bandoneón volvió a hacer vibrar los vitrales y en el tango “Misa de Once” se soltaron las campanas que, desde allí, nadie veía.” (3)

Seguimos transitando por estos caminos literarios. Doblamos la esquina  y nos topamos de lleno con otra obra; nos hemos encontrado con “La cerrazón humana”.

El responsable del prólogo, Alejandro Michelena, destaca un perfil que marca el espíritu general de esta serie de relatos cortos de Estrázulas. El asunto gira en torno a la característica de cuento extraño que se respira en estas páginas, es decir, “lo paranormal presentado con sabia ambigüedad, la dimensión de rareza anidando en realidades cotidianas, el halo de misterio como leit motiv.”  Michelena completa su observación con una precisión que apunta a “la clave esencial de la obra: cualquier tema amerita un cuento extraño, ya que lo importante en este caso es el punto de vista, el ángulo de la mirada.”

El cuento que da nombre al libro exhibe, en la evocación, un claro homenaje -producto de la confesa admiración del autor- a una de las mayores presencias de la literatura uruguaya; Juan Carlos Onetti, y con él, aquel que no podía faltar.

Cuando Milo Zovus le habla de sus miedos, del terror que le produce pensar en las consecuencias del acto de la concepción, con la posible creación de seres “aborrecibles, miserables o locos”, Onetti le explica que “el coito no elige a su creatura. Copular con cariño o violencia no garantiza concebir a un virtuoso o viceversa…”  El diletante siente el impacto de la sentencia, reforzado, después, cuando Onetti “agregó una pregunta que era, en realidad, una reflexión:

-¿Cómo podría saber de antemano la bestia del Coronel Escayola, que entre sus cincuenta hijos naturales estaba Gardel?”

Dejamos a Onetti, seguimos el viaje por estas páginas, y, entrando en “La verdad está triste”, nos vamos a encontrar con alguien encargado de confirmar -una vez más- que El Mago es una constante en la palabra de Estrázulas.

Allí, en ese conventillo “demasiado calmo”, donde “no hay niños ni comadres ni perros”,  ese hombre que trabaja el cobre, “con cerámica y piedra”, también, en “un viejo pasadiscos”, escucha música. “Tengo una gastada versión de la novena sinfonía, las cuatro estaciones y las mejores fugas. A Gardel lo escucho por radio.”

Igualmente en aquel “tugurio, color verde botella, algo baboso y con figuras chinas,” que “se llamaba Vikingo Bar”, encuentra su lugar la evocación gardeliana.

“El inglés la miraba, con brillo celeste. Lo único que molestaba a Mónica -que odiaba a Gardel porque la entristecía- era esa raya al medio, la engominada perfecta del hombre, las patillas en punta, cuidadas, el cuello alto y la corbata azul con una perla blanca.”

Como ya se ha visto, sin la menor duda, entablar un diálogo-lectura con Enrique Estrázulas es hablar con un gardeliano de pura cepa. Es por eso -lo reiteramos, una vez más- que el leyente tiene que estar preparado para la aparición de la infaltable referencia, que –naturalmente- puede sorprender a quien se encuentra desprevenido. Así es, entonces, que “Una estrella fugaz” plantea la reflexión de aquel “hombre solitario”. “Recordó que aunque era casi idéntica a Mona Maris prefirió compararla con Marlene Dietrich para hablar de “El ángel azul”, film a su juicio superior a “Cuesta abajo”.

Es bueno para el espíritu regalarse el placer de esta literatura.

La temática de este trabajo lleva a rescatar -dentro de la seductora prosa de Estrázulas- la evocación de ciertos duendes; especialmente uno, pero no de manera excluyente. Es sabido que el autor tuvo siempre una marcadísima cercanía con aquello que se ha dado en llamar la canción popular, más allá del Tango y de su máximo exponente. Entonces, si nos disponemos a leer “El poniente” nos vamos a encontrar con otro emblema.

Después del título, preparando al lector, está la inscripción “In memóriam  Alfredo Zitarrosa”. El narrador comparte con Juan Capagorry una noche de copas en ese “boliche amarillo” que “titilaba junto a los ranchos de los pescadores”. Y los dos amigos sienten la presencia del que falta, aquel que “nunca vino al Polonio” pero que “vendrá, un día va a venir”;  es aquel hombre “en cuyos labios florece la canción”. (4)

También la magia

Precisamente el libro que vamos a abrir ahora se llama “ZITARROSA  el cantor de la flor en la boca”.

El ensayo cuenta con una biografía del cantor, conversaciones entre ambos, abundante material fotográfico y muchas de las creaciones de Alfredo Zitarrosa presentadas por medio de partituras para piano con la correspondiente letra de cada canción.

Estrázulas no pierde oportunidad de reiterar su admiración por El Mago, pero, en este caso, muestra entrelazadas las figuras incluyendo, además, en sus reflexiones, al mayúsculo escritor del que ya se ha hablado; no podía faltar.

“No soy el único que cree en el milagro Piaf o en el milagro Gardel como grandes burladores de todo razonamiento. También creo en el milagro Zitarrosa.”

Recuerda Estrázulas el momento en que le presentan a Zitarrosa. “Su nombre me sonaba a raíz de un reportaje que, me enteré en seguida, ese aniñado trovador de voz gruesa le había hecho a mi amigo Juan Carlos Onetti.” El mundo gardeliano conoce perfectamente el reportaje aludido -publicado en el semanario “Marcha” el 25 de junio de 1965 con el título “Onetti y la magia de El Mago”- puesto que el tema del mismo es, precisamente, Gardel. En el transcurrir del libro hay otro momento memorable de unión entre el inmenso escritor uruguayo y el máximo cantor. “Onetti -sostiene Estrázulas- no tiene mucha idea de lo que un cantor popular significa, con la excepción del totalitarismo que sobre él ejerce desde toda la vida el “Mago” Carlos Gardel.”  Cabe agregar que la contratapa del libro luce una espléndida foto de Zitarrosa con palabras alusivas de Juan Carlos Onetti.

Incursiona con inteligencia el autor en un tema excesivamente transitado -y muchas veces con escasa puntería- en frecuentes análisis gardelianos; de la calidad de algunas letras se trata. Hace Estrázulas una especie de paralelismo con la también magia de Zitarrosa y plantea un claro y lúcido veredicto. “¿Acaso Gardel no fue siempre un sublimador de letras generalmente mal armadas y peor escritas? Alfredo Zitarrosa -salvando diferencias, distancias, disparidad de géneros- tiene mucho que ver con el citado ejemplo, que puede llevarnos a la conclusión de que el poeta era Gardel, el cantor Gardel, el genio natural Gardel. La voz humana es el primer instrumento. Si ese instrumento suena bien, o muy bien, las bellas letras corren por debajo, salvo lamentables excepciones.” (5)

Vamos a despedirnos de este encuentro entre amigos, libros y tango, con algunas de aquellas cuartetas de las que hablaba el escritor, que dieron origen a su “extraña novela”, y que nos llevan a sentir la voz de Alfredo Zitarrosa.

“Adiós Pepe pescador

ballenero fugitivo,

tatuado en la soledad,

anclado en el Paraíso.

El aparejo cantor,

las chalanas pensativas,

el mar solo, solo,

el mar sin Pepe Corvina.”

 

Enrique Estrázulas nació en Montevideo el 9 de enero de 1942, y murió – en la misma ciudad- el 8 de marzo de 2016.

De las publicaciones  

(1) El ejemplar de “Pepe Corvina” utilizado durante la elaboración de estos apuntes es de la Editorial Sudamericana Uruguaya S. A. Fue una publicación de octubre del año 2004 y luce dos referencias que hablan a las claras de la popularidad de esta novela; junto a la fecha se aclara que es la octava edición, y luego, se hace una precisión: Edición especial con motivo del 30° Aniversario de la 1° Edición.

(2) En la publicación consultada -“Nunca fui Gardel y otros guiones”,   ediciones ARCA, Montevideo, octubre 2000- también figura “El gato y el sacristán”, con las correspondientes referencias de  fecha y lugar, La Habana 3- 1- 2000; y “Las pesadillas de Borges”, 26- 4- 98    13- 5- 98    Buenos Aires – Montevideo.  

(3) “Espérame Manon” 2008, Editorial Planeta S.A. Cuareim 1647 (11100) Montevideo, Uruguay. Primera edición, octubre de 2008. Impreso y encuadernado en Tradinco  S.A.  Minas 1367.

(4) “La cerrazón humana” Enrique Estrázulas, 2007  Seix Barral  Biblioteca Breve Grupo Editorial Planeta  Cuareim 1647 (11100) Montevideo, Uruguay 1ª edición uruguaya: marzo de 2007.

(5) “ZITARROSA el cantor de la flor en la boca” Ediciones SEDMAY, S.A. Distribuidora: MAYDI, S.A.  López de Hoyos, 36   Madrid – 6    Primera edición: octubre 1977.

 


Publicado en Tanguedia 1ra. Época (Nº 70, abril, 2016).

 

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*