“El perro”, un texto de José Arenas

Escribe José Arenas (*)

El perro había cagado otra vez adentro, la puta madre.

Le había pedido mil veces a Lauro que lo sacara antes de dormir, pero nunca me daba bola. Me escuchaba con los ojos duros, me decía que sí, y a los dos segundos se olvidaba. No sé, la autoridad no era mi fuerte. Todos los días tenía que juntar la cagada del perro, secar el meo. Me tenía harto. No quería aguantar eso. Yo detesto los perros. Los odio. Animales imbéciles. Pero bueno, tenía que hacerlo, no me podía mudar y no tenía nada de plata para irme a vivir solo. Una amiga me había dicho que experimentara a sacar yo mismo al perro, que me iba a hacer bien, que me conectara con otra parte de mí. A la mierda, no me interesaba, esta parte mía ya es horrible, no quiero descubrir otra peor.

Me levanté de la cama, dejé todo limpio, le pegué una buena patada al perro y me acosté de nuevo. Mientras miraba el techo y veía el sol entrando por la ventana con timidez, me acordé de que me había levantado a esa hora obscena de la mañana porque al mediodía un escritor amigo me invitaba a un vernissage organizado por Planeta para la llegada de un escritor cubano que había escrito unas novelas gusanescas, y eso hacía que la derecha y los izquierdistas con guita lo ponderaran, no me acuerdo del nombre. Mi amigo, que edita en Sudamericana me dijo que fuera pero que, si por esas casualidades que a mí nunca me pasan, alguien de esos que a veces te conocen, me quisiera editar, que no aceptara, que él, personalmente me iba a llevar a Random House, me iba a presentar y les iba a decir que lo que yo escribía valía la pena. Eso lo había dicho con su primer libro, ahora que iba por el cuarto se había olvidado y me invitaba a tomar unas copas de vino blanco tibio, a comer unas empanadas de atún diminutas mientras tenía que saludar a algunos autores de la vuelta como si a mí me importaran. No quería, pero hay algo en mí que da asco, un querer burlarse de ellos, ser ese tipo que es ignorado y encima se da el lujo de burlarse. Tendría suerte si no me confundían con un mozo. Allí todo es terrible.

Voy con mi amigo y soy como su sombra, él jamás me presenta, y cuando lo hace los tipos quedan mirándome como si fuera un secretario, un advenedizo, quizá piensan en que soy su pareja, no sé. Pero dirigen miradas mínimas, mezquinas y siguen elogiándose unos a otros.

De pronto entra uno de los popes de Alfaguara, y allá van todos, o esperan que se acerque a los grupos para saludarlo, decirle lo genial que está su última novela donde nos cuenta la adicción de su suegra a comerse jabones de olor a falta de vino, y donde cada uno le cuenta si lo suyo sale por Tusquets, por Seix Barral, o qué mierda. Si se consigue el epub, si por Amazon llega a tal o cual lugar de Sudamérica donde un ex compañero de liceo andaba preguntando por la novela nueva de Marcela Serrano, y a quién le importa. Y de repente alguien te pregunta tu nombre y te dice que sí, que leyó una nota que salió fortuitamente en un diario donde le das palo a otro autor, y te felicita, porque no lo soporta, y vos no soportás a ninguno.

Me vestí. Un pantalón de vestir, gastado, una camisa suelta, por el calor. Mucho perfume, el pelo mojado y dejar la cara con una impresión más o menos decente de haber dormido. El otro día unos adolescentes me hicieron una nota para el liceo, no sé qué cosa les había mandado la profesora, que leyó un libro mío porque su pareja trabaja en el mismo liceo que mi editora. Entonces los pendejos me hicieron esta nota y la publicaron en su blog con una de mis peores fotos de Facebook, una foto que huele a whisky del peor y donde unos lentes negros casi de cotillón me tapan los ojos llenos de cocaína.

Hay fiestas peores. He ido a presentaciones de editoriales más chicas y los egos son, quizá más gigantes, seguro más grande que las tiradas de sus libros. Estás con el grupo de los que sacaron sus novelas en HUM y te cuentan que ganaron el Bartolomé Hidalgo a mejor historia sobre cómo dos chetos se pierden en Buenos Aires, y la otra escribió una novela sobre su niñez en Parque del Plata con un vecino que resultó ser ex represor, y todo con un lenguaje infantil, te dice, como si fuera un atractivo. Me aburro de solo pensarme abriendo una se esas páginas y empiezo a actuar como imbécil.

Una vez en una de esas reuniones intenté acercarme a los escritores que sí me gustaban. Pero cuando estaba por saludar a Gabriel Peveroni tuvo que ir a presentar el nuevo libro de no recuerdo quién, que reeditaba una novela de ciencia ficción adolescente, y quise que en ese momento un balazo fortuito me diera en la nuca. Escuché toda la presentación y el autor se me acercó a saludarme, a preguntarme cuándo iba a arrimar mi material a alguna de las editoriales en las que él había trabajado. Le recordé que mandé varias veces mi última novela y que nadie, jamás, me contestó siquiera un mail. Me dijo que quería que hablara con otro, ahí, de mi misma edad. Me acerqué y un adolescente tardío, mal vestido, con ínfulas de intelectual me habló de su premio municipal de narrativa del año pasado, y cuando ya estaba por desmayarme, un mozo sirvió unas tartitas de fruta sobre la mesa y lo dejé hablando solo, con las disculpas del caso.

Me puse un perfume que me regaló mi ex novia hace años. El único perfume que me queda. Nunca lo uso así que siempre tengo. Cuando estaba por salir me tiré de nuevo en la cama. Pensé en no ir. Pensé que tenía que terminar una novela para poder no presentar en un concurso.

En general hacía así, escribía las novelas para presentar a algún concurso, en general el de Banda Oriental, y no lo presentaba, porque sabía que no iba a ganarlo. Entonces pensé que podía presentar el manuscrito en la editorial Estuario, pero que era una rama de HUM, seguro que tampoco les iba a interesar. Podría editarlo con Fin de Siglo, había sacado a dos pendejos que escribían más o menos. Pero no creo que tuviera cabida, uno de ellos me odiaba, iba a hacer lo posible para que no estuviera. Podría editarlo con Yaugurú, pero eran ediciones de autor, y ahora no tenía guita. Seguramente era una novela que no le importaba a nadie. Pensé en un libro de cuentos y en que mis cuentos le encantaban a mi ex, que los leía siempre y se moría, que mi ex ahora trabajaba en una editorial en Buenos Aires. No se los iba a mandar.

Había decidido no ir. Quedarme en casa, escribiendo cosas vagas, mirando videos porno, pero mi amigo me llamó, me dijo que estaba con su auto, afuera del edificio, esperándome. Me acomodé un poco la ropa y salí.

Otra vez. El perro había cagado otra vez. Concha de su hermana.


(*) José Arenas es escritor, poeta y performer. Ha ganado varios premios literarios en Uruguay y Argentina, sobre todo como letrista y compositor de tangos. Ha editado varios libros de poesía. Se ha desempeñado como director del sitio cultural La Mirada y ha publicado notas como periodista, reseñador y columnista en el diario Helvecia, de Colonia, y en el suplemento “Incorrecta”, de La Diaria. Sus tangos han sido cantados y grabados por diversos artistas.

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