Reynaldo Nichele. Por Ramón González


Siempre estuve tentado por la idea de escribir algo sobre el violinista, compositor y director Reynaldo Nichele (1º junio 1918-25 abril 1998). Como podemos, ver en junio se cumplió un aniversario más de su nacimiento y pienso que este es el momento oportuno pero. Pero… les cuento que revisando viejas carpetas encontré un reportaje realizado a Nichele por la prestigiosa comentarista e investigadora argentina Nélida Rouchetto, aparecido en “La Prensa” el domingo 4 de marzo de 1984. Se trata de un trabajo  breve, concreto y muy bien logrado, razones por las cuales en lugar de escribir hemos resuelto transcribir textualmente dicha nota.

Por Ramón González (*)

 

Las dificultades que un músico encuentra en el tango son múltiples. Hay que resolver cuestiones de expresión, de ritmo, de cadencia. No cualquier instrumentista puede tocar bien el tango. No bastan los años de conservatorio y de estar en una orquesta sinfónica. Es al revés. Un artista tanguero que ingresa a la Sinfónica está menos “atado” y no tiene prejuicios que lo traben. Sé de muchos colegas violinistas que para ganarse unos pesos extra tocaron en orquestas típicas con vergüenza, casi escondiéndose para que no se supiera… y ¿La verdad? (lo mejor es no dar nombres): fracasaron. No significaron nada frente a los violinistas de tango que superaban muchas veces la falta de esa técnica que los sinfónicos ostentan, con la cálida expresión, los fraseos ligados, los armónicos tan característicos de la música popular de nuestro pueblo, ya sea el tango como las expresiones regionales folklóricas, al estilo de don Sixto Palevecino o de Alberto Ocampo, dice Reynaldo Nichele al comenzar la entrevista.

-¿Hasta qué edad se estudia el violín?

 -El estudio es como la evolución de la vida. Siempre se debe estar en actividad; yo lo hago diariamente. Claro que primordialmente hace falta poseer una sensibilidad especial, es decir, nacer con todo ese mundo mágico de los sonidos dentro de uno.

Un pomposo primer violín

-Usted nació en Zárate, en la provincia de Buenos Aires ¿Cómo fue que inició su actividad profesional en Montevideo?

-Muy sencillo. Mamá era uruguaya y papá argentino. Se trasladaron a Montevideo cuando yo cumplí un año. Allí me crié. Inicié mis tareas como profesional para ayudar en casa, en 1931, con sólo 13 años, como segundo violín del conjunto de Carlos Warren en el Casino de  Carrasco. Guardo  muchos recuerdos de esa etapa uruguaya, especialmente del año 1933. Junto al pianista Juan Bauer (“Firpito” lo llamaban) actuábamos en el cabaret “Royal Pigalle”. Yo era “pomposamente” el primer violín, tenía 15 años. Tocábamos disfrazados de gauchos, imitando a los que triunfaban en Paris. Una noche apareció Carlos Gardel. Héctor María Artola, que lo conocía de Francia, lo saludó y  me lo presentó. Gardel me elogió calidamente y yo lo saludé muy contento porque él era un artista importante que venía de hacer giras por Europa y Argentina. Claro que no tuve ni la más remota idea de lo verdaderamente significaba. Así nos pasó a muchos, que supimos admirar sus valores reales después, cuando su muerte nos señaló lo que habíamos perdido. Ese mismo año de 1933, además del cabaret, yo tocaba por la tarde con un cuarteto de tangos y por la noche de jazz con Gualberto Galán, en el café Tupi Nambá, de Montevideo. Hasta que sucedió algo que fue histórico: allí actuó el sexteto de Elvino Vardaro con Hugo Baralis de segundo violín, José Pascual en piano, Pedro Caracciolo en contrabajo, Jorge A. Fernández y Aníbal Troilo en bandoneones. Lo que sentí al escuchar a Vardaro es indescriptible, las frases técnicas no bastan. Yo, que soñaba con llegar a ser algún día un gran violinista, al oírlo a él me pareció un sueño inalcanzable. Tal era su virtuosismo técnico y expresivo. 

Con la orquesta de Troilo

¿-Cuándo decidió viajar a Buenos Aires?

 -En 1937. Una vez instalado fui a ver a Aníbal Troilo para saludarlo, porque nos habíamos hecho muy amigos cuando estuvo en Montevideo. Meses después me llamó y así fue como en julio de 1937 ingresé como primer violín (a los 19 años) a la primera orquesta de “Pichuco”, debutando  en el local Marabú. Bueno, eso es historia repetida, cada vez que alguien menciona el debut de Troilo se acuerda de los músicos que nos jugábamos con él: José Stilman, Pedro Sanpochnik eran los otros violinistas. Orlando Goñi estaba en el piano. Juan Fasio en el contrabajo, la voz era de Fiorentino, y Aníbal Troilo, Toto Rodríguez y Roberto Gianitelli tocaban los bandoneones. Me fui y volví varias veces a integrar la orquesta de Troilo, pero finalmente decidí seguir otros derroteros con mi violín a cuestas.

-¿En qué año ingresó a la Orquesta Sinfónica Nacional?

-Guiado por el cellista Adriano Fanelli estudié con el profesor Ángel Mangiamarchi quien me preparó técnicamente, y fue así como me presenté al concurso de la Orquesta Sinfónica Nacional en 1958. Tan mal no debí haber tocado porque me aceptaron. Y aunque ya estaba ubicado entre los “músicos importantes” en una sinfónica jamás dejé de tocar tangos. Eso sí, trataba de hacerlo en conjuntos que verdaderamente me gustaran.

Tango dodecafónico con Eduardo Rovira

 Por eso cuando conocía Eduardo Rovira y descubrí su talento y su calidad humana no vacilé en aceptar su proposición y me embarqué en la aventura de remar contra la corriente. Con él, apoyados por otros músicos como Ernesto Citón, Fernando Romano, Enrique Lanoo, Leopoldo Soria, Mario Lalli, Osvaldo Manzi, Héctor Ojeda, trabajamos duramente ofreciendo (siempre gratis porque no conseguimos quien nos financiara) recitales para un público entusiasta que nos seguía. Rovira logró grabar varios discos como la “Suite Buenos Aires”, “Tango dodecafónico”. Fueron años de constante lucha pero no claudicamos en nuestra posición de ofrecer un tango nada ortodoxo. Algún día será justicieramente reconocido Eduardo Rovira y su obra cobrará la trascendencia que merece.

El “oso” que toca el violín

Nuestra curiosidad por conocer sus pensamientos con respecto a su participación en la evolución de la música popular, se extiende a otros aspectos de su personalidad. De ahí nuestra pregunta:

-Nichele, usted posee  un físico grande, robusto, casi diríamos sorprendente en un intérprete de violín. ¿Por qué eligió ese instrumento y no otro para canalizar su expresión?

 -Lo comprenderá enseguida. Siendo muy niño mi físico era muy enclenque, muy débil, aunque al crecer cambié hasta el extremo de que me podaron “el oso” por lo grandote, mi lento caminar, mis modales pausados. Fui monaguillo de la iglesia del Cerro, en Montevideo, y como me portaba muy bien me regalaban pelotas, como a todo varón. Pero en mi casa me las quitaban porque los médicos me prohibían correr, hacer esfuerzos. Como mis padres notaron que tenía muy buen oído y condiciones para la música, haciendo grandes sacrificios me enviaron a estudiar el violín para que me entretuviera y no pensara en corretear. ¿Por qué el violín? Porque es un instrumento delicado, no exige ningún esfuerzo físico, es manejable y ligero. Y así el destino y el cariño de mis padres me llevaron felizmente por los caminos de la música.


(*) Tanguedia es una publicación cultural de Tango y Ciudad del Río de la Plata / Segunda época.

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